Mostrando entradas con la etiqueta Reforma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reforma. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de septiembre de 2022

Sobre la independencia de México

Dn. Miguel Hidalgo y Costilla. 1865. Por Joaquín Ramírez.


Hermosillo, Sonora a 15 de septiembre de 2022.

La Independencia de nuestro país es uno de los momentos históricos más trascendentes y que han marcado el derrotero que hemos seguido desde hace más de doscientos años.

Es un punto de inflexión en el que se transita a la integración del país como una nación independiente y soberana. Después de 300 años de presencia del dominio español, se dieron los primeros esfuerzos para la formación de un país que vivía, en ese entonces graves problemas de toda índole, con una sociedad polarizada y la mayoría de la población en condiciones de grave pobreza. El reto en esos momentos fue construir la nación desde sus cimientos.

Este acontecimiento permitió que los mexicanos pudiésemos, paulatinamente, configurar una identidad como integrantes de este país. Que ciertamente viviría situaciones críticas durante el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo pasado, lo que abonó a ese sentido de identidad nacional en el grueso de los mexicanos.

Precisamente es en el mes de septiembre cuando estos sentimientos se reavivan con mayor vehemencia y júbilo a lo largo de todo el país; incluso, más allá de sus fronteras se observa cómo nuestros conciudadanos en el extranjero celebran este sentido de mexicanidad con motivo de nuestras Fiestas Patrias.

Cabe recordar que el momento crucial de estas celebraciones ocurre cada 16 de septiembre, fecha en la que el cura Miguel Hidalgo y Costilla arengó a los pobladores de Dolores Hidalgo, Guanajuato, a rebelarse contra la opresión del régimen español. Este evento es el que detonó el inicio de una gesta independentista que culminó once años después, cuando en 27 de septiembre de 1821 el Ejército Trigarante hizo su entrada triunfal en la ciudad de México.

Roberto Cueva del Río. Los Constituyentes. 1950.

En este periodo histórico, destaca el primer congreso independentista conocido como Congreso de Chilpancingo o de Anáhuac, el cual fue convocado en 1813 por José María Morelos y Pavón, y en el cual expuso en el magnífico documento Sentimientos de la Nación, el anhelo de los mexicanos en relación con la independencia de la nación, el reconocimiento de la soberanía popular, la necesidad de respetar los derechos humanos y de libertad de la población, así como la conformación de un gobierno estructurado en tres poderes estatales.

De igual manera tiene un relevante significado el pacto de Vicente Guerrero Saldaña con el oficial realista Agustín de Iturbide en Acatempan, Guerrero, y la posterior firma del Plan de Iguala o de Las Tres Garantías en febrero de 1821, en donde se declaró la independencia y soberanía del país.

Vicente Guerrero. Por Leandro Izaguirre. Siglo XIX.

Cabe señalar respecto al origen de la llamada ceremonia del Grito de Dolores, el momento culminante de estas celebraciones patrias, paradójicamente fue el entonces presidente Antonio López de Santa Anna quien instituyó en 1845 la conmemoración de esta ceremonia para recordar a Hidalgo y a los héroes de la independencia. Es paradójico este hecho dado el desprestigio de este personaje y el daño que hizo a la soberanía del país. También, es curioso advertir que las celebraciones que inician la noche del 15 de septiembre derivan, precisamente, del interés de ese gobernante en sumar el festejo de su cumpleaños al de la celebración del inicio de aquella gesta heroica.

Ahora bien, los mexicanos tenemos presente en este mes de septiembre otros hechos significativos ocurridos a lo largo de nuestra historia. Así, se recuerda que el 6 de septiembre de 1860, el presidente Benito Juárez instauró la Leyes de Reforma, el 9 de septiembre celebramos el natalicio de la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, y el 13 de septiembre se recuerda la gesta de los llamados Niños Héroes en el Castillo de Chapultepec.

Dentro de las efemérides nacionales, también se tiene como fechas importantes el natalicio de Ricardo Flores Magón el 16 de septiembre de 1873, así como el natalicio del prócer José María Morelos y Pavón, el 30 de septiembre en Valladolid, hoy reconocida como Morelia. De allí lo significativo que resulta el mes de septiembre para los mexicanos, pues conmemoramos a personajes y momentos de nuestra historia nacional ocurridos a lo largo de poco más de dos siglos.

José María Morelos y Pavón. Por Petronilo Monroy. 1865.

La Independencia junto con la etapa de la Reforma y, posteriormente, la Revolución mexicana, son los momentos significativos que han dado orientación ideológica a los mexicanos. La actualidad de los mexicanos se entiende a partir del legado derivado de estos tres movimientos sociales.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Gobiernos e Instituciones: fortalezas y debilidades

 
Hermosillo, Sonora a 6 de noviembre de 2017. 
 

Presentación                                                                                                                                                                           

Durante las últimas tres décadas se intensificó un proceso globalizador en el que las políticas gubernamentales y empresariales coincidieron en el impulso de un proyecto neoliberal caracterizado por la liberalización comercial, la desregulación, la privatización, los ajustes institucionales para dar seguridad a los derechos de propiedad e impulsar la inversión privada nacional y extranjera, entre otras medidas. La globalización representa la característica más relevante del escenario mundial.

