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viernes, 21 de agosto de 2020

Sobre Trotsky. El rescate de la memoria


Hermosillo Sonora a 21 de Agosto de 2020. 

Mi Vida

Cuando este libro salga a luz, habré cumplido cincuenta años. Mi cumpleaños cae en el día de la Revolución de Octubre. Un pitagórico o un místico argüirían de aquí grandes conclusiones. La verdad es que yo no he venido a parar mientes en esta curiosa coincidencia hasta que ya habían pasado tres años de las jornadas de Octubre. Hasta la edad de nueve años, viví sin interrupción en una aldea apartada del mundo. Pasé ocho estudiando en el Instituto. Al año de salir de sus aulas, fui detenido por vez primera. Mis Universidades fueron, como las de tantos otros en aquella época, la cárcel, el destierro y la emigración. Dos veces estuve preso en las cárceles zaristas, por espacio de cuatro años en total; las deportaciones del antiguo régimen me alcanzaron otras tantas veces, la primera dos años poco más o menos, la segunda unas semanas. Las dos veces pude huir de Siberia.

He vivido emigrado, en junto, unos doce años, en varios países de Europa y América: dos años antes de estallar la revolución de 1905 y hacia diez después de su represión. Durante la guerra, fui condenado a prisión en rebeldía en la Alemania de los Hohenzollers (1905); al siguiente año, expulsado de Francia a España, donde, tras breve detención en la cárcel de Madrid y un mes de estancia en Cádiz bajo la vigilancia de la policía, me expulsaron de nuevo rumbo a Norteamérica. Allí, me sorprendieron las primeras noticias de la revolución rusa de Febrero.

De vuelta a Rusia, en marzo de 1917, fui detenido por los ingleses e internado durante un mes en un campo de concentración del Canadá. Tomé parte activa en las revoluciones de 1905 y 1917, y ambos años fui Presidente del Soviet de Petrogrado. Intervine muy de cerca en el alzamiento de Octubre y pertenecí al Gobierno de los Soviets. En funciones de Comisario del pueblo para las relaciones exteriores, dirigí en Brest-Litovsk las negociaciones de paz entabladas con Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria. Ocupé el Comisariado de Guerra y Marina, y desde él dediqué cinco años a la organización del Ejército rojo y la reconstrucción de la flota. En el año 1920, me encargué, además, de dirigir los trabajos de reorganización de los ferrocarriles, que estaban en el mayor abandono.

Dejando a un lado los años de la guerra civil, la parte principal de mi vida la llena mi actividad de escritor y militante dentro del partido. Las "Ediciones del Estado" emprendieron en 1923 la publicación de mis obras completas. De entonces acá, han visto la luz, sin contar los cinco tomos en que se coleccionan mis trabajos sobre temas militares, trece volúmenes. La publicación fue suspendida en el 1927, cuando empezó a agudizarse la campaña de persecución contra el "trotskismo".

En enero de 1928 me envió al destierro el actual Gobierno ruso, y hube de pasar un año junto a la frontera china. En febrero de 1929 fui expulsado a Turquía, y escribo estas líneas en Constantinopla.

No puede decirse que mi vida, aun presentada en tan rápida síntesis, tenga nada de monótona. Más bien cabría afirmar, por el número de virajes bruscos, súbitos cambios y agudos conflictos, por los vaivenes que en ella tanto abundan, que es una vida pletórica de "aventuras". Y, sin embargo, permítaseme afirmar que nada hay que tanto repugne a mis naturales inclinaciones como una vida aventurera.

Mi amor al orden y mis hábitos conservadores puede decirse que rayan en lo pedantesco. Amo y sé apreciar el método y la disciplina. No con ánimo de paradoja, sino porque es verdad, diré que me indignan la destrucción y el desorden. Fui siempre un discípulo aplicado y puntual, dos condiciones que he conservado a lo largo de toda la vida. Durante los años de la guerra civil, cuando en mi tren cubría distancias varias veces iguales al Ecuador, me recreaba ver, de trecho en trecho, una empalizada nueva de tablas de pino. Lenin, que me conocía esta pequeña Debilidad, solía burlarse cariñosamente de mí a causa de ella.

