Hermosillo, Sonora a 5 de septiembre de 2026.
Ensayo
sobre la Administración Pública de México, y medios de mejorarla
Luis de la Rosa
Publicado en la
obra de José Chanes Nieto, La Administración Pública en México.
Nuestros Clásicos. La Obra de Luis de la Rosa. Instituto de
Administración Pública del Estado de México, A. C. México, 2000 (1853)
Ensayo
sobre la Administración Pública de México, y Medios de Mejorarla
Yo escribí esta
obra, y aun comencé á imprimirla en circunstancias en que todavía se podía
esperar que la paz y el orden se conservarían por mucho tiempo, y que este
tiempo precioso se emplearía en hacer mejoras materiales, en fomentar la
instrucción pública y en morigerar todas las clases de la sociedad por medio de
una buena administración. Todo hacía creer que la nación, cansada ya de
disensiones y discordias, iba á disfrutar los inmensos beneficios de una
civilización siempre creciente. El espíritu de empresa comenzaba á reanimarse;
no se hablaba ya sino de caminos y telégrafos, de navegación por medio del
vapor, de exposiciones industriales, de fundación de hospicios y
penitenciarias, de mejoras en todos los establecimientos de instrucción
pública, de construcción de nuevos teatros, dentro y fuera de la capital, de
introducción al país de nuevas máquinas, de instrumentos agrarios ó
industriales; y, en fin, las artes de la paz comenzaban á florecer, y hacían
esperar al país un porvenir muy lisonjero. Pero todas las previsiones han
fallado, todas las esperanzas se han desvanecido, y sobre los escombros de las
instituciones ya destruidas, irán cayendo una por una esas obras de utilidad
pública, esas mejoras administrativas que se habían realizado ya, ó que se iban
planteando cada día...
Y
en estas circunstancias, ¿Podrá ser de utilidad una obra sobre la
administración pública? ¿Habrá personas dotadas de bastante calma y serenidad
para leer un escrito sobre la administración pública en el que no se puede
hablar sino de mejoras y adelantos, de civilización y de progreso?
Confieso
que, al meditar sobre esto, he dudado si debería continuar la impresión de esta
obra, y poseído de desaliento mi corazón, más de una vez he dejado la pluma, y
he puesto á un lado mis manuscritos, considerándolos extemporáneos ó
inoportunos en la época desgraciada en que vivimos. Pero después he
reflexionado, que no pudiendo existir ninguna sociedad política sin una regular
administración, todo lo que es relativo á ella debe tener un grande interés
para todas las clases del Estado, sean cuales fueren las instituciones
políticas, y aun cuando no haya en el país más institución que un poder
absoluto, ni otras leyes que la voluntad del hombre que ejerza aquel poder.
Esta consideración me ha reanimado, y resuelto á continuar la impresión de mi
obra, voy á dar una idea sucinta de ella, exponiendo cuál es su objeto, y la
distribución de materias que en ella he examinado.
Estoy
lejos de creer que la administración pública de México haya empeorado después
de consumada la independencia; y este error, sostenido sólo por espíritu de
sistema, es uno de los que me propongo combatir. Pero sí creo que hemos
cometido grandes errores en materias de administración; ó por mejor decir, que
nos hemos obstinado en conservar y sostener muchos errores administrativos del
gobierno colonial. También es un hecho que nuestras interminables disensiones
políticas han puesto al país y á su gobierno en la imposibilidad de formar y
realizar un sistema completo de administración. Las cuestiones políticas todo
lo han invadido, todo lo han envenenado; los mejores talentos de nuestro país
se han ocupado del examen y discusión de esas cuestiones que irritan el
espíritu y extravían las más nobles pasiones. Los gobiernos no han podido
pensar sino en sostener á toda costa su efímera autoridad, y el tesoro se ha
consumido estérilmente en pagar con dificultad los intereses de una deuda, que
una buena administración amortizaría tan fácilmente, y en sostener un ejército
excesivamente numeroso, excesivamente costoso para nuestro país. Muy poco,
pues, ha podido hacerse en clase de mejoras administrativas, desde que se
consumó la independencia nacional hasta nuestros días; y, sin embargo, cuando
se compara el estado actual de nuestra administración con lo que era bajo el sistema
colonial, se necesita mucha ceguedad para no ver nuestras mejoras y progresos.
Este es también un hecho que creo quedará demostrado en este escrito.
Él
tiene por objeto establecer los verdaderos principios de una buena
administración, exponer las opiniones más fundadas sobre materias
administrativas, que aún no están bien dilucidadas; reasumir, en fin, las
doctrinas de los escritores más eminentes que en nuestra época han comenzado á
formar con sus escritos una nueva ciencia, la ciencia de la administración.
Pero no he considerado en este Ensayo la administración como una pura teoría,
sino como una ciencia que tiene una aplicación práctica al estado de cada país.
Al tratar sobre cada materia, asiento los principios que creo más seguros, y
hago luego su aplicación á la situación actual de México.
El
S. D. Teodosio Lares ha publicado recientemente una obra bajo el título
de: Lecciones de derecho administrativo. Entre esta obra y el
Ensayo que yo voy á publicar, hay esta diferencia: la obra del Sr. Lares
examina las materias legales relativas á la administración: yo me propongo
examinar la teoría de la administración pública en su aplicación á la moral y á
la economía. La obra del Sr. Lares será consultada principalmente por los
jurisconsultos, por los tribunales y por todos los que se ocupan en cuestiones
jurídicas de administración. Mi Ensayo podrá ser consultado con algún provecho
por los funcionarios y agentes de la administración pública, siempre que se
trate de reformas é innovaciones, de mejoras y adelantos en materias prácticas
de administración. Sin embargo, de estas diferencias entre uno y otro escrito,
yo he encontrado en las Lecciones de derecho administrativo del
Sr. Lares, excelentes doctrinas, de que me he aprovechado al escribir el Ensayo
que voy á publicar.
Cuando
comencé á escribir esta obra, pensaba presentarla como un programa, según el
que me proponía dirigir la administración pública de Zacatecas, si llegaba á
tomar posesión del gobierno de aquel Estado; por eso en algúnas páginas hablo
de este escrito como de un programa administrativo, aplicable
principalmente al Estado de Zacatecas. Habiendo cambiado completamente las
circunstancias políticas del país, he dado, por decirlo así, más vuelo y
amplitud á mis ideas, examinando en esta obra, no los intereses particulares de
un solo Estado, sino los intereses generales de toda la nación.
He
dividido este Ensayo en ocho grandes secciones, que he subdividido en
parágrafos. La 1ra. sección contiene ideas generales sobre la
administración pública, sobre su importancia para el bienestar de las
sociedades, sobre la diferencia que debe establecerse entre el gobierno y lo
que propiamente se llama la administración.