La globalización es un proceso generalizado cuya tendencia plantea la internacionalización de las relaciones humanas en diversos ámbitos. Se presenta como un proceso de desarrollo del sistema capitalista, que asegura su reproducción mediante la expansión geográfica de su orden, flexibiliza el intercambio comercial mediante la desregulación institucional en los Estados nación involucrados, y propicia la integración de regiones económicas que compiten entre sí y que, a la vez, constituyen puntos geográficos comunes en cuanto a sus intereses económicos, políticos, culturales y sociales.
 
De acuerdo con Orlando Caputo (1993: pp. 48-74), la globalización es expresión del proceso de reproducción y acumulación del capital a escala mundial, con implicaciones en el ciclo económico, el mercado mundial, el crédito internacional y los flujos de capitales, así como en los procesos de producción y los mecanismos en que se integran las empresas. Por su parte, Bernardo Kliksberg (1994: pp. 19-23) ve a la globalización como el proceso mediante el cual se ha venido a constituir una “aldea global” en la que las estructuras y sistemas de convivencia social se replantean bajo una nueva forma de comprender el interés público, la participación social y el papel de las instancias de gobierno. En tanto que Francisco de Paula León Olea (1995: pp. 165-178) concibe a la globalización como un proceso que tiene consecuencias para el hombre y la cultura social, pues los cambios aparejados a la globalización se manifiestan en la manera en que el hombre se concibe a sí mismo y la manera en que convive y se expresa en comunidad.

Resumiendo, se considera la globalización como un proceso multidimensional, y como tal se expresa en los diferentes ámbitos de la vida social. Como expresión del desarrollo mundial, este proceso permea los elementos y procesos de la vida política, económica, social y cultural. Este proceso ha condicionado el desarrollo nacional, regional y local a los esquemas pautados por la dinámica global de los grandes capitales. Debido a su influjo, los gobiernos nacionales replantean sus estrategias en función de los fundamentos dictados por el mercado.

Considerando este escenario, se establece que el propósito de este trabajo es reflexionar acerca de posibles instrumentos que pueden asumir los gobiernos en contextos de vida democrática, con el fin de encauzar una gobernanza caracterizada por la racionalidad y la publicidad, haciendo frente a las asimetrías de un federalismo subordinado, y en el que se pueda privilegiar el sentido ético de la política, fortaleciendo los sectores del desarrollo nacional, regional y local, y dando a éste un rostro humano, es decir, poner en el centro de toda política y acción de gobierno el bienestar de la gente.
 
 

El Estado posmoderno bajo las pautas del capital globalizado

La integración regional como expresión de la globalización trajo consigo una contradictoria política de cooperación internacional, en algunos casos promotora de la apertura económica, mientras que el proteccionismo es característico de otros. La internacionalización de la producción ocurrió preferentemente en aquellos procesos que privilegian la transformación manufacturera y la aplicación de los avances científicos. La política natural resultó la apertura necesaria para ubicar plantas productivas en distintos países socios, requiriéndose la estandarización de procesos y la homogeneización de la producción. El grado de internacionalización aumentó con el trabajo directo productivo y el trabajo indirecto comercial, aunque es en el sector financiero en el que se ha manifestado en mayor grado que en cualquier otro sector.

Entre los argumentos sustentados para dar pie a las transformaciones mundiales en pos de un sistema económico globalizado se pronunciaron dos paradigmas: el de la comunicación y el del mercado. Por un lado, la culminación del conflicto oeste-este, se dice, propició la “victoria” del capitalismo sobre el socialismo, afianzó la idea de que la vida económica debería regirse por los dictados del mercado, marginando la intervención activa del Estado en el destino de los mercados. Por otra parte, el progreso de la sociedad mundial ha sido soportado por el avance tecnológico y científico, particularmente mediante el desarrollo de las comunicaciones; ya sea en la realización de las transacciones comerciales y por su participación en el flujo de las inversiones financieras, así como en la manera en que se transmite la cultura; las comunicaciones han hecho posible la inmediatez de tales procesos, reduciendo trámites y tiempos de transacción, y haciéndolas más abiertas y globales, sin que las fronteras nacionales sean motivo para que se atenúen o inhiban.

Como fenómeno paralelo a la globalización, la posmodernidad ha venido a dar cuenta de esta nueva realidad en términos del imperio de “…lo fragmentario, lo efímero, lo discontinuo, el cambio caótico, el pluralismo, la coexistencia de un gran número de mundos posibles o más simplemente, espacios inconmensurables que se yuxtaponen o superponen entre sí.” (Barone, 2001: 8) El rasgo distintivo de este mundo posmoderno es su estado de “liquidez” como contraposición a la “solidez” (Bauman, 2013: 17) propia del mundo moderno, aquel que surgió de la Ilustración y en el que sentó sus bases el sistema capitalista, es decir, el mundo del Estado Nación, del Estado liberal y la sociedad civil.

El capitalismo globalizado planteó la definición y consolidación de organismos supranacionales en detrimento de la fortaleza del Estado nacional. Estos organismos asumieron como propósito ordenar la economía mundial y garantizar el libre intercambio de capitales de todo tipo, así como los derechos de propiedad de los diversos actores participantes en el escenario global. Por su parte, el Estado nacional se vio forzado a redefinir su tamaño y replantear su papel en el mercado y frente a la sociedad civil. 

