lunes, 6 de noviembre de 2017

Gobiernos e Instituciones: fortalezas y debilidades

 
Hermosillo, Sonora a 6 de noviembre de 2017. 
 

Presentación                                                                                                                                                                           

Durante las últimas tres décadas se intensificó un proceso globalizador en el que las políticas gubernamentales y empresariales coincidieron en el impulso de un proyecto neoliberal caracterizado por la liberalización comercial, la desregulación, la privatización, los ajustes institucionales para dar seguridad a los derechos de propiedad e impulsar la inversión privada nacional y extranjera, entre otras medidas. La globalización representa la característica más relevante del escenario mundial.

La globalización es un proceso generalizado cuya tendencia plantea la internacionalización de las relaciones humanas en diversos ámbitos. Se presenta como un proceso de desarrollo del sistema capitalista, que asegura su reproducción mediante la expansión geográfica de su orden, flexibiliza el intercambio comercial mediante la desregulación institucional en los Estados nación involucrados, y propicia la integración de regiones económicas que compiten entre sí y que, a la vez, constituyen puntos geográficos comunes en cuanto a sus intereses económicos, políticos, culturales y sociales.
 
De acuerdo con Orlando Caputo (1993: pp. 48-74), la globalización es expresión del proceso de reproducción y acumulación del capital a escala mundial, con implicaciones en el ciclo económico, el mercado mundial, el crédito internacional y los flujos de capitales, así como en los procesos de producción y los mecanismos en que se integran las empresas. Por su parte, Bernardo Kliksberg (1994: pp. 19-23) ve a la globalización como el proceso mediante el cual se ha venido a constituir una “aldea global” en la que las estructuras y sistemas de convivencia social se replantean bajo una nueva forma de comprender el interés público, la participación social y el papel de las instancias de gobierno. En tanto que Francisco de Paula León Olea (1995: pp. 165-178) concibe a la globalización como un proceso que tiene consecuencias para el hombre y la cultura social, pues los cambios aparejados a la globalización se manifiestan en la manera en que el hombre se concibe a sí mismo y la manera en que convive y se expresa en comunidad.

Resumiendo, se considera la globalización como un proceso multidimensional, y como tal se expresa en los diferentes ámbitos de la vida social. Como expresión del desarrollo mundial, este proceso permea los elementos y procesos de la vida política, económica, social y cultural. Este proceso ha condicionado el desarrollo nacional, regional y local a los esquemas pautados por la dinámica global de los grandes capitales. Debido a su influjo, los gobiernos nacionales replantean sus estrategias en función de los fundamentos dictados por el mercado.

Considerando este escenario, se establece que el propósito de este trabajo es reflexionar acerca de posibles instrumentos que pueden asumir los gobiernos en contextos de vida democrática, con el fin de encauzar una gobernanza caracterizada por la racionalidad y la publicidad, haciendo frente a las asimetrías de un federalismo subordinado, y en el que se pueda privilegiar el sentido ético de la política, fortaleciendo los sectores del desarrollo nacional, regional y local, y dando a éste un rostro humano, es decir, poner en el centro de toda política y acción de gobierno el bienestar de la gente.
 
 

El Estado posmoderno bajo las pautas del capital globalizado

La integración regional como expresión de la globalización trajo consigo una contradictoria política de cooperación internacional, en algunos casos promotora de la apertura económica, mientras que el proteccionismo es característico de otros. La internacionalización de la producción ocurrió preferentemente en aquellos procesos que privilegian la transformación manufacturera y la aplicación de los avances científicos. La política natural resultó la apertura necesaria para ubicar plantas productivas en distintos países socios, requiriéndose la estandarización de procesos y la homogeneización de la producción. El grado de internacionalización aumentó con el trabajo directo productivo y el trabajo indirecto comercial, aunque es en el sector financiero en el que se ha manifestado en mayor grado que en cualquier otro sector.