La
sección 2da. trata de la administración general de la república, y
como correspondientes á ella se examinan las materias siguientes: Enajenación
de tierras públicas, colonización y emigración extranjera.- División
territorial de la república; espíritu de escisión y de desmembración que
predomina en nuestro país; dificultades que hay que vencer y consideraciones
que deben tenerse presentes para hacer una división territorial, la más
conveniente al interés general de la república.- Censo y población de México.
Dificultades que se presentan para la formación del censo; consideraciones
sobre las causas que impiden el rápido aumento de la población de México.- Del
catastro general del país, y medios de formarlo; intereses que se oponen á la
formación del catastro ó apreciación general de todos los ramos de riqueza.-
Medios que el gobierno nacional puede adoptar para fomentar eficazmente la
agricultura, las artes y la industria, y para conciliar los intereses de estos
diversos ramos de riqueza.- Del comercio y la navegación; medios de mejorar los
caminos generales de la república; empresas de caminos de fierro, puentes y
calzadas, telégrafos, correos, líneas de diligencias; carestía de los carruajes
en México; navegación fluvial y marítima; arsenales y astilleros; medios de
fomentar la navegación en México. Faros; lanchas de salvamento. Escuela de marina.-
Necesidad de uniformar en la república los pesos y medidas; arreglo de todo lo
relativo al ensaye, apartado y amonedación; graves inconvenientes que resultan
de poner en arrendamiento estos ramos importantes de la administración.-
Necesidad de una ley general sobre quiebras y bancarrotas; inutilidad de los
tribunales mercantiles.- Establecimientos generales de educación y de
enseñanza, sostenidos por cuenta del erario federal. Necesidad de fomentar y
proteger la literatura, las bellas artes y las ciencias.- Comercio de la
república con las tribus salvajes; idea general de estas tribus; su barbarie,
su carácter, índole y costumbres, sus invasiones desastrosas en las fronteras
de la república. Antiguas prisiones y presidios, colonias militares; nuevas
poblaciones que conviene fundar en la frontera.- Temores fundados de una guerra
de castas; necesidad de civilizar á la raza indígena de México; medios
adaptables para acelerar su civilización.- Necesidad de establecer un
ministerio del interior, encargado de todo lo relativo á la administración
general de la república.- De la centralización administrativa; sus ventajas y
sus inconvenientes.
La
sección 3ra. trata de la administración interior de los estados; de
los caminos pertenecientes á cada estado, y medios de mejorarlos; del fomento
que cada Estado debe dar á la minería, á la agricultura y á la industria y el
comercio.- De los establecimientos de instrucción secundaria.- Del
establecimiento de penitenciarías y casas correccionales; de hospicios, hospitales
y otras instituciones de caridad y beneficencia; de la policía de seguridad
pública.- De la fundación de nuevas poblaciones en los estados.
La
sección 4ta. trata exclusivamente de la administración particular del
Distrito Federal y territorios de la república.
En
la sección 5ta. se trata de la administración municipal, y
como ramos pertenecientes á esta administración, se examinan las materias
siguientes: Necesidad de abolir en todas sus partes el sistema de abastos,
establecido bajo el Gobierno colonial. De los mercados, alhóndigas y casas de
matanza.- De los ;acueductos y fuentes públicas.- De los hospitales,
cementerios, baños y lavaderos públicos; de la vacuna y su propagación.- De las
cárceles y casas de corrección; de policía municipal.- De la instrucción
primaria y escuelas de primeras letras.- De la policía de ornato y recreo.-
Necesidad de conceder á las municipalidades toda la posible independencia en el
ejercicio de la autoridad municipal, y asegurarles fondos recursos suficientes
para mejorar en todos sus ramos la administración local.- Organización de los
ayuntamientos. Necesidad de separar á estas corporaciones de da intervención en
negocios políticos.
La
sección 6ta. trata de la Estadística considerada como base de
una buena administración. En esta sección expongo los principios
fundamentales é invariables de la estadística, tomados de las ciencias físicas
y de las ciencias naturales.
En
la sección 7ma. se examina lo relativo á la organización del ejército,
de la marina de la guardia nacional, y al sistema de defensa
militar en toda la república.
La
sección 8va. y última trata de la moral pública, y del
catolicismo en sus relaciones con la administración.
Por
apéndice á este Ensayo, se publicarán varios manuscritos inéditos y curiosos
sobre la administración pública bajo el gobierno colonial.
La
obra contendrá como cuatrocientas páginas en un volúmen en 4º. Se publicará por
entregas de 40 páginas cada una, cubierta con forro de papel de color, é irá
jornada con una litografía que representa una hermosa vista interior de la
penitenciaría de Filadelfia. La primera entrega está ya impresa. Al recibir
cada la entrega los suscritores, pagarán el importe de ella. Toda la obra se
publicará en 10 entregas.
Por
ahora sólo se reciben suscripciones á esta obra en la alacena de D. Antonio
de la Torre, esquina de los portales de Mercaderes y Agustinos.
I.
Ideas Generales
sobre la Administración Pública
1. Un gobierno
tiene por principal objeto defender y conservar la nacionalidad é independencia
del país, mantener inviolables sus instituciones políticas y proteger al pueblo
en el goce de sus derechos, si la constitución es popular, ó sostener las
prerogativas ó inmunidades de las clases privilegiadas, si el gobierno es una
aristocracia. La administración pública tiene por único objeto satisfacer las
necesidades más imperiosas y exigentes de toda sociedad; la seguridad personal
y de las propiedades, y el decoro y honor de las familias: la salubridad é
higiene pública, la abundancia de recursos necesarios para la subsistencia, la
moralídad y buenas costumbres, la instrucción pública; el socorro de las
miserias y calamidades á que están sujetas las clases más menesterosas de la
sociedad; y si es posible, el goce de todos los beneficios, de todas las
comodidades y ventajas que proporciona al hombre la civilización; tales son los
grandiosos é importantísimos objetos de la administración, y para llenarlos
cumplidamente se necesita un vasto conocimiento de los recursos y necesidades
de un país, de su clima y producciones naturales, de la naturaleza y
configuración de sus terrenos, de su mayor ó menor población, de los usos,
costumbres y carácter de las diferentes clases de la sociedad, y del estado de
rudeza ó de cultura y civilización en que se encuentran. Una acertada
administración, para cumplir los benéficos objetos con que ha sido establecida,
necesita desarrollar todos los gérmenes de prosperidad de un país, poner á la sociedad
en un estado de animación, de vida y de progreso, hacer multitud de obras y
crear multitud de instituciones, sin las que las sociedades viven durante
siglos en un estado de rusticidad, sometidas hasta cierto punto á las
necesidades y privaciones de la vida salvaje. Son necesarias cárceles,
presidios ó penitenciarías, casas de corrección y una buena policía para dar
garantías á la vida de los hombres, á sus propiedades y al honor de sus
familias. Es necesario fomentar la agricultura, proteger la industria
manufacturera, abrir caminos, expeditar los medíos de comunicación y de
transporte, facilitar el comercio y librarlo de toda especie de trabas y de
inútiles restricciones, para que todo esto dé por resultado la abundancia de
todas las cosas indispensables para la vida. Son necesarios hospicios y otras
casas de caridad para acoger en ellas á la indigencia desvalida, para inspirar
allí mismo á los indigentes amor al trabajo y hábitos de sobriedad y economía.