La acción del Estado moderno, delimitado por el territorio nacional, tenía claramente definido su papel como generador de los bienes y servicios públicos requeridos por la población. El cambio suscitado con la posmodernidad debilitó las fronteras nacionales en aras de crear condiciones para la expansión y concreción del capital internacional. Desde la década de los setenta del siglo XX se difundieron profusamente y, luego, se pusieron en práctica los preceptos del neoliberalismo; con este modelo económico se retrajo el Estado interventor y dirigista, se asumió la reducción drástica del gasto público, y se institucionalizaron nuevas formas de conducción económica, privilegiándose los equilibrios del mercado, la liberalización económica y la integración de los capitales nacionales a la dinámica de la economía internacional.

 

Reformas institucionales y organizacionales: repliegue estatal y el ascenso del mercado

Con el surgimiento del denominado Consenso de Washington en 1989, el programa neoliberal se consolidó al formalizarse el paquete de reformas que se introdujeron a los países latinoamericanos desde las oficinas del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. El propósito, según Casilda (2005: 3), se definió en una estrategia que buscaba “…orientar a los gobiernos de países en desarrollo y a los organismos internacionales a la hora de valorar los avances en materia económica de los primeros al pedir ayuda a los segundos.” Así, se establecieron 10 instrumentos de política económica que permitirían realizar cambios estructurales en los países de América Latina, pensando que a la larga redituarían para un mejor comportamiento de las economías nacionales y abrir la posibilidad de un pago seguro de los compromisos de la deuda.

Las medidas propuestas fueron la disciplina fiscal de los gobiernos, el incremento de la inversión gubernamental por parte del gobierno en educación salud e infraestructura social y económica, la ampliación de la base tributaria para propiciar mayores flujos al erario, el sometimiento de las tasas de interés a la dinámica del mercado, fomentar la competitividad del tipo de cambio, abrirse al mercado internacional mediante la liberalización comercial, la apertura a la inversión extranjera directa, el redimensionamiento estatal mediante la desaparición, fusión y privatización de las empresas gubernamentales, la desregulación con el fin de establecer condiciones institucionales a favor del intercambio comercial con otros países y la competitividad, y dar seguridad a los diferentes sectores de la sociedad en cuanto a sus derechos de propiedad.

Estas medidas se concretaron con la implementación del Plan Brady, mediante la reestructuración de la deuda contraía con bancos comerciales; la estrategia planteó la participación voluntaria de los gobiernos latinoamericanos en un proceso de reducción de la deuda y su servicio en un contexto pautado por las condiciones del mercado, con el compromiso de que los flujos generados pudiesen reinvertirse para activar las economías locales y aumentar con ello la capacidad de pago de la deuda.

Bajo las prescripciones del fundamentalismo de mercado, la estrategia reformista se condujo a la aplicación de diversas reformas asociadas con la privatización de empresas paraestatales, la desregulación, la descentralización y la simplificación de trámites para incentivar el sistema de mercado. Estas fueron las medidas convencionales de las décadas de los setenta y los ochenta. Posteriormente, los argumentos de estos cambios derivaron en la necesidad de hacer cambios en el mismo estilo de gestión gubernamental; entonces se planteó la necesidad de transformar la tradicional estructura jerarquizada y centralizada del gobierno por otra capaz de responder a las necesidades y demandas de una sociedad más participativa y diversa, dando paso a las propuestas de una nueva gestión pública. 

De esta manera, en México, se ha apuntado en otro trabajo (Ordaz Alvarez, 2010: 47-48),  los cambios institucionales y organizacionales orientados a configurar un nuevo perfil del aparato gubernamental y establecer las condiciones para un nuevo accionar frente a la sociedad y el mercado fueron dirigidos a resolver la crisis fiscal mediante una “realista” administración de la deuda y la aplicación de medidas de austeridad gubernamental; atender la crisis de legitimidad debido a la generalizada corrupción de funcionarios públicos, el desapego a la legalidad y la acentuada discrecionalidad en la toma de decisiones, mediante un marco institucional que fortaleciese la transparencia y rendición de cuentas y el aseguramiento de la calidad en la prestación de servicios públicos mediante sistemas de seguimiento y evaluación en los que la participación social es un componente principal y el manejo eficiente y cuidado de los programas y proyectos del gobierno (incluyendo en estos aquellos que derivan de las concesiones a particulares).

En el mismo sentido, como ya se señaló, la globalización económica vino a exigir una nueva institucionalidad gubernamental que ayudara a facilitar el intercambio comercial y la solución de controversias entre países, así como la estructuración de una serie de programas de gobierno tendientes a respaldar el desarrollo de ciertos sectores de la economía, la dotación de servicios públicos y la capacitación de servidores públicos en nuevas ramas de servicio, brindando atención a los vínculos derivados de la regionalización comercial.

De igual manera, un destacado papel en la nueva orientación del quehacer gubernamental lo ha tenido el avance científico y tecnológico, particularmente en los ámbitos de la comunicación y la información, con amplio impacto en la configuración de nuevos sistemas y procesos operativos y administrativos, en el  uso de tecnología para agilizar el servicio público digital y atender las demandas ciudadanas; ello, por supuesto, ha requerido el impulso de programas de capacitación y adiestramiento para los servidores públicos.

Simultáneamente, y en correspondencia con los esquemas propuestos por el modelo económico neoliberal, se insistió en introducir  un nuevo estilo gerencial para manejar los asuntos de gobierno de aquellos países comprometidos con la reforma estatal pautada por los organismos financieros internacionales.