Entre los argumentos sustentados para dar pie a las transformaciones mundiales en pos de un sistema económico globalizado se pronunciaron dos paradigmas: el de la comunicación y el del mercado. Por un lado, la culminación del conflicto oeste-este, se dice, propició la “victoria” del capitalismo sobre el socialismo, afianzó la idea de que la vida económica debería regirse por los dictados del mercado, marginando la intervención activa del Estado en el destino de los mercados. Por otra parte, el progreso de la sociedad mundial ha sido soportado por el avance tecnológico y científico, particularmente mediante el desarrollo de las comunicaciones; ya sea en la realización de las transacciones comerciales y por su participación en el flujo de las inversiones financieras, así como en la manera en que se transmite la cultura; las comunicaciones han hecho posible la inmediatez de tales procesos, reduciendo trámites y tiempos de transacción, y haciéndolas más abiertas y globales, sin que las fronteras nacionales sean motivo para que se atenúen o inhiban.

Como fenómeno paralelo a la globalización, la posmodernidad ha venido a dar cuenta de esta nueva realidad en términos del imperio de “…lo fragmentario, lo efímero, lo discontinuo, el cambio caótico, el pluralismo, la coexistencia de un gran número de mundos posibles o más simplemente, espacios inconmensurables que se yuxtaponen o superponen entre sí.” (Barone, 2001: 8) El rasgo distintivo de este mundo posmoderno es su estado de “liquidez” como contraposición a la “solidez” (Bauman, 2013: 17) propia del mundo moderno, aquel que surgió de la Ilustración y en el que sentó sus bases el sistema capitalista, es decir, el mundo del Estado Nación, del Estado liberal y la sociedad civil.

El capitalismo globalizado planteó la definición y consolidación de organismos supranacionales en detrimento de la fortaleza del Estado nacional. Estos organismos asumieron como propósito ordenar la economía mundial y garantizar el libre intercambio de capitales de todo tipo, así como los derechos de propiedad de los diversos actores participantes en el escenario global. Por su parte, el Estado nacional se vio forzado a redefinir su tamaño y replantear su papel en el mercado y frente a la sociedad civil. 

La acción del Estado moderno, delimitado por el territorio nacional, tenía claramente definido su papel como generador de los bienes y servicios públicos requeridos por la población. El cambio suscitado con la posmodernidad debilitó las fronteras nacionales en aras de crear condiciones para la expansión y concreción del capital internacional. Desde la década de los setenta del siglo XX se difundieron profusamente y, luego, se pusieron en práctica los preceptos del neoliberalismo; con este modelo económico se retrajo el Estado interventor y dirigista, se asumió la reducción drástica del gasto público, y se institucionalizaron nuevas formas de conducción económica, privilegiándose los equilibrios del mercado, la liberalización económica y la integración de los capitales nacionales a la dinámica de la economía internacional.

 

Reformas institucionales y organizacionales: repliegue estatal y el ascenso del mercado

Con el surgimiento del denominado Consenso de Washington en 1989, el programa neoliberal se consolidó al formalizarse el paquete de reformas que se introdujeron a los países latinoamericanos desde las oficinas del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. El propósito, según Casilda (2005: 3), se definió en una estrategia que buscaba “…orientar a los gobiernos de países en desarrollo y a los organismos internacionales a la hora de valorar los avances en materia económica de los primeros al pedir ayuda a los segundos.” Así, se establecieron 10 instrumentos de política económica que permitirían realizar cambios estructurales en los países de América Latina, pensando que a la larga redituarían para un mejor comportamiento de las economías nacionales y abrir la posibilidad de un pago seguro de los compromisos de la deuda.

Las medidas propuestas fueron la disciplina fiscal de los gobiernos, el incremento de la inversión gubernamental por parte del gobierno en educación salud e infraestructura social y económica, la ampliación de la base tributaria para propiciar mayores flujos al erario, el sometimiento de las tasas de interés a la dinámica del mercado, fomentar la competitividad del tipo de cambio, abrirse al mercado internacional mediante la liberalización comercial, la apertura a la inversión extranjera directa, el redimensionamiento estatal mediante la desaparición, fusión y privatización de las empresas gubernamentales, la desregulación con el fin de establecer condiciones institucionales a favor del intercambio comercial con otros países y la competitividad, y dar seguridad a los diferentes sectores de la sociedad en cuanto a sus derechos de propiedad.