Para mí, los mejores y más caros productos de la civilización han sido siempre -y lo siguen siendo- un libro bien escrito, en cuyas páginas haya algún pensamiento nuevo, y una pluma bien tajada con la que poder comunicar a los demás los míos propios. Jamás me ha abandonado el deseo de aprender, ¡y cuántas veces, en me-dio de los ajetreos de mi vida, no me ha atosigado la sensación de que la labor revolucionaria me impedía estudiar metódicamente! Sin embargo, casi un tercio de siglo de esta vida se ha consagrado por entero a la revolución. Y si empezara a vivir de nuevo, seguiría sin vacilar el mismo camino.

Véome obligado a escribir estas líneas en la emigración, la tercera de la serie, mientras mis mejo-res amigos, que lucharon con denuedo decisivo por ver implantada la República de los Soviets, pueblan sus cárceles y sus estepas, presos unos y otros deportados. Algunos hay que vacilan, que retroceden y se rinden al adversario. Unos, porque están moralmente agotados; otros, porque, confiados a sus solas fuerzas, son incapaces para encontrar una salida a este laberinto en que los colocaron las circunstancias; otros, en fin, por miedo a las sanciones materiales.

Es la tercera vez que presencio una deserción en, masa de las banderas revolucionarias. La primera fue tras el reprimido movimiento de 1905; la segunda, al estallar la guerra. Conozco harto bien, por experiencia, lo que son estas mareas y reflujos. Y sé que están regidos por leyes. No vale impacientarse, pues no han de cambiar de rumbo a fuerza de impaciencia. Y yo no soy de esos que acostumbran a enfocar las perspectivas históricas con el ángulo visual de sus personales intereses y vicisitudes. El deber primordial de un revolucionario es conocer las leyes que rigen los sucesos de la vida y saber encontrar, en el curso que estas leyes trazan, su lugar adecuado. Es, a la vez, la más alta satisfacción personal que puede apetecer quien no une la misión de su vida al día que pasa.

León Trotsky

Mi Vida. Prinkipo, 14 de septiembre de 1929.

 


Trotsky se convierte en revolucionario

Trotsky “tomó prestado” su nombre de uno de sus carceleros cuando escapó por primera vez de Siberia. En realidad, nació Lev Davidovich Bronstein en 1879 en un pequeño pueblo ucraniano. Sus padres vivían relativamente bien como campesinos judíos.

La Rusia en la que nació Trotsky era una sociedad represiva dominada por el zar y la Iglesia ortodoxa. La servidumbre había sido abolida menos de 20 años atrás. La mayor parte de Rusia era rural y se basaba en la agricultura campesina, aunque en las ciudades había una pequeña industria en crecimiento.

El zar presidía un país con el nivel más alto de antisemitismo del mundo antes del surgimiento de Adolf Hitler y los nazis en Alemania. El antisemitismo fue realmente alentado por el Estado, que orquestó la violencia de masas — pogroms— contra los judíos. A los judíos se les prohibió establecerse o poseer tierras en muchas partes de Rusia, razón por la cual la familia de Trotsky terminó en Ucrania.

La resistencia contra el zar en este momento tomó, principalmente, la forma de un movimiento llamado narodniks, o “Amigos del pueblo”. Éstos consideraron las tradiciones de la aldea campesina como una forma de evitar los horrores del capitalismo que vieron en Europa occidental. Pero los intentos de vivir entre los campesinos e incitarlos a la rebelión habían fracasado, y los narodniks habían recurrido a métodos de resistencia cada vez más conspiradores y violentos. En 1881 lograron asesinar al zar. Esperaban que esto provocaría una ola de resistencia entre los campesinos, pero sólo condujo a una mayor represión del Estado.