Son necesarios hospitales, lazaretos ó enfermerías y otras benéficas
instituciones, dirigidas todas con inteligencia, para hacer que el país esté
constantemente en un buen estado sanitario, ó que se remedien, se reparen ó
disminuyan hasta donde sea posible los estragos de las pestes ó epidemias. Son necesarias
escuelas, colegios y academias para instruir á la juventud y á la niñez de uno
y otro sexo; para darles, á más de los conocimientos que ilustran su razón, la
enseñanza moral que rectifica el corazón y la enseñanza religiosa que realza el
carácter del hombre, elevando su alma sobre las miserias y pequeñeces de la
tierra. Son necesarios una buena policía y un buen sistema correccional para
reprimir los vicios y poner un freno á la inmoralidad para conservar las buenas
costumbres, ó restablecerlas cuando se han relajado, y sobre todo, para
reprimir el funesto ejemplo que da á la sociedad el vicio escandaloso, el vicio
que corrompe y que insulta en cierto modo, haciendo ostentación de su impunidad
y sus excesos. A más de esto, si una sociedad quiere salir de su rusticidad y
rudeza primitiva, quiere desembarazarse de todos los usos, instintos y
costumbres de la vida salvaje, es necesario crear establecimientos, construir
obras y monumentos públicos, que dén elevación al carácter y al espíritu del
hombre, que le inspiren ideas de belleza y de buen gusto, que introduzcan la
urbanidad y la benevolencia en todos los usos y costumbres de la vida; es
preciso, en fin, que la administración fomente ó promueva por lo menos todo lo
que puede contribuir al ornato y embellecimiento de un país, así en el campo
como en el interior de las poblaciones.
Conociendo,
pues, cuanta es la importancia de una buena administración, no parecerá extraño
decir que una sociedad puede subsistir como nación durante siglos, y aun hacerse
respetar en lo exterior por medio de alianzas ó convenciones diplomáticas,
viviendo, no obstante, bajo un gobierno mal organizado y bajo instituciones
políticas poco convenientes á la dignidad ó á la libertad del hombre; pero bajo
una mala administración, bajo una administración torpe y negligente,
desacertada en sus disposiciones ó corruptora por su inmoralidad, los estados
decaen de su prosperidad, retrogradan en civilización, e inevitablemente
vuelven á la barbarie primitiva de las sociedades, aun cuando sus instituciones
políticas se consideren como las más libres y perfectas. Bajo una mala
administración se agotan y esterilizan todos los manantiales de la prosperidad
y de la riqueza; tal vez con un clima benigno y en un suelo fértil y fecundo el
pueblo está menesteroso y las clases más numerosas de la sociedad plagadas de
miseria; los campos están incultos y la tierra árida, desnuda de árboles y
privada de los adornos de la vegetación; comarcas enteras están desiertas, y no
se ve en ellas sino una que otra choza de un campesino, y una que otra cabaña
de pastores; todo en fin está como esterilizado, todo es improductivo; la
agricultura descuidada, ó torpemente dirigido el cultivo de las tierras; la
industria está lánguida ó por falta de inteligencia, ó por falta de consumo, ó
por la escasez y carestía de las primeras materias, el comercio está
entorpecido por un mal sistema tributario, ó por falta de caminos y medios de
conducción, ó por trabas y restricciones mezquinas y por vejaciones odiosas, en
cuya invención son tan fecundas las malas administraciones. En medio de este
atraso general, la carestía de víveres, las hambres, vienen con frecuencia á
diezmar la indigente sociedad: los mendigos pululan por todas partes, como
plagas que aparecen á devorar el fruto que ha cosechado con fatiga el hombre
laborioso; y como no hay establecimientos de caridad en que recoger á los
indigentes y dedicarlos á algún trabajo productivo, la mendicidad se hace un
oficio, un arbitrio, una especulación, y los mendigos agotan los escasos
recursos de la sociedad y la inficionan con sus vicios, con su inmoralidad, con
su suciedad repugnante y con el espectáculo de su impúdica desnudez. A los
estragos de la hambre siguen inevitablemente las pestes desastrosas, y como
nada hay preparado para esta nueva calamidad, como ni hay hospitales, ni
enfermerías, ni recursos acopiados en tiempo para socorrer á la muchedumbre
enferma y desvalida, las pestes se ceban primero en las clases más indigentes,
y después el contagio alcanza aun á las clases opulentas, como si Dios quisiera
castigarlas ó por su falta de caridad, ó por su falta de prudencia, y por su
imprevisión en el modo de ejercer la beneficencia. En medio de esta común
desolación de la sociedad, todo lo que constituye la civilización se desatiende
ó se abandona enteramente, y los vicios mismos se ejercen entonces con
impunidad y con franqueza: ¿quién piensa entonces en las artes y en las
ciencias?, ¿quién en la educación y enseñanza moral y religiosa de los presos?,
¿quién en fundar ó sostener escuelas para la instrucción y educación de la
niñez?, ¿quién en adornar y embellecer las poblaciones, en construir monumentos
ú obras de ornato y de buen gusto?, ¿quién en la gloria de su patria y en el
porvenir que se le aguarda? Cuando las miserias son generales, cuando afligen y
ponen en estado de duelo aun á las clases más opulentas de la sociedad, cuando
las quiebras y bancarrotas de algunos poderosos arruinan á millares de
familias, cuando la usura, semejante al buitre, devora hasta las entrañas de
sus víctimas, los hombres se concentran en sí mismos y aislándose de los demás,
creen hacerse superiores á la común adversidad, reduciéndose al abandono y á la
indolencia. Entonces los extranjeros mismos no van á aquel país desventurado
sino para hacer granjería de las necesidades de los pueblos y especular con la
miseria y todavía... ¡Dichoso entonces aquel país, si á lo menos no pierde su
fé en la Providencia, y aquella esperanza con que la religión consuela
siempre las cuitas y miserias de los hombres! Tales son y serán constantemente
las consecuencias inevitables de una mala administración.
2.
