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lunes, 6 de noviembre de 2017

Gobiernos e Instituciones: fortalezas y debilidades

 
Hermosillo, Sonora a 6 de noviembre de 2017. 
 

Presentación                                                                                                                                                                           

Durante las últimas tres décadas se intensificó un proceso globalizador en el que las políticas gubernamentales y empresariales coincidieron en el impulso de un proyecto neoliberal caracterizado por la liberalización comercial, la desregulación, la privatización, los ajustes institucionales para dar seguridad a los derechos de propiedad e impulsar la inversión privada nacional y extranjera, entre otras medidas. La globalización representa la característica más relevante del escenario mundial.

La globalización es un proceso generalizado cuya tendencia plantea la internacionalización de las relaciones humanas en diversos ámbitos. Se presenta como un proceso de desarrollo del sistema capitalista, que asegura su reproducción mediante la expansión geográfica de su orden, flexibiliza el intercambio comercial mediante la desregulación institucional en los Estados nación involucrados, y propicia la integración de regiones económicas que compiten entre sí y que, a la vez, constituyen puntos geográficos comunes en cuanto a sus intereses económicos, políticos, culturales y sociales.
 
De acuerdo con Orlando Caputo (1993: pp. 48-74), la globalización es expresión del proceso de reproducción y acumulación del capital a escala mundial, con implicaciones en el ciclo económico, el mercado mundial, el crédito internacional y los flujos de capitales, así como en los procesos de producción y los mecanismos en que se integran las empresas. Por su parte, Bernardo Kliksberg (1994: pp. 19-23) ve a la globalización como el proceso mediante el cual se ha venido a constituir una “aldea global” en la que las estructuras y sistemas de convivencia social se replantean bajo una nueva forma de comprender el interés público, la participación social y el papel de las instancias de gobierno. En tanto que Francisco de Paula León Olea (1995: pp. 165-178) concibe a la globalización como un proceso que tiene consecuencias para el hombre y la cultura social, pues los cambios aparejados a la globalización se manifiestan en la manera en que el hombre se concibe a sí mismo y la manera en que convive y se expresa en comunidad.

Resumiendo, se considera la globalización como un proceso multidimensional, y como tal se expresa en los diferentes ámbitos de la vida social. Como expresión del desarrollo mundial, este proceso permea los elementos y procesos de la vida política, económica, social y cultural. Este proceso ha condicionado el desarrollo nacional, regional y local a los esquemas pautados por la dinámica global de los grandes capitales. Debido a su influjo, los gobiernos nacionales replantean sus estrategias en función de los fundamentos dictados por el mercado.

Considerando este escenario, se establece que el propósito de este trabajo es reflexionar acerca de posibles instrumentos que pueden asumir los gobiernos en contextos de vida democrática, con el fin de encauzar una gobernanza caracterizada por la racionalidad y la publicidad, haciendo frente a las asimetrías de un federalismo subordinado, y en el que se pueda privilegiar el sentido ético de la política, fortaleciendo los sectores del desarrollo nacional, regional y local, y dando a éste un rostro humano, es decir, poner en el centro de toda política y acción de gobierno el bienestar de la gente.
 
 

El Estado posmoderno bajo las pautas del capital globalizado

La integración regional como expresión de la globalización trajo consigo una contradictoria política de cooperación internacional, en algunos casos promotora de la apertura económica, mientras que el proteccionismo es característico de otros. La internacionalización de la producción ocurrió preferentemente en aquellos procesos que privilegian la transformación manufacturera y la aplicación de los avances científicos. La política natural resultó la apertura necesaria para ubicar plantas productivas en distintos países socios, requiriéndose la estandarización de procesos y la homogeneización de la producción. El grado de internacionalización aumentó con el trabajo directo productivo y el trabajo indirecto comercial, aunque es en el sector financiero en el que se ha manifestado en mayor grado que en cualquier otro sector.

Entre los argumentos sustentados para dar pie a las transformaciones mundiales en pos de un sistema económico globalizado se pronunciaron dos paradigmas: el de la comunicación y el del mercado. Por un lado, la culminación del conflicto oeste-este, se dice, propició la “victoria” del capitalismo sobre el socialismo, afianzó la idea de que la vida económica debería regirse por los dictados del mercado, marginando la intervención activa del Estado en el destino de los mercados. Por otra parte, el progreso de la sociedad mundial ha sido soportado por el avance tecnológico y científico, particularmente mediante el desarrollo de las comunicaciones; ya sea en la realización de las transacciones comerciales y por su participación en el flujo de las inversiones financieras, así como en la manera en que se transmite la cultura; las comunicaciones han hecho posible la inmediatez de tales procesos, reduciendo trámites y tiempos de transacción, y haciéndolas más abiertas y globales, sin que las fronteras nacionales sean motivo para que se atenúen o inhiban.

Como fenómeno paralelo a la globalización, la posmodernidad ha venido a dar cuenta de esta nueva realidad en términos del imperio de “…lo fragmentario, lo efímero, lo discontinuo, el cambio caótico, el pluralismo, la coexistencia de un gran número de mundos posibles o más simplemente, espacios inconmensurables que se yuxtaponen o superponen entre sí.” (Barone, 2001: 8) El rasgo distintivo de este mundo posmoderno es su estado de “liquidez” como contraposición a la “solidez” (Bauman, 2013: 17) propia del mundo moderno, aquel que surgió de la Ilustración y en el que sentó sus bases el sistema capitalista, es decir, el mundo del Estado Nación, del Estado liberal y la sociedad civil.