 

Gobiernos ¿fuertes o débiles?

La transformación institucional del Estado mexicano ha sido una constante desde los años setenta del siglo XX.

Las acciones comprendidas en la reforma administrativa de los gobiernos de los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo, fueron los indicios de una modernización estatal basada en el fortalecimiento de un Estado altamente interventor preocupado por organizar sus amplias estructuras y documentar la diversidad de procesos surgidos por las exigencias de un desarrollo compartido; es un periodo en que los esfuerzos se centran en el impulso de los procesos de sectorización y simplificación de trámites, la reforma electoral, el equilibrio entre los factores de la producción y el impulso de la reforma administrativa y la capacitación en el trabajo como componentes de una estrategia de cambio institucional. 

El relevo generacional impulsado por el gobierno del presidente Miguel de la Madrid, se vio limitado por los efectos de una fuerte crisis estructural caracterizada por una galopante inflación, el descontrol de los precios del petróleo (principal fuente de ingresos para impulsar el desarrollo del país) y la deuda más elevada que ha vivido el país en los últimos años. Sus programas de Renovación moral de la sociedad mexicana y de Reconversión industrial de la economía nacional, sirvieron de marco a las estrategias de transformación institucional en materia de planeación del desarrollo, de fortalecimiento del ámbito municipal, la descentralización de la vida nacional y el combate a la corrupción como principal flagelo del gobierno y la sociedad. 

El proyecto neoliberal emergió durante el gobierno del presidente Carlos Salinas y se ha desarrollado durante las siguientes administraciones. En un primer momento, con el liberalismo social se pretendió paliar los graves problemas sociales del país en materia de justicia social, sin embargo no fue suficiente, generando manifestaciones populares que incluso se expresaron mediante las armas, como fue el movimiento zapatista.

Los cambios institucionales se han propuesto, como se apunta líneas arriba, como una de las estrategias para la solución de los problemas económicos que han apremiado a los países de la región, a fin de crear condiciones para el desenvolvimiento de una economía global, brindando facilidades a los mercados de todo tipo para el libro flujo de los factores productivos, así también, esto ha llevado a la transformación del aparato gubernamental, retrayéndose de su papel activo en las tareas como agente económico y reduciendo su campo de acción como rector del desarrollo nacional.

Durante la administración del presidente Enrique Peña Nieto se institucionalizaron 11 reformas estructurales, buscando incidir en diversos campos del desarrollo nacional: la reforma energética, la de telecomunicaciones y radiodifusión, la reforma en materia de competencia económica, la financiera la hacendaria y la laboral. También se introdujeron cambios institucionales en materia educativa, la reforma política-electoral, se estableció el código nacional de procedimientos penales, la nueva ley de amparo y la reforma en materia de transparencia y rendición de cuentas. 

Con el desarrollo y modernización de las reglas institucionalizadas y racionalizadas en el desempeño de las organizaciones públicas, se integran y amplían los mecanismos formales de actuación, incorporando estas reglas como elementos estructurales de las mismas organizaciones. Como lo proponen en su ya clásico trabajo Meyer y Rowan (1999: 82-103), a medida que las organizaciones introducen estos cambios organizacionales e institucionales se modernizan, extendiendo sus estructuras y procesos bajo esquemas racionales de actuación soportados por instituciones racionalizadas. Siendo estos elementos socialmente legitimados y racionalizados, las organizaciones y actores que la integran maximizarían, legitimarían y aumentarían sus recursos y capacidad de desarrollo y atención a los fines a los que sirven.

Ello supondría la presencia de instituciones y capacidades gubernamentales fuertes, suficientes para responder a las demandas y expectativas de bienestar y desarrollo de la población, privilegiar el interés público sobre el privado, y establecer condiciones para una presencia activa y competitiva en el contexto internacional.

Sin embargo, la realidad nos plantea otra lectura. Así, se ha planteado que “…las reformas emprendidas, el crecimiento económico alcanzado y el fortaleci­miento institucional son medios para un fin y no fines en sí mismos. El objetivo primordial es la ampliación de las opciones de vida de las personas.” (PNUD, 2016: 87) Si bien en los últimos años se observa una reducción de los índices de desigualdad social, aún persisten problemas entre los distintos ámbitos de gobierno, tanto de manera vertical como horizontal y en cuanto a la población que vive en ellos.  

Se vive un federalismo subordinado y asimétrico. Regionalmente, se observa que en 2012 las entidades federativas del sur-sureste del país se ubicaron en las de menor índice de desarrollo humano, por debajo de los estados del norte y del centro del país, estos últimos con el mayor índice de desarrollo; destaca el hecho que sólo el centro y norte del país se colocó por encima del promedio del resto de América Latina y el Caribe. (PNUD, 2016: 108-109). Persisten desigualdades y rezagos en materia de servicios básicos, en salud y educación, en el mercado laboral y en la capacidad adquisitiva de la población y en su nivel de ingreso.

La apuesta al sistema globalizante y al modelo neoliberal se ha venido deteriorando en tanto que los beneficios esperados de ambos no se han reflejado en el bienestar de la población. Recientemente se ha estimado la desaceleración tendencial de la economía mundial (Bárcena y Prado, 2016: 25-27), con efectos negativos en el crecimiento tanto de los países desarrollados como de los países en desarrollo, con excepción de ciertos países como China e India. Este escenario presenta reducciones en la tasa de crecimiento del producto interno bruto de los países, la disminución de la tasa de crecimiento de formación bruta de capital fijo y el estancamiento de la productividad.