A pesar de esta represión, a mediados de la década de 1890 se produjo una ola creciente de resistencia y desafío. En 1896, cientos de estudiantes se negaron a jurar lealtad al nuevo zar y 30.000 trabajadores se declararon en huelga en la capital, San Petersburgo. Ésta fue la primera lucha, a este nivel, en Rusia y anunciaba el nacimiento de una nueva fuerza en Rusia: la clase obrera urbana.

Ese mismo año, Trotsky, con 17 años, ahora estudiante, se unió a un círculo de revolucionarios en torno a la choza de un jardinero llamado Franz Shvigovsky. El padre de Trotsky estaba extremadamente preocupado, ya que esto no era lo que tenía en mente para su hijo. Trotsky, un joven activista testarudo, decidió dejar de aceptar dinero de su familia y se mudó a la “choza revolucionaria” de Shvigovsky.

Como la mayoría de los trabajadores y estudiantes con los que entró en contacto, Trotsky al principio se llamó a sí mismo narodnik. La gente admiraba la valentía y el compromiso de los narodniks. Entre el círculo de personas que se conocieron en esta cabaña, Trotsky conoció a su primera esposa, Alexandra Sokolovskaya, que ya se hacía llamar marxista. Pocos meses después, Trotsky se llamaba también marxista. Marx había argumentado que el crecimiento del capitalismo creó una clase trabajadora que tenía la fuerza para derrocar el sistema y un interés colectivo en una verdadera revolución, una nueva forma de sociedad; les llamó los sepultureros del capitalismo. También argumentó que la liberación no podía suceder en nombre de los explotados, que la “emancipación de la clase trabajadora es un acto de la clase trabajadora”, un principio que permaneció con Trotsky durante toda su vida.

El grupo de Trotsky comenzó a hacer agitación entre los trabajadores, distribuyendo literatura revolucionaria y reclutando a trabajadores para unirse a sus discusiones. Sorprendidos por su propio éxito, pronto fueron más de 200 miembros.

La policía estaba casi igual de sorprendida por el repentino desarrollo de este pequeño grupo. Arrestaron a Trotsky junto con los demás en 1898. Trotsky fue encarcelado durante dos años, y aprovechó el tiempo para leer y escribir más ampliamente. Aquí es donde leyó por primera vez algunos de los escritos de Lenin y donde escribió lo que consideró su primera obra marxista: una historia de la masonería. También agitó entre sus compañeros prisioneros, incluyendo, la organización de una protesta que le llevó a una celda de aislamiento.

Trotsky se casó con Alexandra mientras estaba en prisión y fueron exiliados a Siberia, donde comenzó a escribir artículos periodísticos y a dar charlas sobre asuntos de actualidad y literatura. En ese momento era, por encima de todo, un revolucionario comprometido y un marxista convencido, y se estaba frustrando seriamente por estar en el exilio.

Esme Choonara

León Trotsky Guía Anticapitalista. 2020

 


La revolución permanente y la revolución de octubre

Toda teoría, al menos toda teoría que tenga alguna pretensión científica, tiene su última prueba en la práctica. Pero esta prueba práctica decisiva puede estar alejada un largo tiempo, incluso tan alejada que ocurra mucho tiempo después de la muerte del teórico, sus seguidores y sus oponentes. Al contrario de las ciencias físicas –en donde siempre es posible, en principio, realizar pruebas experimentales (aunque los medios técnicos para realizarlas puedan no estar disponibles inmediatamente)– el marxismo en cuanto ciencia del desarrollo de la sociedad (y, en realidad, sus competidores burgueses, como las pseudociencias económicas, sociológicas y demás) no puede ser evaluado de acuerdo a alguna escala arbitraria de tiempo, sino solo en el curso del desarrollo histórico e, incluso en este marco, solo provisoriamente.