Estas medidas se concretaron con la implementación del Plan Brady, mediante la reestructuración de la deuda contraía con bancos comerciales; la estrategia planteó la participación voluntaria de los gobiernos latinoamericanos en un proceso de reducción de la deuda y su servicio en un contexto pautado por las condiciones del mercado, con el compromiso de que los flujos generados pudiesen reinvertirse para activar las economías locales y aumentar con ello la capacidad de pago de la deuda.

Bajo las prescripciones del fundamentalismo de mercado, la estrategia reformista se condujo a la aplicación de diversas reformas asociadas con la privatización de empresas paraestatales, la desregulación, la descentralización y la simplificación de trámites para incentivar el sistema de mercado. Estas fueron las medidas convencionales de las décadas de los setenta y los ochenta. Posteriormente, los argumentos de estos cambios derivaron en la necesidad de hacer cambios en el mismo estilo de gestión gubernamental; entonces se planteó la necesidad de transformar la tradicional estructura jerarquizada y centralizada del gobierno por otra capaz de responder a las necesidades y demandas de una sociedad más participativa y diversa, dando paso a las propuestas de una nueva gestión pública. 

De esta manera, en México, se ha apuntado en otro trabajo (Ordaz Alvarez, 2010: 47-48),  los cambios institucionales y organizacionales orientados a configurar un nuevo perfil del aparato gubernamental y establecer las condiciones para un nuevo accionar frente a la sociedad y el mercado fueron dirigidos a resolver la crisis fiscal mediante una “realista” administración de la deuda y la aplicación de medidas de austeridad gubernamental; atender la crisis de legitimidad debido a la generalizada corrupción de funcionarios públicos, el desapego a la legalidad y la acentuada discrecionalidad en la toma de decisiones, mediante un marco institucional que fortaleciese la transparencia y rendición de cuentas y el aseguramiento de la calidad en la prestación de servicios públicos mediante sistemas de seguimiento y evaluación en los que la participación social es un componente principal y el manejo eficiente y cuidado de los programas y proyectos del gobierno (incluyendo en estos aquellos que derivan de las concesiones a particulares).

En el mismo sentido, como ya se señaló, la globalización económica vino a exigir una nueva institucionalidad gubernamental que ayudara a facilitar el intercambio comercial y la solución de controversias entre países, así como la estructuración de una serie de programas de gobierno tendientes a respaldar el desarrollo de ciertos sectores de la economía, la dotación de servicios públicos y la capacitación de servidores públicos en nuevas ramas de servicio, brindando atención a los vínculos derivados de la regionalización comercial.

De igual manera, un destacado papel en la nueva orientación del quehacer gubernamental lo ha tenido el avance científico y tecnológico, particularmente en los ámbitos de la comunicación y la información, con amplio impacto en la configuración de nuevos sistemas y procesos operativos y administrativos, en el  uso de tecnología para agilizar el servicio público digital y atender las demandas ciudadanas; ello, por supuesto, ha requerido el impulso de programas de capacitación y adiestramiento para los servidores públicos.

Simultáneamente, y en correspondencia con los esquemas propuestos por el modelo económico neoliberal, se insistió en introducir  un nuevo estilo gerencial para manejar los asuntos de gobierno de aquellos países comprometidos con la reforma estatal pautada por los organismos financieros internacionales.

 

Gobiernos ¿fuertes o débiles?

La transformación institucional del Estado mexicano ha sido una constante desde los años setenta del siglo XX.

Las acciones comprendidas en la reforma administrativa de los gobiernos de los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo, fueron los indicios de una modernización estatal basada en el fortalecimiento de un Estado altamente interventor preocupado por organizar sus amplias estructuras y documentar la diversidad de procesos surgidos por las exigencias de un desarrollo compartido; es un periodo en que los esfuerzos se centran en el impulso de los procesos de sectorización y simplificación de trámites, la reforma electoral, el equilibrio entre los factores de la producción y el impulso de la reforma administrativa y la capacitación en el trabajo como componentes de una estrategia de cambio institucional. 