El capitalismo globalizado planteó la definición y consolidación de organismos supranacionales en detrimento de la fortaleza del Estado nacional. Estos organismos asumieron como propósito ordenar la economía mundial y garantizar el libre intercambio de capitales de todo tipo, así como los derechos de propiedad de los diversos actores participantes en el escenario global. Por su parte, el Estado nacional se vio forzado a redefinir su tamaño y replantear su papel en el mercado y frente a la sociedad civil. 

La acción del Estado moderno, delimitado por el territorio nacional, tenía claramente definido su papel como generador de los bienes y servicios públicos requeridos por la población. El cambio suscitado con la posmodernidad debilitó las fronteras nacionales en aras de crear condiciones para la expansión y concreción del capital internacional. Desde la década de los setenta del siglo XX se difundieron profusamente y, luego, se pusieron en práctica los preceptos del neoliberalismo; con este modelo económico se retrajo el Estado interventor y dirigista, se asumió la reducción drástica del gasto público, y se institucionalizaron nuevas formas de conducción económica, privilegiándose los equilibrios del mercado, la liberalización económica y la integración de los capitales nacionales a la dinámica de la economía internacional.

 

Reformas institucionales y organizacionales: repliegue estatal y el ascenso del mercado

Con el surgimiento del denominado Consenso de Washington en 1989, el programa neoliberal se consolidó al formalizarse el paquete de reformas que se introdujeron a los países latinoamericanos desde las oficinas del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. El propósito, según Casilda (2005: 3), se definió en una estrategia que buscaba “…orientar a los gobiernos de países en desarrollo y a los organismos internacionales a la hora de valorar los avances en materia económica de los primeros al pedir ayuda a los segundos.” Así, se establecieron 10 instrumentos de política económica que permitirían realizar cambios estructurales en los países de América Latina, pensando que a la larga redituarían para un mejor comportamiento de las economías nacionales y abrir la posibilidad de un pago seguro de los compromisos de la deuda.

Las medidas propuestas fueron la disciplina fiscal de los gobiernos, el incremento de la inversión gubernamental por parte del gobierno en educación salud e infraestructura social y económica, la ampliación de la base tributaria para propiciar mayores flujos al erario, el sometimiento de las tasas de interés a la dinámica del mercado, fomentar la competitividad del tipo de cambio, abrirse al mercado internacional mediante la liberalización comercial, la apertura a la inversión extranjera directa, el redimensionamiento estatal mediante la desaparición, fusión y privatización de las empresas gubernamentales, la desregulación con el fin de establecer condiciones institucionales a favor del intercambio comercial con otros países y la competitividad, y dar seguridad a los diferentes sectores de la sociedad en cuanto a sus derechos de propiedad.

Estas medidas se concretaron con la implementación del Plan Brady, mediante la reestructuración de la deuda contraía con bancos comerciales; la estrategia planteó la participación voluntaria de los gobiernos latinoamericanos en un proceso de reducción de la deuda y su servicio en un contexto pautado por las condiciones del mercado, con el compromiso de que los flujos generados pudiesen reinvertirse para activar las economías locales y aumentar con ello la capacidad de pago de la deuda.

Bajo las prescripciones del fundamentalismo de mercado, la estrategia reformista se condujo a la aplicación de diversas reformas asociadas con la privatización de empresas paraestatales, la desregulación, la descentralización y la simplificación de trámites para incentivar el sistema de mercado. Estas fueron las medidas convencionales de las décadas de los setenta y los ochenta. Posteriormente, los argumentos de estos cambios derivaron en la necesidad de hacer cambios en el mismo estilo de gestión gubernamental; entonces se planteó la necesidad de transformar la tradicional estructura jerarquizada y centralizada del gobierno por otra capaz de responder a las necesidades y demandas de una sociedad más participativa y diversa, dando paso a las propuestas de una nueva gestión pública. 

De esta manera, en México, se ha apuntado en otro trabajo (Ordaz Alvarez, 2010: 47-48),  los cambios institucionales y organizacionales orientados a configurar un nuevo perfil del aparato gubernamental y establecer las condiciones para un nuevo accionar frente a la sociedad y el mercado fueron dirigidos a resolver la crisis fiscal mediante una “realista” administración de la deuda y la aplicación de medidas de austeridad gubernamental; atender la crisis de legitimidad debido a la generalizada corrupción de funcionarios públicos, el desapego a la legalidad y la acentuada discrecionalidad en la toma de decisiones, mediante un marco institucional que fortaleciese la transparencia y rendición de cuentas y el aseguramiento de la calidad en la prestación de servicios públicos mediante sistemas de seguimiento y evaluación en los que la participación social es un componente principal y el manejo eficiente y cuidado de los programas y proyectos del gobierno (incluyendo en estos aquellos que derivan de las concesiones a particulares).

En el mismo sentido, como ya se señaló, la globalización económica vino a exigir una nueva institucionalidad gubernamental que ayudara a facilitar el intercambio comercial y la solución de controversias entre países, así como la estructuración de una serie de programas de gobierno tendientes a respaldar el desarrollo de ciertos sectores de la economía, la dotación de servicios públicos y la capacitación de servidores públicos en nuevas ramas de servicio, brindando atención a los vínculos derivados de la regionalización comercial.

De igual manera, un destacado papel en la nueva orientación del quehacer gubernamental lo ha tenido el avance científico y tecnológico, particularmente en los ámbitos de la comunicación y la información, con amplio impacto en la configuración de nuevos sistemas y procesos operativos y administrativos, en el  uso de tecnología para agilizar el servicio público digital y atender las demandas ciudadanas; ello, por supuesto, ha requerido el impulso de programas de capacitación y adiestramiento para los servidores públicos.

Simultáneamente, y en correspondencia con los esquemas propuestos por el modelo económico neoliberal, se insistió en introducir  un nuevo estilo gerencial para manejar los asuntos de gobierno de aquellos países comprometidos con la reforma estatal pautada por los organismos financieros internacionales.