La razón es bastante simple, aunque las consecuencias sean inmensamente complicadas. “Los hombres hacen su propia historia –dice Marx– pero no la hacen bajo condiciones escogidas por ellos”. Los actos “voluntarios” de millones y decenas de millones de personas que están ellas mismas condicionadas históricamente, luchando contra las limitaciones impuestas por todo el curso anterior del desarrollo histórico (el cual ellas, normalmente, ignoran), produce efectos más complejos de lo que el teórico más previsor puede anticipar. El grado en que on s’engage, et puis... on voit (avanzamos y después... vemos), que era la descripción aforística de Napoleón de su ciencia militar, siempre debe ser considerado por los revolucionarios ocupados en el intento consciente de modificar el curso de los eventos.

Los revolucionarios rusos de inicios del siglo XX fueron más afortunados que la mayoría. Para ellos la prueba decisiva llegó bastante de prisa. El año 1917 mostró a los mencheviques, opuestos en principio a participar en un gobierno no obrero, entrando en un gobierno formado por enemigos del socialismo, que continuó la guerra imperialista y trató de contener la marea revolucionaria. Se verificó en la práctica la previsión de Lenin hecha en 1905, de que ellos eran la “gironda” de la revolución rusa.

Mostró a los bolcheviques –defensores de una dictadura democrática y un gobierno revolucionario provisional de coalición– después de un período inicial de “apoyo crítico” a lo que Lenin en su retorno a Rusia llamó un “gobierno de capitalistas”, virar decisivamente hacia la toma del poder por parte de la clase trabajadora, bajo el impacto de las Tesis de Abril de Lenin, y la presión de los obreros revolucionarios que integraban sus filas.

Mostró a Trotsky brillantemente reivindicado cuando Lenin, en hechos, aunque no en palabras, adoptó la perspectiva de la revolución permanente y abandonó, sin ceremonia, la dictadura democrática.

Y también mostró a Trotsky, quien en la práctica se hallaba aislado e impotente para influir en el curso de los acontecimientos de la gran crisis revolucionaria de 1917, conduciendo en el mes de julio a su pequeño grupo de seguidores, hacia el partido de masas de los bolcheviques. Fue también el brillante reconocimiento de la larga y dura lucha de Lenin (que Trotsky había denunciado por más de una década como “sectario”) en favor de un partido obrero, libre de la influencia ideológica de “marxistas” pequeño-burgueses (en tanto tal independencia fue alcanzada con medidas organizativas).

Trotsky probó estar en lo correcto en la cuestión estratégica central de la Revolución rusa. Pero como Tony Cliff afirma, con razón, era un “general brillante sin ejército”. Trotsky nunca más olvidó este hecho. Más tarde llegó a afirmar que su ruptura con Lenin durante el período 1903-1904, sobre la cuestión de la necesidad de un partido obrero disciplinado, había sido “el mayor error de mi vida”.

La Revolución de Octubre llevó a la clase trabajadora rusa al poder. Lo hizo en el contexto de la marea ascendente de revueltas revolucionarias contra los antiguos regímenes de Europa central y, en menor grado, occidental.

La perspectiva de Trotsky, y la de Lenin luego de Abril de 1917, dependía crucialmente del éxito de la revolución proletaria en por lo menos “uno o dos” países avanzados (como Lenin, siempre cauteloso, decía).

En los hechos, el poder de los partidos socialdemócratas establecidos (los cuales mostraron, en la práctica, haberse vuelto sumamente conservadores y nacionalistas a partir de Agosto de 1914) y las vacilaciones y evasivas de los líderes de los grupos “centristas” entre las masas, provenientes de “rupturas” de la socialdemocracia ocurridas entre 1916 y 1921, contribuyeron a abortar los movimientos revolucionarios en Alemania, Austria, Hungría, Italia y en otros países antes de que los trabajadores pudiesen conquistar el poder, o donde este fue conquistado temporalmente, antes de que pudiera ser consolidado.