En otro sentido, la desigualdad se ha elevado, tanto en países desarrollados como en desarrollo, incrementándose la concentración del ingreso en la población más rica, en detrimento de las clases populares; Bárcena y Prado (2016: 27), por ejemplo, refieren que “el 1% más rico de la población de Europa Occidental posee el 31% de la riqueza, mientras que el 40% más pobre posee solo el 1%” y agregan que el “mayor aumento de la desigualdad se produjo en las década de 1980 y 1990, un período caracterizado, en el mundo desarrollado, por la simultánea reducción de la volatilidad de la inflación y de la tasa de crecimiento del PIB:”

En los últimos 25 años La tasa de crecimiento de América Latina ha sido menor que el de las otras regiones del mundo. Sólo  la región de África Subsahariana, Asia Central y los países en desarrollo de Europa se encuentran por debajo. Esto tiende a agravarse por la actitud proteccionista que ha asumido el gobierno norteamericano en los últimos meses y la vulnerabilidad de las economías de la región ante la economía global.



A manera de conclusión

Este tiempo ha sido marcado por la pugna de los capitales internacionales en un contexto de economía globalizada. Las naciones y sus gobiernos en la región han sido avasallados por las políticas reformistas de corte neoliberal. Como parte de este contexto, estos gobiernos han transformado su perfil y papel en los diferentes ámbitos, tanto en lo político, como en lo económico y particularmente en su relación con la sociedad. Por ello, han vitalizado y diversificado sus instituciones con el fin de responder a las nuevas condiciones. 

En este periodo, hemos presenciado  diferentes enfrentamientos, como el del Estado vs el Mercado; la disputa del Interés público vs Interés privado; el del desarrollo global de los grandes capitales vs el desarrollo nacional, regional y local. Consideramos que seguirán replicándose en tanto que el mismo sistema capitalista continúe con los mecanismos que permiten su reproducción y acumulación.

Subsiste la fuerte presencia de un sistema federal subordinado y asimétrico; el cual, entre sus expresiones deja ver la construcción del andamiaje institucional mediante reiteradas prácticas de un isomorfismo subordinado. El perfeccionamiento de este marco institucional ha ocurrido en los diferentes espacios de la vida estatal, social y pública. Sin embargo, el cuestionamiento acerca de su operatividad y correcta aplicación nos alertan de la necesidad de continuar el perfeccionamiento de su implementación.

Los reclamos de transparencia, rendición de cuentas y, en general, de apego a la legalidad denuncian que la debilidad y riesgo de la vida democrática del país reside en la configuración de un estamento sociopolítico que se ha colocado por encima de la sociedad y se ha apropiado de los espacios de deliberación y decisión de los grandes proyectos de la nación.

Los retos presentes se asumen en relación con la pugna de las prácticas de la “politiquería” frente a los propósitos de interés público y social de la política. Estos retos se develan en la promoción de un desarrollo global al servicio de los grandes capitales frente al desarrollo que privilegia el ámbito local, regional y nacional, a aquel que pone su atención en los graves problemas que viven la población, sean estos de orden económico, político, social, cultural y ambiental. También se observa en el sentido con el que se ha definido el actual perfil y programa de acción del Estado, retraído y sometido a las prescripciones del mercado, en tanto que, con el fracaso de esta perspectiva, emerge la idea y exigencia de un Estado socialmente necesario, comprometido con el interés público y con el bienestar de la población.

Si consideramos que el cambio social requiere la concurrencia de varios factores para su habilitación, tendríamos que propiciar que estos factores participen de manera decisiva en la consecución de los objetivos sociales, en la solución de los asuntos y problemas públicos, con conciencia ética y compromiso social. Se cuenta con la infraestructura organizacional y el andamiaje institucional, se realizan esfuerzos para profesionalizar y sensibilizar a los diversos actores del gobierno y la sociedad, pero existe el dique que representa la insensibilidad y falta de voluntad para la acción de buena parte de la élite política, en los tres órdenes de gobierno y en los tres poderes del poder estatal.

Esto ha derivado en la desvirtuación de la política, en la procrastinación, en la sine cura, en la improvisación, en la difusión del cinismo, en la deshonestidad, en la corrupción y en la impunidad.

El reto es consolidar una gobernabilidad sustentada en una gobernanza democrática; en el fortalecimiento de un nuevo estilo de gobierno sustentado en políticas públicas dotadas de sus dos componentes básicos: la racionalidad y la publicidad; la gestión gubernamental de proyectos y programas orientados al bienestar de la gente, cuya operación esté marcada por su eficiencia, eficacia, efectividad, transparencia, manejo respetuoso de los recursos involucrados y principalmente la honestidad; el compromiso con las clases populares, mediante programas dirigidos a la generación de empleo, aseguramiento de las condiciones básicas de vida y el combate a la pobreza; el empoderamiento ciudadano y social, de manera que estos estén presentes y cuidadosos de todo acto de gobierno; la definición de una estrategia nacional que permita el equilibrio de las regiones y ciudades en cuanto a posibilidad de progreso, una estrategia fincada en una visión de largo alcance y no en la inmediatez del beneficio fácil y sin cimientos. En resumen, un gobierno comprometido con un desarrollo con rostro humano, con el rostro de todos y cada uno de los integrantes de la población y no el de unos pocos.