 

Gobiernos ¿fuertes o débiles?

La transformación institucional del Estado mexicano ha sido una constante desde los años setenta del siglo XX.

Las acciones comprendidas en la reforma administrativa de los gobiernos de los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo, fueron los indicios de una modernización estatal basada en el fortalecimiento de un Estado altamente interventor preocupado por organizar sus amplias estructuras y documentar la diversidad de procesos surgidos por las exigencias de un desarrollo compartido; es un periodo en que los esfuerzos se centran en el impulso de los procesos de sectorización y simplificación de trámites, la reforma electoral, el equilibrio entre los factores de la producción y el impulso de la reforma administrativa y la capacitación en el trabajo como componentes de una estrategia de cambio institucional. 

El relevo generacional impulsado por el gobierno del presidente Miguel de la Madrid, se vio limitado por los efectos de una fuerte crisis estructural caracterizada por una galopante inflación, el descontrol de los precios del petróleo (principal fuente de ingresos para impulsar el desarrollo del país) y la deuda más elevada que ha vivido el país en los últimos años. Sus programas de Renovación moral de la sociedad mexicana y de Reconversión industrial de la economía nacional, sirvieron de marco a las estrategias de transformación institucional en materia de planeación del desarrollo, de fortalecimiento del ámbito municipal, la descentralización de la vida nacional y el combate a la corrupción como principal flagelo del gobierno y la sociedad. 

El proyecto neoliberal emergió durante el gobierno del presidente Carlos Salinas y se ha desarrollado durante las siguientes administraciones. En un primer momento, con el liberalismo social se pretendió paliar los graves problemas sociales del país en materia de justicia social, sin embargo no fue suficiente, generando manifestaciones populares que incluso se expresaron mediante las armas, como fue el movimiento zapatista.

Los cambios institucionales se han propuesto, como se apunta líneas arriba, como una de las estrategias para la solución de los problemas económicos que han apremiado a los países de la región, a fin de crear condiciones para el desenvolvimiento de una economía global, brindando facilidades a los mercados de todo tipo para el libro flujo de los factores productivos, así también, esto ha llevado a la transformación del aparato gubernamental, retrayéndose de su papel activo en las tareas como agente económico y reduciendo su campo de acción como rector del desarrollo nacional.

Durante la administración del presidente Enrique Peña Nieto se institucionalizaron 11 reformas estructurales, buscando incidir en diversos campos del desarrollo nacional: la reforma energética, la de telecomunicaciones y radiodifusión, la reforma en materia de competencia económica, la financiera la hacendaria y la laboral. También se introdujeron cambios institucionales en materia educativa, la reforma política-electoral, se estableció el código nacional de procedimientos penales, la nueva ley de amparo y la reforma en materia de transparencia y rendición de cuentas. 

Con el desarrollo y modernización de las reglas institucionalizadas y racionalizadas en el desempeño de las organizaciones públicas, se integran y amplían los mecanismos formales de actuación, incorporando estas reglas como elementos estructurales de las mismas organizaciones. Como lo proponen en su ya clásico trabajo Meyer y Rowan (1999: 82-103), a medida que las organizaciones introducen estos cambios organizacionales e institucionales se modernizan, extendiendo sus estructuras y procesos bajo esquemas racionales de actuación soportados por instituciones racionalizadas. Siendo estos elementos socialmente legitimados y racionalizados, las organizaciones y actores que la integran maximizarían, legitimarían y aumentarían sus recursos y capacidad de desarrollo y atención a los fines a los que sirven.

Ello supondría la presencia de instituciones y capacidades gubernamentales fuertes, suficientes para responder a las demandas y expectativas de bienestar y desarrollo de la población, privilegiar el interés público sobre el privado, y establecer condiciones para una presencia activa y competitiva en el contexto internacional.

Sin embargo, la realidad nos plantea otra lectura. Así, se ha planteado que “…las reformas emprendidas, el crecimiento económico alcanzado y el fortaleci­miento institucional son medios para un fin y no fines en sí mismos. El objetivo primordial es la ampliación de las opciones de vida de las personas.” (PNUD, 2016: 87) Si bien en los últimos años se observa una reducción de los índices de desigualdad social, aún persisten problemas entre los distintos ámbitos de gobierno, tanto de manera vertical como horizontal y en cuanto a la población que vive en ellos.  

Se vive un federalismo subordinado y asimétrico. Regionalmente, se observa que en 2012 las entidades federativas del sur-sureste del país se ubicaron en las de menor índice de desarrollo humano, por debajo de los estados del norte y del centro del país, estos últimos con el mayor índice de desarrollo; destaca el hecho que sólo el centro y norte del país se colocó por encima del promedio del resto de América Latina y el Caribe. (PNUD, 2016: 108-109). Persisten desigualdades y rezagos en materia de servicios básicos, en salud y educación, en el mercado laboral y en la capacidad adquisitiva de la población y en su nivel de ingreso.

La apuesta al sistema globalizante y al modelo neoliberal se ha venido deteriorando en tanto que los beneficios esperados de ambos no se han reflejado en el bienestar de la población. Recientemente se ha estimado la desaceleración tendencial de la economía mundial (Bárcena y Prado, 2016: 25-27), con efectos negativos en el crecimiento tanto de los países desarrollados como de los países en desarrollo, con excepción de ciertos países como China e India. Este escenario presenta reducciones en la tasa de crecimiento del producto interno bruto de los países, la disminución de la tasa de crecimiento de formación bruta de capital fijo y el estancamiento de la productividad.