Duncan Hallas

León Trotsky socialista revolucionario. 2004

 


La oratoria del Líder

El Soviet de Petrogrado estaba reunido noche y día. Al entrar yo en el gran salón, Trotzki terminaba su discurso:

"Se nos pregunta -decía- si tenemos la intención de lanzarnos a la calle. Puedo dar una respuesta clara a esta pregunta. El Soviet de Petrogrado entiende que ha llegado, por fin, el momento de que el poder pase a manos de los Soviets. Esta transferencia del poder la llevará a cabo el Congreso de los Soviets de toda Rusia. ¿Será necesaria una acción armada? Eso dependerá de los que quieran oponerse al Congreso...

"Tenemos la convicción de que el actual gobierno es un gobierno impotente, lamentable, que sólo espera el escobazo de la historia para dejar su puesto a un gobierno verdaderamente popular. Nosotros continuamos esforzándonos por evitar el conflicto. Esperamos que el Congreso podrá hacerse cargo de un poder y de una autoridad que descansan en la libertad organizada del pueblo. Sin embargo, si el gobierno trata de aprovechar el poco tiempo que le queda de vida -veinticuatro, cuarenta y ocho o setenta y dos horas- para atacarnos, nuestro contrataque no se hará esperar, golpe por golpe, acero contra hierro."

John Reed

Los diez días que estremecieron al mundo. 1919

 


El poder y el sueño 

Los bolcheviques hicieron su Revolución de Octubre de 1917 con la convicción de que lo que ellos habían iniciado era "el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad". Vieron al orden burgués disolviéndose y a la sociedad clasista derrumbándose en todo el mundo, no sólo en Rusia. Creyeron que en todas partes los pueblos se rebelaban por fin contra su condición de juguetes de fuerzas productivas socialmente desorganizadas y contra la anarquía de su propia existencia. Se imaginaron que el mundo estaba plenamente dispuesto a liberarse de la necesidad de esclavizarse para subsistir, y dispuesto también a poner fin a la dominación del hombre por el hombre. Saludaron la alborada de la nueva era en que el ser humano, liberadas todas sus energías y capacidades, lograría su cabal realización. Se enorgullecieron de haber inaugurado para la humanidad "el tránsito de la prehistoria a la historia". Esta brillante visión no sólo inspiró las mentes y los corazones de los dirigentes, ideólogos y soñadores del bolchevismo, sino que alimentó asimismo la esperanza y el ardor de la masa de sus seguidores. Estos combatieron en la guerra civil sin piedad para sus enemigos ni para sí mismos porque creían que, al hacerlo así, aseguraban para Rusia y para el mundo la oportunidad de efectuar el gran salto de la necesidad a la libertad.

Cuando por fin alcanzaron la victoria, descubrieron que la Rusia revolucionaría se había excedido y se hallaba en el fondo de un pozo horrible. Ninguna otra nación había seguido su ejemplo revolucionario. Rodeada por un mundo hostil, o en el mejor de los casos indiferente, Rusia se hallaba sola, desangrada, hambrienta, aterida, consumida por las enfermedades y abrumada por el abatimiento. Entre el hedor de la sangre y la muerte, su pueblo luchaba ferozmente por un poco de aire, por un débil destello de luz, por un trozo de pan. "¿Es este", se preguntaba, "el reino de la libertad? ¿Es aquí a donde nos ha llevado el gran salto?"