¡Y cuán difícil es por otra parte establecer una administración adecuada á las
necesidades y á los intereses de los pueblos! Un mal gobierno puede sostenerse
mucho tiempo por sólo la fuerza y el terror, por sólo los hábitos de obediencia
ciega que el pueblo haya contraído, por sólo el temor de los pueblos á las
consecuencias desastrosas de las convulsiones políticas. Pero una buena
administración no puede fundarse en la fuerza, porque ninguna medida grandiosa
de administración puede ejecutarse sin la espontánea é ilustrada cooperación de
todas las clases del Estado. El gobierno manda y se hace obedecer; la
administración más bien que mandar dirige á la sociedad, y la conduce á su
engrandecimiento y prosperidad por la persuasión y el convencimiento. Una buena
administración se apoya principalmente en la discusión franca é ilustrada, pero
pacífica y decorosa, de todo lo que concierne á los grandes intereses de la
sociedad; se apoya en la instrucción y en la inteligencia, en la inteligencia é
instrucción del que dirige los negocios administrativos, del que da el primer
impulso, del que concibe en grande las medidas de interés público y los planes
bajo los que han de ejecutarse; en la instrucción é inteligencia de los
talentos auxiliares, de los agentes superiores y subalternos de la misma
administración; y más que todo en la ilustración del pueblo. Dedúcese de aquí
que una buena administración lejos de buscar arrimo en el oscurantismo y la
ignorancia, debe emplear y aprovechar en beneficio público todos los talentos,
debe buscar por todas partes cómo auxiliar la capacidad y la instrucción, debe
promover las ciencias y la difusión de todos los conocimientos útiles, y debe
considerar la educación y la enseñanza popular como el medio más eficaz de
preparar la sociedad á las pacíficas mejoras y reformas que en días más felices
ejecutará un gobernante benéfico é ilustrado.
3.
Un gobierno inmoral puede subsistir por largo tiempo aun al frente de una
poderosa nación, siendo intrigante y astuto para con todos, cauteloso y sagaz
para no contraer compromiso con los fuertes, y falso, injusto y desleal para
con los débiles, moderado para con aquellos que pueden reprimir su osadía, y
osado, ambicioso y agresor para los que no pueden resistirle. Pero una buena
administración jamás puede apoyarse en la inmoralidad, porque uno de sus
principales objetos es hacer respetar la virtud y la probidad, aun cuando sea
débil, reprimir el vicio aun cuando sea fuerte y poderoso, evitar el crimen y
corregir á los culpables inspirándoles ideas y hábitos de moralidad que no
habían conocido. La administración pública tiene bajo su protección la
inocencia de la niñez, la sencillez é inexperiencia de la juventud, la
debilidad de la mujer, la buena fé y lealtad de todos los hombres en sus
transacciones civiles, el honor de los hombres de bien y el decoro y reputación
de las familias. ¿Qué sería de todo esto si la administración fuese inmoral, si
fuese corruptora, como algunas veces podría serio, si dejase subsistir y aun
fomentase la disolución y el escándalo del vicio, si tolerase y disimulase la
inmoralidad de las cárceles y presidios, si viese con indiferencia la
vergonzosa desnudez del pueblo, si no procurase sustraer á lo menos á la
juventud de los estragos del juego y la disipación, si dejase impunes las
estafas y raterías, si faltase ella misma á la buena fé y á la lealtad en sus
transacciones, y si convirtiese á la policía en un espionaje político y en un
instrumento de opresión y tiranía? y tales son, sin embargo, los resultados
inmorales de las providencias desacertadas de una mala administración.
4.
Una de las grandes dificultades para el establecimiento de una buena
administración consiste en los cuantiosos gastos que ella exige. El hombre que
dirija la administración pública de un Estado, por vasta que sea su capacidad,
no podrá sino concebir en grande los planes administrativos y dictar medidas
generales para su ejecución; necesitará siempre, necesitará indispensablemente,
por el bien mismo de la sociedad, numerosos agentes cooperadores y auxiliares,
á quienes encomiende el desarrollo y ejecución de los planes administrativos en
cada ramo; necesitará sobre todo hombres peritos, hombres especiales y versados
en cada uno de los ramos que corresponden á la administración; agentes dotados
de toda la instrucción, experiencia y aptitud necesaria para el desempeño de su
deber; necesitará, en fin, empleados, auxiliares, agentes y oficinas, un
numeroso personal exclusivamente dedicado al servicio de la administración.
Pues bien: todo este personal de la administración debe ser remunerado, y debe
serio competentemente, debe disfrutar sueldos ó gratificaciones
correspondientes á la importancia de sus servicios y á la capacidad é
instrucción que se necesita para desempeñar un destino con acierto. En todos
los países más civilizados del mundo los agentes superiores y subalternos de la
administración están ampliamente remunerados, y lo están principalmente los
empleados en el ramo de policía. Exigir que todo el servicio público de la
administración se haga gratuitamente, y como decimos comúnmente, por carga
concejil es desconocer del todo los verdaderos intereses de la
sociedad, desconocer también el corazón del hombre que no se mueve á consagrar
su tiempo y su capacidad á ningún trabajo, á ningún servicio, sea el que fuere,
sino con la esperanza, ó mas bien con la seguridad de una competente
remuneración. Muy caro ha costado á nuestro país en todos tiempos el servicio
gratuito de los hombres públicos. No es una economía sino una mezquindad
ruinosa para los intereses públicos, un resultado de la incapacidad y negligencia
de los gobernantes, lo que ha introducido en nuestro país las cargas
concejiles, ese sistema de vejaciones arbitrarias, que el capricho ó
la venganza hace pesar muchas veces sobre unos cuantos, y de cuyo gravamen se
libran comúnmente los más fuertes. Como es más fácil imponer cargas concejiles
que hallar recursos para costear los gastos públicos de la administración, los
gobernantes negligentes ó ineptos han preferido á las dificultades de crear y
organizar las rentas públicas, los inconvenientes y malos resultados del
servicio gratuito en materia de administración. Imposible es que en un país
haya abundancia, si no se fomentan la agricultura y las artes más
indispensables para las necesidades de la vida; si no hay caminos y toda clase
de medios para las conducciones y transportes. Imposible es que haya una
higiene pública y que disminuyan los estragos de las pestes, si no hay un
cierto grado de comodidad y bienestar en las clases más numerosas de la
sociedad; si no hay, por otra parte, hospitales y enfermerías; si no se
conservan las poblaciones constantemente en el mejor estado posible de aseo y
limpieza; si no se construyen albañales y se desecan los estanques y pantanos;
si no se procura que en el campo los jornaleros tengan habitaciones sanas y de
bastante capacidad para el albergue de toda una familia; si no hay, en fin, una
inspección de higiene y policía sanitaria que consulte al gobierno y que lo
ilustre en materias que son verdaderamente científicas y facultativas.