En otro sentido, la desigualdad se ha elevado, tanto en países desarrollados como en desarrollo, incrementándose la concentración del ingreso en la población más rica, en detrimento de las clases populares; Bárcena y Prado (2016: 27), por ejemplo, refieren que “el 1% más rico de la población de Europa Occidental posee el 31% de la riqueza, mientras que el 40% más pobre posee solo el 1%” y agregan que el “mayor aumento de la desigualdad se produjo en las década de 1980 y 1990, un período caracterizado, en el mundo desarrollado, por la simultánea reducción de la volatilidad de la inflación y de la tasa de crecimiento del PIB:”

En los últimos 25 años La tasa de crecimiento de América Latina ha sido menor que el de las otras regiones del mundo. Sólo  la región de África Subsahariana, Asia Central y los países en desarrollo de Europa se encuentran por debajo. Esto tiende a agravarse por la actitud proteccionista que ha asumido el gobierno norteamericano en los últimos meses y la vulnerabilidad de las economías de la región ante la economía global.



A manera de conclusión

Este tiempo ha sido marcado por la pugna de los capitales internacionales en un contexto de economía globalizada. Las naciones y sus gobiernos en la región han sido avasallados por las políticas reformistas de corte neoliberal. Como parte de este contexto, estos gobiernos han transformado su perfil y papel en los diferentes ámbitos, tanto en lo político, como en lo económico y particularmente en su relación con la sociedad. Por ello, han vitalizado y diversificado sus instituciones con el fin de responder a las nuevas condiciones. 

En este periodo, hemos presenciado  diferentes enfrentamientos, como el del Estado vs el Mercado; la disputa del Interés público vs Interés privado; el del desarrollo global de los grandes capitales vs el desarrollo nacional, regional y local. Consideramos que seguirán replicándose en tanto que el mismo sistema capitalista continúe con los mecanismos que permiten su reproducción y acumulación.

Subsiste la fuerte presencia de un sistema federal subordinado y asimétrico; el cual, entre sus expresiones deja ver la construcción del andamiaje institucional mediante reiteradas prácticas de un isomorfismo subordinado. El perfeccionamiento de este marco institucional ha ocurrido en los diferentes espacios de la vida estatal, social y pública. Sin embargo, el cuestionamiento acerca de su operatividad y correcta aplicación nos alertan de la necesidad de continuar el perfeccionamiento de su implementación.

Los reclamos de transparencia, rendición de cuentas y, en general, de apego a la legalidad denuncian que la debilidad y riesgo de la vida democrática del país reside en la configuración de un estamento sociopolítico que se ha colocado por encima de la sociedad y se ha apropiado de los espacios de deliberación y decisión de los grandes proyectos de la nación.

Los retos presentes se asumen en relación con la pugna de las prácticas de la “politiquería” frente a los propósitos de interés público y social de la política. Estos retos se develan en la promoción de un desarrollo global al servicio de los grandes capitales frente al desarrollo que privilegia el ámbito local, regional y nacional, a aquel que pone su atención en los graves problemas que viven la población, sean estos de orden económico, político, social, cultural y ambiental. También se observa en el sentido con el que se ha definido el actual perfil y programa de acción del Estado, retraído y sometido a las prescripciones del mercado, en tanto que, con el fracaso de esta perspectiva, emerge la idea y exigencia de un Estado socialmente necesario, comprometido con el interés público y con el bienestar de la población.

Si consideramos que el cambio social requiere la concurrencia de varios factores para su habilitación, tendríamos que propiciar que estos factores participen de manera decisiva en la consecución de los objetivos sociales, en la solución de los asuntos y problemas públicos, con conciencia ética y compromiso social. Se cuenta con la infraestructura organizacional y el andamiaje institucional, se realizan esfuerzos para profesionalizar y sensibilizar a los diversos actores del gobierno y la sociedad, pero existe el dique que representa la insensibilidad y falta de voluntad para la acción de buena parte de la élite política, en los tres órdenes de gobierno y en los tres poderes del poder estatal.

Esto ha derivado en la desvirtuación de la política, en la procrastinación, en la sine cura, en la improvisación, en la difusión del cinismo, en la deshonestidad, en la corrupción y en la impunidad.

El reto es consolidar una gobernabilidad sustentada en una gobernanza democrática; en el fortalecimiento de un nuevo estilo de gobierno sustentado en políticas públicas dotadas de sus dos componentes básicos: la racionalidad y la publicidad; la gestión gubernamental de proyectos y programas orientados al bienestar de la gente, cuya operación esté marcada por su eficiencia, eficacia, efectividad, transparencia, manejo respetuoso de los recursos involucrados y principalmente la honestidad; el compromiso con las clases populares, mediante programas dirigidos a la generación de empleo, aseguramiento de las condiciones básicas de vida y el combate a la pobreza; el empoderamiento ciudadano y social, de manera que estos estén presentes y cuidadosos de todo acto de gobierno; la definición de una estrategia nacional que permita el equilibrio de las regiones y ciudades en cuanto a posibilidad de progreso, una estrategia fincada en una visión de largo alcance y no en la inmediatez del beneficio fácil y sin cimientos. En resumen, un gobierno comprometido con un desarrollo con rostro humano, con el rostro de todos y cada uno de los integrantes de la población y no el de unos pocos.