¿Qué respuesta podían dar los dirigentes? Replicaron que las grandes y celebradas revoluciones del pasado habían sufrido reveses similarmente crudos, pero ello no obstante habíanse justificado a sí mismas y a su obra ante la posteridad, y que la Revolución Rusa también emergería triunfante. Nadie argumento en este sentido con mayor fuerza de convicción que el protagonista de este libro. Ante las multitudes hambrientas de Petrogrado y Moscú, Trotsky evocó las privaciones y las calamidades que la Francia revolucionaría soportó muchos años después de la destrucción de la Bastilla, y les contó como el Primer Cónsul de la República visitaba personalmente todas las mañanas el mercado de París, observaba ansiosamente las pocas carretas campesinas que traían alimentos del campo, y regresaba todas las mañanas sabiendo que el pueblo de París seguiría sufriendo hambre. [Trotsky, Obras (ed. rusa), vol. VII, pp. 318-329.] La analogía era absolutamente real, pero los parangones históricos consoladores, por verdaderos y pertinentes que fueran, no podían llenar el estómago hambriento de Rusia.

            Nadie era capaz de "precisar hasta dónde se había hundido la nación. Allá abajo, manos y pies buscaban a tientas asideros sólidos, algo en que apoyarse y algo de que agarrarse para volver a subir. Una vez que la Rusia revolucionaría hubiese logrado ascender, reanudaría seguramente el salto de la necesidad a la libertad. Pero, ¿cómo se lograría el ascenso? ¿Cómo calmar el pandemónium que imperaba en el fondo del pozo? ¿Cómo disciplinar y dirigir en el ascenso a las multitudes desesperadas? ¿Cómo podía la república soviética superar su miseria y su caos aterradores para proceder entonces a cumplir la promesa del socialismo?

En un principio los dirigentes bolcheviques no trataron de aminorar o disfrazar la situación ni de engañar a sus seguidores. Intentaron fortalecer su valor y su esperanza con palabras de verdad. Pero la verdad desnuda era demasiado dura para mitigar la miseria y atenuar la desesperación. Y así empezó a cederle lugar a la mentira consoladora que en un principio sólo trataba de ocultar el abismo que existía entre el sueño y la realidad, pero que pronto insistió en que el reino de la libertad ya había sido alcanzado... y se encontraba en el fondo del pozo. "Si el pueblo se niega a creer, hay que hacerlo creer por la fuerza." La mentira creció gradualmente hasta que se hizo refinada, compleja y vasta, tan vasta como el abismo que se proponía ocultar. Encontró sus portavoces y partidarios decididos entre los dirigentes bolcheviques que pensaban que sin la mentira y la fuerza que la apoyaba, la nación no podría ser sacada del atascadero. La mentira así concebida, sin embargo, no soportaba la confrontación con el mensaje original de la revolución. Y, por otra parte, a medida que la mentira crecía, sus exponentes no podían permanecer cara a cara o lado a lado con los dirigentes genuinos de la Revolución de Octubre, para quienes el mensaje de la revolución era y seguía siendo inviolable.

Estos últimos no elevaron inmediatamente sus voces de protesta. Ni siquiera reconocieron la falsedad enseguida, puesto que ésta se infiltraba lenta e imperceptiblemente. Los jefes de la revolución no pudieron evitar la mentira en un principio; pero después, uno tras otro, con vacilaciones y titubeos, se alzaron para denunciarla y atacarla y para esgrimir contra ella la promesa violada de la revolución. Sus voces, sin embargo, que antaño habían sido tan poderosas e inspiradoras, sonaron a hueco en el fondo del pozo y no suscitaron ninguna reacción en las multitudes hambrientas, exhaustas y acobardadas. Entre todas esas voces, ninguna vibró con tan profunda y airada convicción como la de Trotsky. Este empezó ahora a adquirir su estatura de profeta desarmado de la revolución, que, en lugar de imponer su fe por la fuerza, sólo podía apoyarse en la fuerza de su fe. 