 

Referencias bibliográficas:
 
Bárcena, Alicia y Antonio Prado (Coord.). 2016. Horizontes 2030: la igualdad en el centro del desarrollo sostenible. Síntesis. Santiago de Chile: Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL.
Barone, Myriam. 2001. Globalización y Posmodernidad: Encrucijada para las políticas sociales del nuevo milenio. Reunión de Expertos sobre Globalización, Cambio Tecnológico y Equidad de Género. Universidad de Sao Paulo - Núcleo de Estudios de Mulher e Relaçoes Sociais de Género Conselho Nacional dos Direitos de la Mulher. Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer – UNIFEM. Agencia de Cooperación Técnica Alemana – GTZ. Sao Paulo, Brasil, 5 y 6 de noviembre de 2001. Sao Paulo: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
Bauman, Zygmunt. 2013. La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Madrid: Fondo de Cultura Económica.
Caputo, Orlando. 1993. “Economía Mundial, crisis, contradicciones y límites del proceso de globalización”. En Fernando Carmona (compilador), América Latina: Crisis y Globalización, Tomo I. México: Universidad Nacional Autónoma de México.
Casilda, Ramón. 2005. América Latina: Del Consenso de Washington a la Agenda del Desarrollo de Barcelona. Documento de Trabajo (DT) 10/2005. Madrid: Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos.
De Paula León Olea, Francisco. 1995. El despertar Humano. Hacia una teoría unificada del hombre del siglo XXI. México: Miguel Ángel Porrúa Grupo Editorial.
Kliksberg, Bernardo. 1994. El rediseño del Estado para el desarrollo socioeconómico y el cambio. Una Agenda estratégica para la discusión. En Bernardo Kliksberg (compilador), El rediseño del Estado. Una perspectiva internacional. México: Instituto Nacional de Administración Pública, A. C. y Fondo de Cultura Económica.
Meyer J. W. y Brian Rowan. 1999. “Organizaciones institucionalizadas: la estructura formal como mito y ceremonia”. En W. W. Powell y P. J. DiMaggio, El nuevo institucionalismo en el análisis organizacional. Colección Nuevas lecturas de Política y Gobierno. Pp. 79-103. México: Fondo de Cultura Económica.
Ordaz Alvarez, Arturo. 2010. La Gestión Pública Municipal. Estudio sobre las Capacidades Institucionales y Administrativas en el Ayuntamiento de Hermosillo Sonora. 2006-2009. Hermosillo: Universidad de Sonora.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. 2016. Informe sobre Desarrollo Humano México 2016. Desigualdad y movilidad. Cd. de México: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

 

martes, 22 de diciembre de 2015

Las estrategias reformistas del gobierno

AOA. Hermosillo Sonora, vista panorámica. 2014

Hermosillo Sonora, Diciembre 22 de 2015.

Enfoques de la reforma
 
Los programas de reforma estatal implementados a partir de la década de los ochenta han generado diferentes interpretaciones de procedimiento. Dos han sido los enfoques tradicionalmente involucrados en dichos procesos: por una parte la percepción denominada progresista y que se centra en soluciones desde el Estado, mientras que la otra se reconoce como la estrategia reformista conservadora basada en políticas de mercado. Así lo plantea José Luis Ayala Espino (1992: 141), quien dijo que en relación con la reforma estatal “se han desarrollado distintos enfoques y marcos conceptuales. Entre ellos existen diferencias instrumentales y valorativas. Sin embargo, la reforma es concebida generalmente como un medio para lograr la modernización, elevar la eficiencia y competitividad globales, ampliar la democracia y garantizar la justicia social.”
 
La orientación de las políticas del primer enfoque de la reforma buscaría corregir las fallas de la participación estatal en la vida económica, dotándolo de una nueva racionalidad. La idea es reconocer el papel del Estado en la conducción de la economía, probablemente ajustándolo pero sin desmembrarlo.
 
El neointervencionismo planteó adecuar al Estado a las nuevas condiciones mundiales, aprovechar los avances de la ciencia y la tecnología, e integrar a la sociedad al ejercicio de las políticas públicas. Considera construir una nueva economía mixta que responda a la globalización, en la que el Estado aumente su papel en la esfera pública y eleve su eficiencia administrativa. Ello implica reconocer el aprovechamiento de avances administrativos que en otras organizaciones han tenido éxito, pero no significa relegar el papel político del Estado en la conducción social, ni dar paso a medidas que impliquen su desaparición.
 
El segundo enfoque, el de las soluciones de mercado, es el que ha imperado en las últimas tres décadas. Considerado como una perspectiva Neoliberal, se ha colocado al Mercado por encima del Estado.
 
Los arreglos de esta estrategia plantean la reducción de la participación estatal en la vida económica, exigiéndole revalorar su papel y funcionamiento, redimensionándolo y exigiéndole una mayor eficiencia y eficacia en el manejo de los recursos públicos. En esta óptica, coinciden las siguientes medidas: la privatización, fusión y desregulación, la descentralización y la desconcentración.
 