 

Referencias bibliográficas:
 
Bárcena, Alicia y Antonio Prado (Coord.). 2016. Horizontes 2030: la igualdad en el centro del desarrollo sostenible. Síntesis. Santiago de Chile: Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL.
Barone, Myriam. 2001. Globalización y Posmodernidad: Encrucijada para las políticas sociales del nuevo milenio. Reunión de Expertos sobre Globalización, Cambio Tecnológico y Equidad de Género. Universidad de Sao Paulo - Núcleo de Estudios de Mulher e Relaçoes Sociais de Género Conselho Nacional dos Direitos de la Mulher. Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer – UNIFEM. Agencia de Cooperación Técnica Alemana – GTZ. Sao Paulo, Brasil, 5 y 6 de noviembre de 2001. Sao Paulo: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
Bauman, Zygmunt. 2013. La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Madrid: Fondo de Cultura Económica.
Caputo, Orlando. 1993. “Economía Mundial, crisis, contradicciones y límites del proceso de globalización”. En Fernando Carmona (compilador), América Latina: Crisis y Globalización, Tomo I. México: Universidad Nacional Autónoma de México.
Casilda, Ramón. 2005. América Latina: Del Consenso de Washington a la Agenda del Desarrollo de Barcelona. Documento de Trabajo (DT) 10/2005. Madrid: Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos.
De Paula León Olea, Francisco. 1995. El despertar Humano. Hacia una teoría unificada del hombre del siglo XXI. México: Miguel Ángel Porrúa Grupo Editorial.
Kliksberg, Bernardo. 1994. El rediseño del Estado para el desarrollo socioeconómico y el cambio. Una Agenda estratégica para la discusión. En Bernardo Kliksberg (compilador), El rediseño del Estado. Una perspectiva internacional. México: Instituto Nacional de Administración Pública, A. C. y Fondo de Cultura Económica.
Meyer J. W. y Brian Rowan. 1999. “Organizaciones institucionalizadas: la estructura formal como mito y ceremonia”. En W. W. Powell y P. J. DiMaggio, El nuevo institucionalismo en el análisis organizacional. Colección Nuevas lecturas de Política y Gobierno. Pp. 79-103. México: Fondo de Cultura Económica.
Ordaz Alvarez, Arturo. 2010. La Gestión Pública Municipal. Estudio sobre las Capacidades Institucionales y Administrativas en el Ayuntamiento de Hermosillo Sonora. 2006-2009. Hermosillo: Universidad de Sonora.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. 2016. Informe sobre Desarrollo Humano México 2016. Desigualdad y movilidad. Cd. de México: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

 

martes, 28 de febrero de 2017

Desarrollo Social y Medio Ambiente


AOA. 2014
 
Hermosillo, Sonora a 28 de Febrero de 2017.

El modelo de Desarrollo

Existe una relación entre el proceso de crecimiento económico y el medio ambiente: en la búsqueda de su sustento y seguridad el hombre ha generado una transformación de la naturaleza con el fin de lograr los satisfactores de sus necesidades particulares como de carácter social, pero, a la vez, esta transformación se manifiesta en diversos niveles de alteraciones naturales a saber: el deterioro, la contaminación, y la destrucción de la capa estratosférica de ozono y el cambio climático global.
 
Pensando en la manera en que el hombre en sociedad define sus formas de producción y reproducción a través de distintos modelos de desarrollo social, podría destacarse que el objetivo del desarrollo es ampliar la gama de posibilidades para la población, considerándose al ingreso como una de esas opciones, junto con otras que perciben el desarrollo humano como desarrollo del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, lo que significa invertir en salud, educación, posibilidades de trabajar productivamente, oportunidades de participación para todos, etc. Sin embargo, cabe resaltar que el actual modelo de desarrollo ha enfatizado la búsqueda de satisfactores en el corto plazo y ha mostrado una despreocupación por los magros resultados económicos y sociales, manifiestos en la desigualdad social y en diversos problemas económicos multiplicados por los efectos de la globalización.
 
AOA 2017
 
Con miras a propiciar un mejor nivel de vida de la población, se vuelve una exigencia de primer orden el revertir los problemas generados por el actual modelo económico: la explosión demográfica, la desintegración de comunidades, la exclusión de las mujeres y la feminización de la pobreza, los desequilibrios del desarrollo entre regiones, la deforestación, la erosión y la desertificación, la pérdida de potencial productivo del suelo y la migración campo-ciudad, la pobreza y la desigualdad. Para ello se plantea que el desarrollo debe considerar no sólo el crecimiento económico, sino observar medidas de protección al ambiente y un trato social más justo a toda la población, consideradas como programas de largo plazo, fincadas en nuevos valores sociales y con la participación activa de la ciudadanía. (SEMARNAP; 1996a: pp. 13-15)
 
 
Relación hombre-naturaleza: fenómeno social
 
La relación del hombre y la naturaleza constituye una interacción recíproca, dialéctica, una relación unitaria que sin alguna de las partes carece de sentido. En la misma, el hombre participa en forma concreta en la medida que se constituye en ente social: en un sistema social involucrado con un medio ambiente específico. De esta relación surge un tercer sistema que se superpone al medio natural: el medio ambiente construido. En el análisis de estas relaciones cobra importancia su apreciación en las dimensiones espacial y temporal. Además de poner atención a las regulaciones de ambos sistemas: la sociedad es regulada por su forma de organización, su sistema económico y su universo valórico, mientras que la realidad natural es regulada por la dinámica de los fenómenos naturales. Entre ambos sistemas existe un mediador, la tecnología, la cual provoca que la interrelación se vuelva más intrincada e interdependiente.
 
 
AOA 2017
 
Si se reflexiona en este sentido, conviene, entonces, detenerse a repensar la noción de desarrollo que ha ido construyendo la civilización, e incorporar en este término, relativamente nuevo, las consideraciones sobre el medio ambiente, el contexto espacial y las proyecciones hacia el futuro.
 
El mundo actual está fuertemente marcado por el desarrollo industrial propio de la civilización capitalista; la revolución industrial, fundada en la tecnología de conversores de energía inanimada, activó algunas de las sociedades capitalistas más avanzadas, para conformarlas en una nueva formación sociocultural, la imperialista industrial; de las tensiones de la revolución industrial surgieron dos formaciones socioculturales, el socialismo revolucionario y el socialismo evolutivo. (Ribeiro; 1976: p. 163) En la actualidad se vive la revolución termonuclear, tendiente a cristalizar en una nueva civilización de la humanidad, extendida por todo el mundo, movida por la misma tecnología básica, ordenada según las mismas líneas estructurales, y motivada por los mismos valores.
 