Issac Deutscher

El Profeta Desarmado. 1954

 


Revolucionarios y propagadores de infecciones

Engels escribía que Marx y él habían permanecido toda su vida en la minoría y que “habían hecho bien”. Los períodos en los que el movimiento de la clase oprimida se eleva hasta el nivel de las tareas generales de la revolución, representan en la historia excepciones rarísimas. Las derrotas de los oprimidos son mucho más frecuentes que sus victorias. Después de cada derrota, viene un largo período de reacción, que sumerge a los revolucionarios en una situación de cruel aislamiento. Los pseudorrevolucionarios, los “caballeros de una hora”, según expresión del poeta ruso, o traicionan abiertamente en esos períodos la causa de los oprimidos, o se lanzan en busca de una fórmula de salvación que les permita no romper con ninguno de los campos. Encontrar en nuestra época una fórmula de conciliación en el dominio de la economía política o de la sociología es inconcebible: las contradicciones entre las clases han derribado definitivamente las fórmulas de los liberales, que soñaban con “armonía” y las de los reformistas demócratas. Queda el dominio de la religión y de la moral trascendente. Los “socialistas revolucionarios” rusos tratan ahora de salvar la democracia, mediante una alianza con la Iglesia. Marceau Pivert reemplaza a la Iglesia con la francmasonería. Victor Serge, según parece, todavía no ingresa a las logias, pero sin ningún trabajo encuentra el lenguaje común con Pivert contra el marxismo.

Dos clases deciden la suerte de la sociedad contemporánea: la burguesía imperialista y el proletariado. El último recurso de la burguesía es el fascismo, que reemplaza los criterios sociales e históricos por criterios biológicos y zoológicos, para libertarse así de toda limitación en la lucha por la propiedad capitalista. Sólo la revolución socialista puede salvar la civilización. El proletariado necesita toda su fuerza, toda su resolución, toda su audacia, toda su pasión, toda su firmeza para realizar la violenta conmoción. Ante todo, necesita una completa independencia respecto de las ficciones de la religión, de la “democracia” y de la moral trascendente, cadenas espirituales creadas por el enemigo para domesticarlo y reducirlo a la esclavitud. Moral es lo que prepara el derrumbe completo y definitivo de la barbarie imperialista, y nada más. La salvación de la revolución: ¡esa es la ley suprema!

Comprender claramente las relaciones recíprocas entre las dos clases fundamentales, burguesía y proletariado, en la época de su lucha a muerte, nos revela el sentido objetivo del papel de los moralistas pequeñoburgueses. Su principal rasgo es su impotencia: impotencia social, dada la degradación económica de la pequeña burguesía; impotencia ideológica, dado el terror del pequeñoburgués ante el monstruoso desencadenamiento de la lucha de clases. De ahí la aspiración del pequeñoburgués, tanto culto como ignorante, de domar la lucha de clases. Si no lo consigue con ayuda de la moral eterna (y no puede lograrlo) la pequeña burguesía se echa en brazos del fascismo, que frena la lucha de clases gracias al mito y del hacha del verdugo. El moralismo de Victor Serge y de sus semejantes es un puente de la revolución hacia la reacción. Souvarine ya está del otro lado del puente. La menor concesión a semejantes tendencias es el comienzo de la capitulación ante la reacción. Que esos propagadores de infecciones ofrezcan reglas de moral a Hitler, a Mussolini, a Chamberlain y a Daladier. En cuanto a nosotros, nos basta el programa de la revolución proletaria.

Coyoacán, a 9 de junio de 1939


León Trotsky

Su moral y la nuestra. 1938

  


Recuerdo del Abuelo

Lo recuerdo muy bien como una persona de inteligencia excepcional cuya vida entera se caracterizó por una dedicación total y absoluta a la lucha por el socialismo. Y toda su personalidad fue moldeada en esta lucha.

Como persona, fue generoso, considerado, siempre dispuesto a explicar y educar pacientemente a los camaradas políticamente, irradiando un espíritu de vitalidad, optimismo y con su fino sentido del humor, creaba un ambiente jovial y cálido en su entorno. Trabajador inagotable, no desperdició ni un minuto de su existencia.