El relevo generacional impulsado por el gobierno del presidente Miguel de la Madrid, se vio limitado por los efectos de una fuerte crisis estructural caracterizada por una galopante inflación, el descontrol de los precios del petróleo (principal fuente de ingresos para impulsar el desarrollo del país) y la deuda más elevada que ha vivido el país en los últimos años. Sus programas de Renovación moral de la sociedad mexicana y de Reconversión industrial de la economía nacional, sirvieron de marco a las estrategias de transformación institucional en materia de planeación del desarrollo, de fortalecimiento del ámbito municipal, la descentralización de la vida nacional y el combate a la corrupción como principal flagelo del gobierno y la sociedad. 

El proyecto neoliberal emergió durante el gobierno del presidente Carlos Salinas y se ha desarrollado durante las siguientes administraciones. En un primer momento, con el liberalismo social se pretendió paliar los graves problemas sociales del país en materia de justicia social, sin embargo no fue suficiente, generando manifestaciones populares que incluso se expresaron mediante las armas, como fue el movimiento zapatista.

Los cambios institucionales se han propuesto, como se apunta líneas arriba, como una de las estrategias para la solución de los problemas económicos que han apremiado a los países de la región, a fin de crear condiciones para el desenvolvimiento de una economía global, brindando facilidades a los mercados de todo tipo para el libro flujo de los factores productivos, así también, esto ha llevado a la transformación del aparato gubernamental, retrayéndose de su papel activo en las tareas como agente económico y reduciendo su campo de acción como rector del desarrollo nacional.

Durante la administración del presidente Enrique Peña Nieto se institucionalizaron 11 reformas estructurales, buscando incidir en diversos campos del desarrollo nacional: la reforma energética, la de telecomunicaciones y radiodifusión, la reforma en materia de competencia económica, la financiera la hacendaria y la laboral. También se introdujeron cambios institucionales en materia educativa, la reforma política-electoral, se estableció el código nacional de procedimientos penales, la nueva ley de amparo y la reforma en materia de transparencia y rendición de cuentas. 

Con el desarrollo y modernización de las reglas institucionalizadas y racionalizadas en el desempeño de las organizaciones públicas, se integran y amplían los mecanismos formales de actuación, incorporando estas reglas como elementos estructurales de las mismas organizaciones. Como lo proponen en su ya clásico trabajo Meyer y Rowan (1999: 82-103), a medida que las organizaciones introducen estos cambios organizacionales e institucionales se modernizan, extendiendo sus estructuras y procesos bajo esquemas racionales de actuación soportados por instituciones racionalizadas. Siendo estos elementos socialmente legitimados y racionalizados, las organizaciones y actores que la integran maximizarían, legitimarían y aumentarían sus recursos y capacidad de desarrollo y atención a los fines a los que sirven.

Ello supondría la presencia de instituciones y capacidades gubernamentales fuertes, suficientes para responder a las demandas y expectativas de bienestar y desarrollo de la población, privilegiar el interés público sobre el privado, y establecer condiciones para una presencia activa y competitiva en el contexto internacional.

Sin embargo, la realidad nos plantea otra lectura. Así, se ha planteado que “…las reformas emprendidas, el crecimiento económico alcanzado y el fortaleci­miento institucional son medios para un fin y no fines en sí mismos. El objetivo primordial es la ampliación de las opciones de vida de las personas.” (PNUD, 2016: 87) Si bien en los últimos años se observa una reducción de los índices de desigualdad social, aún persisten problemas entre los distintos ámbitos de gobierno, tanto de manera vertical como horizontal y en cuanto a la población que vive en ellos.  

Se vive un federalismo subordinado y asimétrico. Regionalmente, se observa que en 2012 las entidades federativas del sur-sureste del país se ubicaron en las de menor índice de desarrollo humano, por debajo de los estados del norte y del centro del país, estos últimos con el mayor índice de desarrollo; destaca el hecho que sólo el centro y norte del país se colocó por encima del promedio del resto de América Latina y el Caribe. (PNUD, 2016: 108-109). Persisten desigualdades y rezagos en materia de servicios básicos, en salud y educación, en el mercado laboral y en la capacidad adquisitiva de la población y en su nivel de ingreso.