Esta revolución representa un cambio radical en las relaciones de la ciencia con la técnica y la producción que impacta económica, social, política y culturalmente al conjunto de las actividades humanas. El conocimiento en que se basa está constituido por las nuevas tecnologías, la informática, la biotecnología, las telecomunicaciones, las nuevas fuentes y tecnologías energéticas y los nuevos materiales. (Corona; 1991: p. 18)
 
AOA. 2017

La dimensión ecológica
 
El ecosistema puede ser definido como un sistema total que incluye no sólo los complejos orgánicos, sino también al complejo total de factores que constituyen el medio ambiente, es la unidad básica de estudio de la ecología. Dentro de sus características más importantes se encuentran: el ser un sistema abierto; estar formados por elementos bióticos (plantas, animales, el hombre) y abióticos o fisicoquímicos; poseer componentes que interaccionan estableciendo mecanismos de retroalimentación; presentar interacciones que establecen redes tróficas e informacionales (cadena alimentaria y ciclo de materia); están estructurados jerárquicamente; cambian en el tiempo, no evolucionan. (Rojas Canales; s/f: pp. 3-4)
 
Los ecosistemas son la base natural de la producción, es el espacio físico donde el hombre asienta sus actividades, reproduce su comunidad y desarrolla sus potencialidades, por ello la vida del hombre y la del planeta depende del equilibrio de los ecosistemas terrestres, de los marinos y de las primeras capas de la atmósfera. Las transformaciones que el desarrollo social ha generado en la naturaleza, como se dijo, se han orientado a la generación de los satisfactores de las necesidades de la misma sociedad, y a la vez ha derivado en cambios de carácter irreversible y en problemas que se han venido conformando en preocupaciones de carácter internacional. 

AOA. 2014

Preocupa el futuro incierto del planeta por los problemas ambientales que lo afectan: los cambios ambientales derivados de la contaminación; el efecto invernadero que provoca el aumento de la temperatura debido al exceso de contaminantes ambientales; la disipación de la capa de ozono por la contaminación y que provoca la filtración de las radiaciones solares ultravioleta; la deforestación exagerada cuyas consecuencias se observan en la pérdida de los hábitats de la biodiversidad, el incremento de la erosión de los suelos y el azolvamiento y desecación de cuerpos de agua, la disminución de recursos potenciales para las comunidades rurales y de productos industriales, así como los cambios en los climas; la desaparición de hábitats, su fragmentación, la sobreexplotación de los recursos y la contaminación que ponen en peligro de extinción a numerosas especies y ha eliminado a buen número de ellas, debido todo esto a la transformación, alteración o destrucción de los ecosistemas naturales; y, finalmente, los problemas derivados de la expansión de la población, los procesos de migración y de urbanización.
 
 
La dimensión social
 
Y sin embargo, todos estos problemas son de fuerte connotación social; son generados por el comportamiento irracional del hombre y sus consecuencias afectan su propia vida. Son problemas del planeta en términos de la economía, la demografía, el desarrollo y la ecología.
 
Entre los primeros se encuentra el desorden económico mundial derivado de las crisis y desordenes de los mercados, y en donde factores como la competencia y la tecnología han provocado transformaciones que afectan la distribución del ingreso, la conformación del mercado en monopolios, el crecimiento económico desordenado y la degradación del medio ambiente; otro problema se refiere al desorden demográfico mundial, derivado del progreso exponencial suscitado en materia de crecimiento poblacional; también se observa la crisis ecológica, provocada por las grandes catástrofes locales, las contaminaciones provocadas en los países industrializados, y los problemas globales derivados de la afectación de la capa de ozono; finalmente, se hace referencia a la crisis de desarrollo, que topa con el problema cultural/civilizacional y con el problema ecológico. (Morin y Kern; 1993: pp. 71-83)
 
Si se toma el estudio del desarrollo, la desigualdad y el medio ambiente bajo una perspectiva integral, lejos de ideologizar la visión ecológica y la participación democrática en el desarrollo, se precisa proponer políticas que realmente fomenten un crecimiento sano y sostenido, estimulando la inversión generadora de empleos, el uso de tecnologías adecuadas para el fomento de la competitividad y el cuidado del medio ambiente. De esta manera, tales políticas deben comprender el interjuego del mercado y el Estado: el primero como asignador de recursos, y el segundo como regulador fundamental de la vida social.
 
AOA. 2014

Un planteamiento desde esta perspectiva implica reflexionar sobre lo que se denomina el “talante ético”, sobre el comportamiento moral del hombre. Las concepciones que el hombre se hace sobre el bien y el mal, no deben quedarse sólo en la individualidad, sino recibir un trato colectivo, sin la exclusión de ningún estrato social, clase o grupo. En tal sentido, la democracia como forma de vida requiere de consensos básicos forjados mediante la existencia de un mínimo de valores, normas y actitudes comunes, y a través de los vínculos individuales libremente elegidos, que suponen ayuda y protección entre los hombres.
 
En extenso, se puede señalar que la clave del futuro conlleva una responsabilidad planetaria, para con el ámbito común, el medio ambiente y el mundo futuro. Para ello hay que pensar y actuar en función del hombre, en aras de una sociedad humana y un ecosistema intacto. La ética, en este sentido, se asume como un asunto público, que trasciende fronteras y que convierte el talante ético en uno de tipo mundial.
 