Imposible es que desaparezca la mendicidad con su repugnante aspecto é
inmoralidad, mientras no se establezcan hospicios en que se recoja á los
indigentes; no para especular ni permitir que otros especulen con su trabajo
(porque esto sería indigno de una buena administración); pero no tampoco para
que vivan en aquellos establecimientos entregados á la holgazanería, y
fomentando con la ociosidad las más viciosas propensiones; sino que debe
recogérseles allí para inspirarles amor al trabajo, vergüenza á la mendicidad,
hábitos de orden, de sobriedad y economía, y sobre todo orgullo y dignidad;
aquel orgullo que inspira al hombre la consideración de que se basta á sí mismo
por medio del trabajo, y que se hace por su industria y su talento tan
independiente como puede serio de la voluntad y del arbitrio de otros.
Imposible será que haya seguridad en nuestro país para las personas y para las
propiedades, mientras las cárceles sean lo que fueron siempre desde el tiempo
del gobierno colonial; mientras haya presidios que son una escuela horrible de
corrupción; mientras no se establezcan penitenciarías y otros establecimientos
carcelarios adecuados para el castigo, pero también para la corrección y
enmienda de los culpables; mientras subsista el castigo ignominioso, y por lo
mismo ineficaz de los trabajos públicos forzados y en calidad de corrección;
mientras no haya una numerosa y bien organizada policía. Tendida como una red
sobre todo el país y pronta en todas partes para evitar el crimen ó para
aprehender á los culpables; mientras haya, en fin, caminos desiertos y grandes
despoblados. Imposible es que deje de haber una gran inmoralidad y disolución
en las costumbres, mientras no se generalicen aún más de lo que están ya, las
escuelas de primeras letras, y mientras no se castigue en las casas correccionales
á los jóvenes delincuentes y á los hombres que se entregan á los vicios de una
manera escandalosa. Imposible es, en fin, que los lugares de segundo orden
atraigan hacia sí la población superabundante de las grandes ciudades, hasta
que en los pueblos y villas á más de otros establecimientos de utilidad
pública, se construyan baños, acueductos y fuentes públicas, empedrados y
embanquetados, alumbrado, arbolados y paseos, y cuanto más pueda hacerse para
hermosear las localidades y para hacerlas cómodas, salubres y agradables. Mas
para construir todas las obras de utilidad y de beneficencia pública, para
erigir y sostener todas las instituciones que exigen las necesidades de la
sociedad, y para remunerar á todos los empleados y funcionarios que deben dirigir
ó administrar aquellas instituciones, son necesarios fondos muy cuantiosos;
estos fondos no pueden salir sino de las contribuciones, y en muy corta parte
de los donativos de algúnos hombres generosos. Sería en vano esperar que la
caridad y beneficencia pública bastasen á todas las atenciones de la
administración. Es escaso, y sobre todo demasiado precario y eventual este
recurso para que una administración inteligente y previsora pudiese fundar en
él la esperanza, y mucho menos la seguridad de realizar grandes mejoras.
En
materia de gastos, una buena administración no puede hacer más que proveer á
las necesidades de la sociedad con el menor gravamen posible de los
contribuyentes, y cuidar sobre todo de que los fondos públicos sean
administrados con pureza é invertidos con legalidad y economía. En materia de
administración, si no siempre se pueden hacer los gastos con economía, hay la
circunstancia de que un exceso en estos gastos (como no haya mala versación),
es siempre provechoso á los intereses de la sociedad por la importancia y
necesidad de los objetos en que los fondos públicos se invierten. Así, por
ejemplo, si se había de haber construido con cierta cantidad y bajo un plan
sencillo y económico un puente, un acueducto, un hospicio ó una escuela, y si
sucedió que los directores, excediéndose de presupuesto, construyeron obras
suntuosas y de un gran mérito arquitectónico, se habrá faltado sin duda á la
economía; pero el lugar donde aquellas obras se han construido tendrá, á más de
unas obras de pública utilidad, unas construcciones de ornato y de buen gusto
que lo embellezcan. Puede decirse en general que los gastos hechos por una
buena administración, principalmente en las grandes obras de utilidad y de
ornato público, en que se ocupan tantos jornaleros, artistas y menestrales, son
unos gastos fecundos para la sociedad, que la animan y vivifican, lejos de
empobrecerla.
5.
A estas consideraciones se opone comúnmente el ejemplo del gobierno
español, que se dice era muy económico en los gastos de administración. Lo era,
en efecto, y más bien que económico era avaro y ruin, aun cuando se trataba de
proveer á las exigentes necesidades de los pueblos. Pero yo pregunto ¿qué había
en México bajo el gobierno colonial que se pareciese á una buena administración?
Después de tres siglos de haber explotado los inagotables tesoros de México y
de haber acumulado en el erario, con horrorosas vejaciones y gabelas, millones
sobre millones, ¿qué mejoras materiales ó morales hizo aquel gobierno á nuestro
país con las rentas públicas? ¿En qué estado se hallaban con respecto á su
administración municipal los principales pueblos y villas y aun algúnas
ciudades de México, al consumarse la independencia nacional en 1821? ...
Todo
lo que hizo aquel gobierno en clase de mejoras administrativas, es de muy poca
monta, comparado con el mucho tiempo que duró su dominación, con la paz no
interrumpida de cerca de tres siglos en que se mantuvo la colonia, y con los
inmensos recursos de que aquel gobierno pudo disponer. Al consumarse la independencia
nacional, apenas había los puentes y caminos más indispensables; la mayor parte
del país estaba inculto y despoblado; comarcas inmensas de las provincias
fronterizas no tenían más habitantes que los salvajes y las fieras. En lo
interior del país, el pueblo, la muchedumbre que constituye la verdadera
esencia de la sociedad, estaba desnuda, indigente, horriblemente trabajada y
abatida, hambrienta, en fin y llena de lacerías. Las hambres venían con
frecuencia y hacían estragos espantosos en la población; un gobierno obstinado
en sus errores, torpe y negligente en su administración, no podía preveerlas,
ni evitarlas, ni reparar sus consecuencias. A las hambres seguían los tumultos
que se reprimían con el terror de la muerte; á las convulsiones de un pueblo
hambriento, exasperado, seguían las epidemias que se cebaban en él
horrorosamente. La agricultura estaba descuidada y ligada con prohibiciones de
todo género; las artes estaban ligadas también con los reglamentos de los
gremios y con otras restricciones; la industria fabril estaba casi prohibida
enteramente; el comercio embarazado por todas partes con los numerosos
monopolios y especulaciones del gobierno; con las alcabalas, con los impuestos
y reglamentos municipales, y con el funesto sistema de abasto; la minería era
el único ramo de riqueza que recibía protección, muchas veces á costa de las
demás especulaciones y de la agricultura principalmente. En lo municipal todo
era un caos, una constante malversación y bancarrota de los caudales públicos. En
la capital del virreinato y en algúnas capitales de provincia había hospicios,
hospitales y otros establecimientos de caridad, erigidos los más por la caridad
de los obispos y de otros benefactores de la humanidad; muy pocos de aquellos
establecimientos habían sido costeados ó eran sostenidos por el gobierno. En
los principales pueblos, villas y aun ciudades no había ni hospitales, ni casas
de pobres, ni fuentes, ni acueductos, ni alumbrado, ni limpieza; no eran, en
fin, aquellas poblaciones sino unas grandes rancherías. La instrucción primaria
de la niñez estaba casi enteramente abandonada. Las cárceles, tales como por
desgracia las vemos todavía, focos perpetuos de corrupción moral y de
epidemias. ¿Y esto podía llamarse una administración? ...Y lo que he dicho son
hechos que están comprobados con el testimonio de historiadores y cronistas
contemporáneos, y lo que es más, están justificados con documentos oficiales,
principalmente con lo que podría llamarse los antiguos Misterios de
México; con las instrucciones reservadas que los
virreyes dejaban á sus sucesores.