La apuesta al sistema globalizante y al modelo neoliberal se ha venido deteriorando en tanto que los beneficios esperados de ambos no se han reflejado en el bienestar de la población. Recientemente se ha estimado la desaceleración tendencial de la economía mundial (Bárcena y Prado, 2016: 25-27), con efectos negativos en el crecimiento tanto de los países desarrollados como de los países en desarrollo, con excepción de ciertos países como China e India. Este escenario presenta reducciones en la tasa de crecimiento del producto interno bruto de los países, la disminución de la tasa de crecimiento de formación bruta de capital fijo y el estancamiento de la productividad.

En otro sentido, la desigualdad se ha elevado, tanto en países desarrollados como en desarrollo, incrementándose la concentración del ingreso en la población más rica, en detrimento de las clases populares; Bárcena y Prado (2016: 27), por ejemplo, refieren que “el 1% más rico de la población de Europa Occidental posee el 31% de la riqueza, mientras que el 40% más pobre posee solo el 1%” y agregan que el “mayor aumento de la desigualdad se produjo en las década de 1980 y 1990, un período caracterizado, en el mundo desarrollado, por la simultánea reducción de la volatilidad de la inflación y de la tasa de crecimiento del PIB:”

En los últimos 25 años La tasa de crecimiento de América Latina ha sido menor que el de las otras regiones del mundo. Sólo  la región de África Subsahariana, Asia Central y los países en desarrollo de Europa se encuentran por debajo. Esto tiende a agravarse por la actitud proteccionista que ha asumido el gobierno norteamericano en los últimos meses y la vulnerabilidad de las economías de la región ante la economía global.



A manera de conclusión

Este tiempo ha sido marcado por la pugna de los capitales internacionales en un contexto de economía globalizada. Las naciones y sus gobiernos en la región han sido avasallados por las políticas reformistas de corte neoliberal. Como parte de este contexto, estos gobiernos han transformado su perfil y papel en los diferentes ámbitos, tanto en lo político, como en lo económico y particularmente en su relación con la sociedad. Por ello, han vitalizado y diversificado sus instituciones con el fin de responder a las nuevas condiciones. 

En este periodo, hemos presenciado  diferentes enfrentamientos, como el del Estado vs el Mercado; la disputa del Interés público vs Interés privado; el del desarrollo global de los grandes capitales vs el desarrollo nacional, regional y local. Consideramos que seguirán replicándose en tanto que el mismo sistema capitalista continúe con los mecanismos que permiten su reproducción y acumulación.

Subsiste la fuerte presencia de un sistema federal subordinado y asimétrico; el cual, entre sus expresiones deja ver la construcción del andamiaje institucional mediante reiteradas prácticas de un isomorfismo subordinado. El perfeccionamiento de este marco institucional ha ocurrido en los diferentes espacios de la vida estatal, social y pública. Sin embargo, el cuestionamiento acerca de su operatividad y correcta aplicación nos alertan de la necesidad de continuar el perfeccionamiento de su implementación.

Los reclamos de transparencia, rendición de cuentas y, en general, de apego a la legalidad denuncian que la debilidad y riesgo de la vida democrática del país reside en la configuración de un estamento sociopolítico que se ha colocado por encima de la sociedad y se ha apropiado de los espacios de deliberación y decisión de los grandes proyectos de la nación.

Los retos presentes se asumen en relación con la pugna de las prácticas de la “politiquería” frente a los propósitos de interés público y social de la política. Estos retos se develan en la promoción de un desarrollo global al servicio de los grandes capitales frente al desarrollo que privilegia el ámbito local, regional y nacional, a aquel que pone su atención en los graves problemas que viven la población, sean estos de orden económico, político, social, cultural y ambiental. También se observa en el sentido con el que se ha definido el actual perfil y programa de acción del Estado, retraído y sometido a las prescripciones del mercado, en tanto que, con el fracaso de esta perspectiva, emerge la idea y exigencia de un Estado socialmente necesario, comprometido con el interés público y con el bienestar de la población.