 
La noción del desarrollo sustentable
 
Partiendo de un breve análisis sobre los magros resultados económicos y sociales del actual modelo de desarrollo y su impacto en el ambiente, se puede pensar la idea del desarrollo sustentable como un modelo alternativo.
 
Dentro del debate del desarrollo y subdesarrollo, durante la década de los setenta, se ponderaba el crecimiento demográfico como problema nodal de los países en desarrollo, lo cual se asociaba con los grandes problemas de estos países: el subdesarrollo y la pobreza. Luego se agregó el problema de la degradación del ambiente como parte de tal problemática. A partir de 1972 creció la convicción de que la crisis ambiental del mundo estaba basada en la desigualdad económica, generadora del gran desperdicio de recursos, con su consiguiente contaminación en los países desarrollados, mientras que en los países en desarrollo ha generado pobreza y sobreexplotación de los recursos naturales.
 
Alternativamente al concepto tradicional del desarrollo surge el de ecodesarrollo, ideado por Maurice Strong, en el que se incorpora la idea de que el desarrollo económico y el medio ambiente son dimensiones que deben contemplarse en un mismo análisis; agrega nuevas dimensiones: el crecimiento económico, la equidad, la calidad de vida, el manejo del medio ambiente. En 1987, a través del Informe Bruntland, se internacionalizó esta concepción bajo el término de Desarrollo Sustentable, sustentado bajo tres principios orientadores: priorización del ser humano, el crecimiento económico y la protección ambiental como imperativos sociales, consideración del desarrollo regional y de las propias prioridades ambientales, la visión del desarrollo como una cuestión de equidad. (SEMARNAP; 1996b: pp. 24-27)

AOA. 2017

El concepto de Desarrollo Sustentable, en su formulación inicial, según la Comisión Mundial del Medio Ambiente y el Desarrollo, se plantea como “el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.” Bajo esta perspectiva se enfatizan los aspectos cualitativos inherentes al crecimiento económico, principalmente los relacionados con la equidad, el uso de los recursos y la generación de desechos y contaminantes. En tal sentido se considera un imperativo el cambio del patrón de consumo de los países desarrollados, bajo un esquema de ponderación de los costos y beneficios sociales y ambientales.
 
Sin menospreciar la importancia que tiene el factor poblacional, se patentiza que un aumento del consumo, esencial al progreso y al desarrollo es inherentemente incompatible con el desarrollo sustentable, en la medida que el ambiente global queda bajo amenaza al frenar o reducir el bienestar de la población proveniente de tal progreso. Pero esto no implica subordinarse al progreso consumista, sino reflexionar sobre él y los males que con él vienen, tratando de complementar mecanismos que hagan efectivo un bienestar tanto económico como ambiental. Ello implica asumir una conciencia ecológica.
 
 
Las políticas de gobierno y la acción social
 
La dimensión ambiental se convirtió en materia clave dentro de la planeación desde la década de los ochenta. (Provencio; 1995: p. 66) Por ello, el trabajo en dicha materia se está construyendo, quedando por precisar los mecanismos de evaluación cuantitativa y cualitativa referidos al deterioro ambiental y al avance en cuanto al aprovechamiento sustentable de los recursos naturales. Hay que advertir lo complicado que estas tareas resultan al momento de tratar de consolidar un arreglo institucional para la gestión de los recursos naturales; destaca, en este sentido, el avance logrado al incluir, desde mediados de los noventa, en los Planes de Desarrollo del país la intención de imprimir al desarrollo nacional el carácter de sustentable.
 
Se reconoce que las formulaciones sobre el desarrollo sustentable en los últimos años han sido motivo de abuso discursivo, generalización y manejo oportunista; con el fin de darle un efectivo sentido habría que dejar de concebirla como una política ambiental en sentido estricto, para cambiar a la concepción de un proceso que propicie reformas en la definición de las estrategias, en el marco regulatorio, en la adopción de instrumentos económicos que conciban la racionalidad económica al parejo de la racionalidad ambiental, en la generación de información que permita eliminar los sesgos antiambientalistas y, en la estructuración de un sistema eficaz de ordenamiento del uso productivo del territorio. Esto lleva a revisar los enfoques y prioridades de la política ambiental, repensar la centralidad de los procesos de desenvolvimiento humano, y reconocer las fronteras temporales y espaciales de las políticas.
 
Por lo anterior, se plantea la necesidad de que el Estado asuma su responsabilidad y represente el interés público: expresar efectivamente el interés público por la conservación frente a otros intereses legítimos, compensándolos de manera justa y eficiente. Una segunda prioridad para una política ambiental eficaz y eficiente es la consideración de instrumentos o mecanismos económicos, que modifiquen de raíz los factores causales del deterioro ambiental, internalizando los costos ambientales, superando las fallas de asignación de recursos del mercado, pero a la vez, promoviendo el crecimiento económico; entre estos mecanismos se propone un manejo adecuado de subsidios, impuestos y mercado de derechos de uso de recursos, además, de una descentralización efectiva de las decisiones, y un comportamiento eficiente de los agentes económicos, fomento a la innovación tecnológica, no comprometer a los recursos públicos, y promover la congruencia entre objetivos económicos, ambientales y sociales, entre otros.
 
AOA.2017
 
En relación con esto, es pertinente reconocer disposiciones de gobierno que en nuestro país han derivado en pasos importantes en materia de desarrollo y medio ambiente; así, en su momento, fue relevante la creación de la Secretaría del Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (SEMARNAP) en 1994, encargada de desarrollar las principales características del apartado de Política Ambiental en nuestro país. Desde fines del año 2000, la encargada de los asuntos relacionados a la protección, conservación y aprovechamiento de los recursos naturales del país y de diseñar e impulsar la política ambiental nacional para desarrollo sustentable es la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT).