Asimismo, esta estrategia asimila la injerencia de los modernos sistemas de gestión privada a los asuntos de gobierno, por considerar que la nueva cara del gobierno debe caracterizarse por un ejercicio honesto, con calidad y orientado al público; de esta manera se plantea el someterse a procesos de reingeniería, manejo de estándares de calidad, administración del tiempo, planeación estratégica y contingencial, desarrollo organizacional, entre otros aspectos.
 

AOA. Cerro de la Campana. 2014
 
El nuevo manejo público
 
A partir de la década de los noventa se impulsaron otras estrategias de cambio. En la misma lógica de los planteamientos neoliberales, la atención se colocó en la transformación de la cultura organizacional, el funcionamiento eficiente de las estructuras organizacionales, la operatividad de los sistemas y procesos administrativos y la mejora regulatoria. Es decir, se plantearon modificaciones en las bases institucionales en todos sus niveles: jurídico, normativos, de planeación y programación, de coordinación y de administración y organización.
 
Esta estrategia ha venido impulsando como modelo de gobierno el llamado nuevo manejo o gestión pública, el cual se rige, según lo plantea Omar Guerrero Orozco (2004: 53-69): por su orientación al cliente-ciudadano; el impulso de la política de privatización (exoprivatización cuando se dirige a la reducción del tamaño del Estado, o endoprivatización cuando se promueven pautas gerenciales de la iniciativa privada al interior de las organizaciones gubernamentales); la distinción del mercado como referente no solo de la economía sino también de la política y del comportamiento de los organismos estatales; y la promoción de la competencia como proceso esencial característico del funcionamiento del sistema capitalista.
 
La base organizativa y operacional de esta estrategia incluye tres componentes: a. la aplicación del enfoque empresarial-gerencial, mediante el ejercicio de dos libertades fundamentales: la de elección y la del manejo; b. la aplicación de la gerencia por objetivos y resultados, caracterizada por el empleo de estándares y medidas, metas e indicadores de rendimiento gubernamental, bajo los cuales se llevan a cabo los planes, programas y proyectos de gobierno; y c. la agenciación, que implica la desagregación de la burocracia en las agencias que sean necesarias para brindar el servicio a sus clientes (como forma de descentralización y desconcentración administrativa). (Guerrero Orozco, 2004: 66-68)
 
La reforma del Estado a través de estos mecanismos ha significado ajustes estructurales en el desarrollo de muchos países que han derivado en grandes sacrificios de su población. Hoy se revisan estos postulados, planteándose que el “fundamentalismo” de mercado representa un riesgo al pretender “abolir la toma de decisiones colectivas e imponer la supremacía de los valores del mercado sobre todos los valores políticos y sociales.” según (Soros,1999: 29) Igual, desde los países latinoamericanos (Bustelo y Minujin, 1998) se señala que el modelo se tiene que modificar y plantearse propuestas para sociedades incluyentes, orientadas al logro, junto con el crecimiento económico, de una mayor igualdad social, la protección del medio ambiente y la configuración de condiciones para enfrentar a la globalización.
 
Además, cuando se revisa la Reforma Estatal en donde se da preeminencia al Mercado, se tiene que considerar la importancia de dar reconocimiento a los asuntos públicos como tarea primordial del Estado, y su necesaria participación para el desarrollo del país. Hacia el interior de las organizaciones estatales, también es fundamental el colocar en un lugar prioritario los programas de formación de los recursos humanos y de desarrollo de la infraestructura necesarios para impulsar una cultura, tanto empresarial como social, orientada a la inversión, asumiendo riesgos compartidos y el compromiso con el desarrollo social. La agregación de medidas de eficiencia administrativa de los órganos estatales resulta conveniente en términos de mejorar el servicio público, más no como mecanismos para avasallar al Estado y a sus partes constitutivas.
 

AOA. Museo y Biblioteca. 2014
 
 
Nuevas Tecnologías
 
Con las reformas estatales impulsadas durante los ochenta y noventa, se redefinió el perfil y funcionalidad del Estado, pasando de un Estado altamente interventor y omnipresente a una institución política orientada a sus funciones básicas, y restringido, en el plano económico, al papel de promotor y regulador. Esta nueva figura ha sido definida por Ricardo Uvalle Berrones (1994) como el Estado socialmente necesario; los rasgos de esta nueva expresión estatal corresponden a la revaloración de la vida pública y a la delimitación de fronteras entre lo que el Estado debe desarrollar y aquello que es propio de la vida social.
 
Esta perspectiva del Estado corresponde a una propuesta teórica que recupera principios y categorías de naturaleza política y, además, sin dejar de ponderar la incorporación del avance científico y tecnológico y valores de emprendimiento y responsividad, coloca atención a la conducción que el Estado hace de la sociedad y al compromiso que tiene para promover y conciliar estrategias para un desarrollo más equilibrado y equitativo.
 
La vigencia del Estado socialmente necesario requiere generar un estilo de gestión administrativa moderna, en la cual la publicidad y racionalidad se asumen como los rasgos distintivos; para desarrollar el buen gobierno, se ha propuesto la conjugación de tres tecnologías que sirvan para mejorar e incrementar la aptitud gubernamental en el logro de sus fines; estas tecnologías de gobierno son la gerencia pública, la gerencia social y las políticas públicas.
 
En un marco de pluralismo político y cívico que supone una sociedad democrática, se define que las políticas públicas propician una racionalidad progresiva en las decisiones y cursos de acción que instrumenta el gobierno. Se advierte que los asuntos públicos en sociedades plurales requieren de modelos de gestión que vayan más allá de la planeación y programación burocratizada, de las decisiones autoritarias y de la organización centralizada.
 
El diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas requiere, además de la racionalidad administrativa, el involucramiento de los intereses sociales y la presencia activa y deliberada de los ciudadanos.
 
En cuanto a la gerencia pública, se considera que ésta, si bien puede recuperar prácticas de la gerencia privada, no olvida que su atención se finca en la vida pública, teniendo a los intereses públicos y los compromisos sociales como fines de dicha gestión. De esta manera, privilegia como sus propósitos a “la gobernabilidad, la democracia política, la descentralización, la participación ciudadana y su responsabilidad en los asuntos gubernamentales y públicos.” (Uvalle Berrones, 1994: 119)
 
Como tecnología del buen gobierno, la gerencia pública se presenta con un nuevo perfil de carácter estratégico, donde la función pública se mide en términos de la calidad de sus resultados, que trasciende los círculos cerrados de la administración tradicional, y que fomenta una intensa vida pública con la participación activa y abierta de la sociedad. Se trata, además de una tecnología que enfrenta con sensibilidad política y social la complejidad de la vida contemporánea.
 
Por su parte, la gerencia social se considera como otra modalidad de la acción gubernamental. El centro de atención de esta tecnología responde a uno de los principales males de la actualidad, la pobreza. Al respecto, el Informe sobre el Desarrollo Humano 1999 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) observó que al centrarse la reforma estatal en las políticas macroeconómicas, los aspectos sociales y políticos quedaron subordinados a dichas políticas, bajo un fuerte control que derivó en la concentración del poder y la riqueza en un grupo selecto de la población en detrimento de las grandes mayorías.
 
En este sentido se ha insistido en la idea de que el Estado recupere su papel de dirección del desarrollo socioeconómico y político. Pero un Estado replanteado en términos de reconocerse, según Kliksberg (2001: 167) como un Estado social inteligente. Este nuevo Estado conlleva también un nuevo estilo de gestión preocupada por los asuntos de orden social: sin ser paternalista, este tipo de gestión se basa en el realismo de la vida social y económica, se muestra como una práctica gerencial en la que concurren las energías del gobierno en comunión con las de los grupos sociales.
 
Bernardo Kliksberg, quizás el intelectual que mayor énfasis ha dado a este tipo de gestión, apunta que se trata de “…gerenciar proyectos para poblaciones carenciadas en campos como la nutrición, la educación, la salud, el empleo, la vivienda, el desarrollo rural, etc. Se muestra en la práctica como una actividad gerencial muy particular, que no puede manejarse con los enfoques de administración de empresas privadas o de administración pública tradicional. Se requiere un enfoque diferenciado, un enfoque de Gerencia Social.” (Kliksberg, 2002: 95)
 
 
Conclusión
 
La acción de gobierno debe encaminarse a la atención del interés público implicado en las necesidades, demandas y expectativas de la sociedad. Se considera el desarrollo como un tema de orden público, al igual que las diferentes dimensiones en que puede ser desagregado.
 
La capacidad de respuesta del gobierno precisa de un conjunto de esfuerzos orientados a resolver los problemas atingentes de la sociedad.
 
La administración pública tiene un papel relevante como rector del desarrollo nacional y como actor fundamental en la estructuración de estrategias para lograr mejores condiciones de vida y desarrollo de la sociedad en los diferentes sectores en que este último se desagrega.
 
Se requiere un replanteamiento del marco institucional de operación de la administración pública, considerando que la aplicación del Estado de derecho y el desarrollo de las conductas de los servidores públicos con base en los principios fundamentales de actuación puede permitir que los programas y proyectos de gobierno puedan cumplir con los cometidos para los que fueron diseñados.
 
El desarrollo debe asumirse como un proceso cuyo destinatario es el ser humano, de otra manera no tiene sentido. También debe ser considerado como un proceso donde lo que se privilegia es el interés público, es un proceso en donde se debe beneficiar a todos los miembros de la sociedad y no discriminar llevando los frutos del crecimiento económico a las mesas de pocos miembros de esa sociedad.
 
 
Referencias:

Ayala Espino, José Luis, (1992) Límites del Mercado, Límites del Estado. México, Instituto Nacional de Administración Pública, A. C.
Bustelo, Eduardo y Alberto Minujin (Editores), (1998) Todos Entran. Propuesta para sociedades incluyentes. Colección Cuadernos de Debate. Santa Fe de Bogotá, Colombia, United Nations Children's Fund (UNICEF).
Guerrero Orozco, Omar, (2004) La nueva Gerencia Pública. Neoliberalismo en Administración Pública. México, Distribuciones Fontamara.
Kliksberg, Bernardo, (2001) El nuevo debate sobre el desarrollo y rol del Estado. Mitos y realidades en la América Latina de hoy. México, Instituto Nacional de Administración Pública, A. C.
Kliksberg, Bernardo, (2002) Hacia una economía con rostro humano. México, Fondo de Cultura Económica.
Lora, Eduardo (Editor), (2007) El estado de las reformas al Estado en América Latina, Prólogo de Francis Fukuyama. Washington, Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo y Mayol Ediciones.
Uvalle Berrones, Ricardo (1994) Los Nuevos Derroteros de la Vida Estatal. México, Instituto de Administración Pública del Estado de México, A. C.