Si consideramos que el cambio social requiere la concurrencia de varios factores para su habilitación, tendríamos que propiciar que estos factores participen de manera decisiva en la consecución de los objetivos sociales, en la solución de los asuntos y problemas públicos, con conciencia ética y compromiso social. Se cuenta con la infraestructura organizacional y el andamiaje institucional, se realizan esfuerzos para profesionalizar y sensibilizar a los diversos actores del gobierno y la sociedad, pero existe el dique que representa la insensibilidad y falta de voluntad para la acción de buena parte de la élite política, en los tres órdenes de gobierno y en los tres poderes del poder estatal.

Esto ha derivado en la desvirtuación de la política, en la procrastinación, en la sine cura, en la improvisación, en la difusión del cinismo, en la deshonestidad, en la corrupción y en la impunidad.

El reto es consolidar una gobernabilidad sustentada en una gobernanza democrática; en el fortalecimiento de un nuevo estilo de gobierno sustentado en políticas públicas dotadas de sus dos componentes básicos: la racionalidad y la publicidad; la gestión gubernamental de proyectos y programas orientados al bienestar de la gente, cuya operación esté marcada por su eficiencia, eficacia, efectividad, transparencia, manejo respetuoso de los recursos involucrados y principalmente la honestidad; el compromiso con las clases populares, mediante programas dirigidos a la generación de empleo, aseguramiento de las condiciones básicas de vida y el combate a la pobreza; el empoderamiento ciudadano y social, de manera que estos estén presentes y cuidadosos de todo acto de gobierno; la definición de una estrategia nacional que permita el equilibrio de las regiones y ciudades en cuanto a posibilidad de progreso, una estrategia fincada en una visión de largo alcance y no en la inmediatez del beneficio fácil y sin cimientos. En resumen, un gobierno comprometido con un desarrollo con rostro humano, con el rostro de todos y cada uno de los integrantes de la población y no el de unos pocos.

 

Referencias bibliográficas:
 
Bárcena, Alicia y Antonio Prado (Coord.). 2016. Horizontes 2030: la igualdad en el centro del desarrollo sostenible. Síntesis. Santiago de Chile: Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL.
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Bauman, Zygmunt. 2013. La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Madrid: Fondo de Cultura Económica.
Caputo, Orlando. 1993. “Economía Mundial, crisis, contradicciones y límites del proceso de globalización”. En Fernando Carmona (compilador), América Latina: Crisis y Globalización, Tomo I. México: Universidad Nacional Autónoma de México.
Casilda, Ramón. 2005. América Latina: Del Consenso de Washington a la Agenda del Desarrollo de Barcelona. Documento de Trabajo (DT) 10/2005. Madrid: Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos.
De Paula León Olea, Francisco. 1995. El despertar Humano. Hacia una teoría unificada del hombre del siglo XXI. México: Miguel Ángel Porrúa Grupo Editorial.
Kliksberg, Bernardo. 1994. El rediseño del Estado para el desarrollo socioeconómico y el cambio. Una Agenda estratégica para la discusión. En Bernardo Kliksberg (compilador), El rediseño del Estado. Una perspectiva internacional. México: Instituto Nacional de Administración Pública, A. C. y Fondo de Cultura Económica.
Meyer J. W. y Brian Rowan. 1999. “Organizaciones institucionalizadas: la estructura formal como mito y ceremonia”. En W. W. Powell y P. J. DiMaggio, El nuevo institucionalismo en el análisis organizacional. Colección Nuevas lecturas de Política y Gobierno. Pp. 79-103. México: Fondo de Cultura Económica.
Ordaz Alvarez, Arturo. 2010. La Gestión Pública Municipal. Estudio sobre las Capacidades Institucionales y Administrativas en el Ayuntamiento de Hermosillo Sonora. 2006-2009. Hermosillo: Universidad de Sonora.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. 2016. Informe sobre Desarrollo Humano México 2016. Desigualdad y movilidad. Cd. de México: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

 

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