Se plantea una nueva relación entre el gobierno y la sociedad en la que la inclusión es primordial para ofrecer oportunidades a toda la población para que, mediante una mejor preparación, se facilite su crecimiento como personas y adquieran la capacitación y el adiestramiento necesarios para aprovechar las oportunidades del desarrollo. La sustentabilidad se estima como una preocupación por la protección de la naturaleza, el aprovechamiento racional de la excepcional biodiversidad del país y promover un desarrollo limpio, preservador del medio ambiente y reconstructor de los sistemas ecológicos, buscando la armonía de los seres humanos consigo mismos y con la naturaleza.

Por otra parte, se considera que el mundo globalizado plantea a nuestro país la exigencia de contar con un sector productivo más competitivo y sólido para afrontar las exigencias que este entorno presenta. La nueva economía, las profundas transformaciones en el comercio y los flujos financieros internacionales han traído cambios fundamentales en la estructura de los mercados y en las formas de competencia que transforman el entorno económico en el mundo y en México, lo cual impone nuevos retos que deben enfrentarse para lograr un desarrollo exitoso. En este contexto de búsqueda de competitividad, se plantea reducir la brecha entre los que tienen acceso a las nuevas tecnologías de información y de producción, y los que se han ido quedando cada vez más lejos del acceso a estas herramientas para el desarrollo.
 
El concepto de desarrollo que se propone considera las características regionales del país; en un país de fuertes contrastes, se propone el desarrollo de políticas claras de desarrollo regional y el fortalecimiento del federalismo para responder a la demanda social por una distribución más equitativa de oportunidades entre regiones, mediante la distribución adecuada de atribuciones y recursos entre los órdenes de gobierno para mejorar la competitividad y cobertura de los servicios públicos.
 
De esta manera se considera que el desarrollo social y humano debe promoverse a partir de diversos Ejes de Política Pública, refiriéndose estos a:

§   Los niveles de bienestar de los mexicanos, tratando de evitar que existan grupos de la población mexicana cuyas condiciones de vida, oportunidades de superación personal y de participación social se encuentren por debajo de ciertos umbrales.

§   La equidad en los programas y la igualdad en las oportunidades, impulsando políticas y acciones que tomen en cuenta las distintas necesidades, posibilidades y capacidades de los ciudadanos.

§   Capacidad e iniciativa, que implica una actitud emprendedora e independiente de los ciudadanos y una educación de vanguardia, impulsar proyectos que mejoren la preparación, escolaridad y conocimientos de la población, el desarrollo de sus habilidades y destrezas, fomentar la innovación y el avance científico y tecnológico, apoyar la difusión cultural, y asegurar el manejo efectivo de la información.

§    La cohesión social, mediante acciones para aumentar la solidaridad de todos los mexicanos entre sí y con el llamado bien común; acrecentar el compromiso con la nación, vía políticas y proyectos incluyentes; disminuir la presencia del Estado en los aspectos y áreas en los que las organizaciones no gubernamentales pueden tener una contribución efectiva; propiciar la integración social; reivindicar el respeto a los derechos reconocidos y a los que emergen y que se manifiestan de manera diversa, buscando un desarrollo regional equilibrado y acorde con el federalismo.

§   Identidad entre bienestar y medio ambiente, buscando construir una cultura de evaluación de prácticas productivas y de resultados de programas sociales basada en el criterio de que el deterioro de la naturaleza es un efecto inaceptable; fomentar un mayor conocimiento sobre el deterioro del medio ambiente; y desarrollar una concepción de desarrollo en armonía con la naturaleza.

§   Confianza en la capacidad del gobierno y en las instituciones del país, con el objeto de diseñar estrategias de respuesta eficaz ante situaciones no previstas de orden natural y social, ampliar la capacidad de respuesta del Estado, crear condiciones institucionales que permitan anticipar riesgos y establecer esquemas de coordinación de las organizaciones sociales que refuercen su sentido de compromiso en la continuidad de los programas sociales.
  
AOA. 2014
 
Conclusión
 
Estos aspectos reclaman nuevas formas de vinculación entre Estado y sociedad; como entes interrelacionados en forma permanente, deben ser concebidos y actuar como sistemas abiertos, que afectan y son afectados por otros sistemas. Esto mismo se aplica a la relación de ambos con la naturaleza, un macrosistema que es afectado por los interjuegos sociales y de política gubernamental, pero que a la vez es imprescindible para la vida de la humanidad.
 
La participación ciudadana en el diseño, ejecución y evaluación de las políticas ambientales promovidas por el Estado resulta un imperativo, en la medida que los problemas que enfrentan las sociedades modernas son de carácter público, es decir, de interés comunal, que incluso rebasan las fronteras nacionales, convirtiéndolos en problemas de “aldea global”. El desarrollo social y la preservación del medio ambiente requieren de ese compromiso común, de una ética pública con sustento ecológico y un fuerte componente de justicia social.
 
 
Bibliografía
 
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Provencio, Enrique (1995). Desarrollo sustentable e instituciones públicas. Gaceta Ecológica, Nº 37, Instituto Nacional de Ecología.
Ribeiro, Darcy (1976). El Proceso Civilizatorio. México: Extemporáneos.
Rojas Canales, María del Carmen (s/f). Dimensiones y niveles analíticos: la dimensión ecológica (Materiales de Lectura del Curso Desarrollo Sustentable). México: PUMA/UNAM.
SEMARNAP (1996a).  El modelo de Desarrollo. México: Cuadernos/SEMARNAP.
SEMARNAP (1996b). Prever el futuro: el Desarrollo Sustentable, en El desarrollo sustentable. Una alternativa de política institucional. México: Cuadernos/SEMARNAP.