No
podía menos de estar en este horrible desorden todo lo relativo á la
administración pública de México bajo el gobierno colonial. Aquel gobierno no
empezó á manifestar ideas exactas de administración, hasta que sancionó á fines
del siglo anterior las ordenanzas de intendentes. En esas
ordenanzas fue donde el gobierno colonial comenzó á abandonar, aunque todavía
con reserva y timidez, sus errores económicos y administrativos, aquellos
errores que habían prolongado como un martirio el malestar y la miseria del
país durante tanto tiempo. Pero hasta entonces el gobierno español no había
concebido plan algúno de administración para un país tan vasto como México.
6.
Conviene tanto más formarse una idea exacta de lo que era la administración
pública bajo el gobierno colonial, cuanto que los errores de aquella
administración están arraigados todavía, y son á mi modo de ver uno de los
obstáculos que más fuertemente se oponen á los adelantos de los pueblos.
Habíanse
distribuido todos los negocios oficiales del virreinato en cuatro ramos, que
los oficinistas de aquella época llamaban las cuatro causas: de
justicia, gobernación, guerra y hacienda. Bajo el nombre de gobernación se
comprendía todo lo que ahora conocemos por administración pública, incluso la
administración municipal. Todos los negocios del virreinato se despachaban por
una misma secretaría y por un mismo secretario; pero en cada ramo se oían y
eran consultadas, aun para los más pequeños pormenores, diversas juntas que se
formaban de oidores y fiscales, y de empleados habituados á sus rutinas,
embrollones los más, ritualistas y formularios, y más ó menos interesados en
evitar reformas y en conservar los abusos y desórdenes de la administración. El
gobierno tenía la manía de querer arreglar los negocios de la administración
tan minuciosamente, que casi no dejaba á sus agentes y funcionarios sino la
simple y literal ejecución de sus mandatos. Para la más sencilla resolución se
formaba un grande expediente; se oía en él á los fiscales y á los empleados de
diferentes ramos; se tropezaba en todo con los obstáculos que presentaban los
privilegios, las preeminencias y fueros de las corporaciones; años enteros se
acumulaban cuadernos y cuadernos en cada expediente; se abrían nuevas
discusiones y todavía el cumuloso expediente quedaba sin concluir, por falta de
informes y documentos que siempre se pedían y que casi nunca daban las oficinas
y empleados subalternos. Al fin se ponía un término á tantos trámites, á tantas
moratorias; pero era su vez cuando había ya pasado la oportunidad de arreglar
algún grave negocio concerniente á los intereses de los pueblos; y todavía
sucedía muchas veces que la más ligera cavilosidad introducía una duda, y daba
lugar á que el expediente pasase á España al Consejo de Indias, donde quedaba
como otros mil, sepultado en los archivos como un monumento de los errores de
aquella época. Puede formarse una idea de lo que era aquella administración y
de los embarazos que ella misma presentaba á los progresos del país, cuando se
considera que aun para el arreglo de los más urgentes negocios de la
administración municipal, se ocurría á México á pedir licencia y autorización
de los virreyes, y cuando esta licencia se llegaba á obtener, ya no existía la
necesidad á que se trataba de proveer, ó la calamidad que se quería remediar
había hecho ya todos sus estragos.
El
personal de la administración, la jerarquía de sus empleados estaba arreglada
de este modo: no había inspecciones ó direcciones especialmente encargadas de
dirigir ó inspeccionar los principales ramos de la administración, y de
preparar los trabajos del gobierno; había sólo, como hemos dicho, juntas
consultivas formadas de empleados en las oficinas. Muy tarde fué cuando se
establecieron los consulados y el tribunal de minería. Estas corporaciones que
manejaban fondos muy cuantiosos, comúnmente los malversaron y cubrieron sus
dilapidaciones con cohechos y con donativos hechos al gobierno. Ejercían á un
tiempo jurisdicción como tribunales y facultades administrativas y económicas
en asuntos de minería y comercio. Estaban siempre llenas de pretensiones y
animadas de aquel espíritu de cuerpo que hace al hombre olvidar enteramente los
intereses públicos de su país por el deseo de engrandecer la clase á que él
mismo pertenece. Casi siempre estaban de choque ó etiqueta aquellas
corporaciones con el gobierno, y por lo mismo fueron de muy poca utilidad á la
administración. El tribunal de minería construyó y formó el colegio de minas, y
los consulados hicieron los pocos caminos ó carreteras que hubo en México bien
construidos bajo el gobierno colonial.
Los
virreyes comunicaban, pues sus órdenes casi siempre directamente á los
corregidores de provincia y estos á los alcaldes mayores. Cualquiera que haya
leído la historia de México sabe lo que fueron esa especie de bajás que por
economía no tenían asignado sueldo alguno; pero que estando
autorizados para hacer en los pueblos todo género de monopolios y granjerías,
causaban extorsiones enormes y eran una verdadera calamidad para las
poblaciones. Eran á un mismo tiempo jueces, encargados de la policía y régimen
interior de los pueblos, y recaudadores del tributo y otras rentas.
El
gobierno virreinal había confiado la seguridad pública á unas cuadrillas de
genízaros capitaneados por lo que se llamaba el Juez de la
Acordada. Estos agentes armados de la policía, cometían en los
caminos y despoblados y aun en los pueblos, todo género de excesos y
arbitrariedades, á pretexto de perseguir á los bandidos, y extorsionaban á los
miserables como medio de especulación para subsistir, pues exceptuando el jefe
de la Acordada, ni sus cuadrilleros, ni sus soldados estaban remunerados
por el erario; todos servían y se ofrecían á servir por carga concejil.
Establecidos
los intendentes y los subdelegados, en lugar de los antiguos corregidores y
alcaldes mayores, se comenzó á ver en México lo que era una administración. Las
ordenanzas de intendentes contenían todavía muchos errores económicos y
administrativos, muchas medidas mezquinas en materias de fomento; pero al fin
los objetos de la administración se habían clasificado y deslindado con alguna
claridad, y se habían criado funcionarios capaces de dar en cada provincia
alguna dirección y algún impulso á la administración interior del virreinato.
No
obstante, Revillagigedo que gobernaba cuando se establecían las intendencias,
nunca pudo plantear un completo sistema administrativo; hizo reformas
importantes, principalmente en la capital; pero ninguna medida de grande
trascendencia pudo realizar por los obstáculos que le ponían por todas partes
un mal sistema tributario, la pereza, negligencia é ineptitud de los empleados,
el espíritu de embrollo y cavilosidad que dominaba en el país, la ignorancia
casi general sobre todas las materias científicas y económicas que tienen
conexión con los asuntos administrativos; las restricciones y prohibiciones
impuestas por las leyes á todo género de industria, y sobre todo, la rutina,
que comienza por negarse á examinar toda innovación, toda mejora, y que arraiga
los errores de tal manera en el espíritu del hombre, que renacen sin cesar y se
reproducen como el pólipo, que vuelve á aparecer cuando se creía ya
exterminado.
Tal
fue la administración pública de México bajo el gobierno colonial; esa
administración que todavía tiene panegiristas y admiradores en nuestros días.
Los errores y desaciertos de aquella administración no deben admirarnos. Por
una parte, el carácter mismo del gobierno colonial se oponía á que la colonia
desarrollase con amplitud y libertad todos sus recursos naturales, á que se
ilustrase profundamente sobre sus intereses, y á que llegara á bastarse á sí
misma, satisfaciendo sus necesidades sociales con independencia de la
metrópoli. A más de esto, los errores y preocupaciones del gobierno español en
materias de administración, eran, hasta mediados del siglo anterior, casi
generales en las naciones más ilustradas de la Europa. Lo que admira
es ver que cuando la España, nuestra maestra é institutora en todas
materias, ha abandonado ya los errores económicos y administrativos de su
antiguo régimen, y ha hecho innovaciones y mejoras importantísimas en la
administración pública, así de la metrópoli como de sus colonias, nosotros nos
obstinamos en sostener todavía las alcabalas y gabelas municipales, el sistema
de cargas concejiles, las prohibiciones, los monopolios, la miserable renta de
naipes y las loterías, como recurso del gobierno; el desorden y prodigalidad en
la venta ó distribución de las tierras públicas, la ilimitada adquisición de
tierras por las manos muertas, la complicación de lo político con lo municipal,
el pupilaje de los ayuntamientos en el manejo de los bienes de las
municipalidades, las leyes bárbaras é ineficaces sobre ladrones, el fatal
sistema de abastos, y tantos otros errores que en su mayor parte ha
abjurado la España en su administración interior como en la de sus
colonias. No sólo se han hecho en España grandes ó importantes innovaciones y
mejoras administrativas, sino que muchos escritores españoles de nuestros días
han examinado é ilustrado en escritos generales ó tratados especia
administración, la teoría de la administración pública, que es ya una nueva
ciencia y que se enseña como cualquiera otra en España y aún en Cuba, como
debería enseñarse en la República.[1]
No
diré que en los códigos y leyes antiguas de España no haya algúnas disposiciones
administrativas dignas de conservarse ó adoptarse nuevamente; pero querer
sostener que el sistema administrativo del gobierno colonial era una obra
completa, una obra acabada, un modelo de perfección, es querer sostener
paradoja.
7.
La ciencia de la administración, como todas las ciencias morales y económicas
se ha ido formando con el tiempo, y se ha ido perfeccionando lentamente según
que las teorías de esta ciencia han sido confirmadas ó desmentidas por los
hechos. Por otra parte, la ciencia de la administración, aunque notablemente
perfeccionada ya no es ni será jamás una ciencia tan exacta y segura como la
geometría. Un hombre que se vea en la necesidad de dirigir prácticamente la
administración de algún Estado, deberá, pues, estudiar profundamente la
ciencia; pero debería estudiar también las antiguas teorías de la
administración, la historia económica y administrativa de las naciones más
adelantadas en civilización, y las instituciones administrativas que han
planteado esas mismas naciones ó que están actualmente ensayando; deberá sobre
todo tener presente que las más seguras teorías de la ciencia administrativas
deben modificarse hasta cierto punto por la grande influencia que ejercen en
cada país, el clima, la configuración y naturaleza del terreno y sus
producciones naturales, bien entendido de que esta influencia no debe ser
exagerada, como lo ha sido muchas veces. Yo he consultado, pues, al formar mi
programa, las teorías más seguras de la administración expuestas principalmente
por escritores españoles y franceses, he procurado también formarme una idea
exacta de los principales planes é instituciones administrativas de Francia, de
Bélgica, de España, de Inglaterra y de los Estados Unidos, y de todo he
adoptado lo que me ha parecido más adaptable al estado físico y moral, y sobre
todo á la civilización de Zacatecas. Con respecto á las instituciones
administrativas de los Estados Unidos, al ver la frecuencia con que me refiero
á este país, se creerá acaso que es porque haya adoptado ciegamente como bueno
en sí y como adaptable á nuestra patria cuanto constituye la administración
pública en aquella nación. Estoy lejos de creerlo así; y si hablo con
frecuencia de los Estados Unidos en este escrito, es porque ellos son el único
país extranjero que yo haya visitado y que haya podido estudiar detenidamente.
Admirador como el que más de muchas de las leyes é instituciones
administrativas de aquellos Estados, estoy lejos de creer que allí la
administración pública haya llegado á su perfección. Todo lo relativo á la
administración general de aquella república está casi en embrión, y sólo de
poco tiempo á esta parte se ha llegado á conocer allí que el gobierno debe
dirigir la administración; que no debe dejarse el arreglo de los grandes
negocios administrativos á sólo el interés individual, curso común de las
transacciones de los hombres; y en fin, que debe haber un plan general de
administración, y todas las oficinas y empleados necesarios para preparar y
ejecutar las medidas administrativas. Con el objeto, pues, de sistemar la
administración general de aquella república se ha criado recientemente en ella
el ministerio del interior.
8.
Una circunstancia hay en nuestra época que exige del que gobierna los más
profundos cálculos y los más variados conocimientos para dirigir la
administración pública con previsión y con acierto. La multitud de invenciones
y descubrimientos que mejoran cada día el bienestar de las naciones, y la
celeridad con que se suceden esas innovaciones, deben tenerse muy en cuenta por
el que gobierna, y deben estudiarse profundamente, por una parte, para poner á
los pueblos al nivel del progreso á que llegan los demás, y por otra, para que
los gobiernos no sean el juguete de los especuladores y charlatanes
proyectistas. Un gran número de antiguas teorías administrativas se han
falsificado ó se han hecho absolutamente inútiles desde que se han descubierto
y adoptado en la economía industrial el vapor como motor casi universal, las
bombas hidráulicas movidas por aquel agente poderoso, las fonteora-minas ó
pozos artesianos, los caminos de hierro y los telégrafos magnéticos, el
electro-magnetismo, el daguerreo tipo y los para-rayos perfeccionados, el
alumbrado por gas, el nuevo sistema adoptado para la construcción de las
carreteras, los puentes colgados, y tantas otras invenciones que sería difícil
referir... En lo intelectual y moral también ¡cuántas innovaciones y mejoras!
Las escuelas lancasterianas, las escuelas de sordo-mudos y de ciegos, las
escuelas dominicales, las cajas de ahorro, las sociedades de templanza, los
socorros domiciliarios á los enfermos é indigentes, las casas de parto, las
casas de mujeres arrepentidas, el nuevo sistema de cárceles, las penitenciarías
y el sistema correccional...
Pero
al lado de todas estas mejoras, de todos estos adelantos que debe costear ó
fomentar una buena administración, .han aparecido también las teorías absurdas,
inmorales y anárquicas del socialismo y del comunismo, la invención de los
talleres públicos establecidos por cuenta del gobierno, las especulaciones de
los falsos filántropos, y las empresas irrealizables de los charlatanes, con
que tantas veces ha engañado á los gobiernos; empresas de colonización y de
caminos de fierro, por ejemplo, en las que los gobiernos lo ponen todo, y los
sagaces empresarios no dan ni las garantías suficientes para cumplir sus
convenciones, empresas que después de haber perjudicado de mil modos á los
intereses de los pueblos, se convierten al fin en vejigas de viento.
Una
buena administración debe conducirse con una prudencia suma para introducir en
el país todas las invenciones y mejoras con que otros pueblos se han
enriquecido sin dejarse sorprender ni fascinar por los charlatanes y por los
que especulan con empresas imaginarias, útiles para ellos y ruinosas para los
pueblos.
II.
Administración
General de la República
9. Adoptado el
sistema federal como base de la organización política de México, ha sido
precisado dividir la administración pública en dos ramos principales:
administración general de la nación y administración particular é interior de
los estados. Se han deslindado hasta cierto punto los objetos que corresponden
á cada una de estas administraciones; pero hay todavía mucha confusión de ideas
y de principios con respecto á esto, y generalmente hablando, las leyes de la
federación son en esta materia absolutamente defectuosas. Este es un mal muy
grave, porque el arreglo de la administración interior de los estados, y aun de
muchos ramos de la administración municipal depende en gran parte del arreglo
que previamente ha debido hacerse de todo lo concerniente á la administración
general de la república. Hasta aquí, casi todo lo relativo á esta
administración ha sido un caos, porque no ha habido unidad de plan, ni unidad
de acción, ni principios generalmente reconocidos á que atenerse en medio de
tantas cuestiones de administración general á que ha dado lugar el choque
frecuente del interés general del país con el particular de algunos estados, ó
la oposición de intereses entre dos ó más estados de la confederación. Esas
cuestiones, en su mayor parte, han quedado indecisas, y se presentan por todas
partes como obstáculos insuperables al progreso del país. Han quedado indecisas
esas cuestiones administrativas porque los debates políticos, las discusiones
apasionadas sobre el poder público y la libertad, sobre las teorías y sistemas
políticos, han absorbido nuestra atención durante mucho tiempo, y nos han hecho
olvidar losa asuntos vitales de la administración. Las cuestiones
administrativas no tienen atractivo ni para los corazones apasionados, ni para
las imaginaciones enrarecidas; porque estas cuestiones no granjean á los que
las resuelven ni prestigio ni popularidad, no halagan el espíritu de partido, y
por otra parte no pueden resolverse ni por teorías, ni por sistemas, sino por
los principios más generalmente reconocidos de la estadística y de la ciencia
de la administración.
Ha
sido tanto mas difícil arreglar esta materia y deslindar con toda claridad lo
que pertenece á la administración general de la nación y lo que toca
exclusivamente á la administración interior en los Estados, cuanto que México u
los Estados Unidos son las únicas naciones que por su organización política
están en la necesidad de organizar dos diferentes administración, la general
del país, íntimamente ligada con la independencia y unidad nacional, y la
administración interior de los estados, en la que consiste su individualidad
política. En las cuestiones relativas á la administración pública no hay, pues,
otro ejemplo que imitar ó á que atender que el de los Estados Unidos. La
confederación suiza, la confederación germánica, la confederación indefinible
de Buenos Aires, y la confederación ya destrozada de Centro-América, no tienen
ni semejanza ni analogía con la federación establecida primitivamente en los
Estados Unidos, ni con la federación mexicana, calcada, por decirlo así, sobre
aquel modelo primitivo. Un gran número de circunstancias locales, que
establecen una enorme diferencia entre México y los Estados Unidos, hacen que
México no pueda adoptar sino con graves modificaciones los principios
administrativos de aquella república. Mas no habiendo otro término de
comparación, la analogía ó casi identidad de nuestras instituciones políticas
con las de los Estados Unidos, me hará citar con frecuencia los principios
administrativos adoptados en aquel país, como los más seguros para resolver
cuestiones de administración pública, que en nuestro país están por decidirse
todavía.
10.
conforme á las disposiciones adoptadas por la constitución federal, todo lo
relativo á la administración general de la república puede dividirse en los
ramos siguientes: arreglo del comercio interior, ó sea del comercio de los
estados entre sí y del comercio que se haga con las tribus de los indios
salvajes; establecimiento de un sistema uniforme de pesos y medidas en toda la
nación;, uniformidad en toda la república, en todo lo relativo á la amonedación;
igual uniformidad en lo relativo á las leyes sobre bancarrotas; apertura de
caminos ó canales pertenecientes á la federación; bases para la colonización
del país; protección á la ilustración pública; fomento de los principales ramos
de la riqueza nacional.
Hay,
á más de esto, ciertas atribuciones de los poderes federales, que son
verdaderas atribuciones políticas, aunque íntimamente ligadas con las
cuestiones relativas á la administración; tal es la organización de la milicia
nacional, la facultad del congreso general para segregar una parte ó sección de
un Estado y hacer de ella un nuevo Estado soberano é independiente. Sobre todos
esos puntos de administración general, que quedan especificados, y sobre otros
que tiene con ellos una íntima conexión, voy á presentar algunas observaciones
que creo de interés, más bien para hacer conocer las dificultades que presenta
esta materia, que para fijar principios conforme á los que puedan resolverse.
Recorreré estos puntos en el orden en que me parece se pueden examinar más
claramente.
[1] Al
imprimirse esta parte de mi programa, han salido á la luz las Lecciones
de derecho administrativo, dadas en el Ateneo Mexicano y publicadas
después por el Sr. Lic. D. Teodosio Lares, que puede tener la satisfacción de
haber sido el primero que haya escrito él una obra completa sobre esta
importante materia.