Pero lo que más me impresionó fue su convicción absoluta e inmutable de la victoria inevitable del socialismo y del futuro de la humanidad.

Esteban Volkov-Bronstein

Ciudad de México, 5 de marzo de 2019


jueves, 20 de agosto de 2020

Trotsky: La Revolución Permanente


Hermosillo Sonora a 20 de Agosto de 2020.

Lev Davidovich Bronstein. León Trotsky. La tarde del 20 de agosto de 1940 sufrió el segundo atentado a su vida en la Ciudad de México. Falleció el día siguiente.

Después de Lenin, es considerado el segundo líder de la Revolución Rusa de 1917. Es el Brazo Armado de la Revolución. El organizador de la Revolución. El creador del Ejército Rojo. Es el fundador de la Cuarta Internacional.

Al morir Lenin en 1924, tras las purgas promovidas por Stalin, Trotsky se exilió en Turquía, en Barbizón, en Noruega y finalmente en México.

Fue un intelectual de primer nivel, desarrolló la Teoría de la Revolución Permanente. Su libro La Revolución Permanente se publicó en Alemania en 1930 en idioma ruso. Al año siguiente se tradujo al inglés, publicándose en Estados Unidos. Esta teoría fue formulada durante la Revolución Rusa de 1905.

El planteamiento de Trotsky considera el papel fundamental de la clase trabajadora como cabeza de la revolución socialista, la cual tiene un carácter internacional, es decir, que no debe limitarse a un solo país. Los referentes de esta teoría se encuentran en la corriente Jacobina de la Revolución francesa, las ideas de Marx y Engels, incluso en los socialistas anarquista Proudhon y Bakunin.

Los restos de León Trotsky los de su esposa Natalia Sedova reposan en su casa de Coyoacán, hoy Museo Trotsky.

Al conmemorarse 80 años de su muerte, se reproducen las tesis fundamentales de su obra La Revolución Permanente.



¿Qué es la Revolución Permanente?

(Tesis Fundamentales) 

1ª.– La teoría de la revolución permanente exige en la actualidad la mayor atención por parte de todo marxista, puesto que el rumbo de la lucha de clases y de la lucha ideológica ha venido a desplazar de un modo completo y definitivo la cuestión, sacándola de la esfera de los recuerdos de antiguas divergencias entre los marxistas rusos para hacerla versar sobre el carácter, el nexo interno y los métodos de la revolución internacional en general.

2ª.– Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el Poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.

3ª.– El problema agrario, y con él el problema nacional, asignan a los campesinos, que constituyen la mayoría aplastante de la población de los países atrasados, un puesto excepcional en la revolución democrática. Sin la alianza del proletariado con los campesinos, los fines de la revolución democrática no sólo no pueden realizarse, sino que ni siquiera cabe plantearlos seriamente. Sin embargo, la alianza de estas dos clases no es factible más que luchando irreconciliablemente contra la influencia de la burguesía liberal-nacional.

4ª.– Sean las que fueren las primeras etapas episódicas de la revolución en los distintos países, la realización de la alianza revolucionaria del proletariado con las masas campesinas sólo es concebible bajo la dirección política de la vanguardia proletaria organizada en Partido Comunista. Esto significa, a su vez, que la revolución democrática sólo puede triunfar por medio de la dictadura del proletariado, apoyada en la alianza con los campesinos y encaminada en primer término a realizar objetivos de la revolución democrática.

5ª.– Enfocada en su sentido histórico, la consigna bolchevista: “dictadura democrática del proletariado y de los campesinos”, no quería expresar otra cosa que las relaciones caracterizadas más arriba, entre el proletariado, los campesinos y la burguesía liberal. Esto ha sido demostrado por la experiencia de Octubre. Pero la vieja fórmula de Lenin no resolvía de antemano cuáles serían las relaciones políticas recíprocas del proletariado y de los campesinos en el interior del bloque revolucionario. En otros términos, la fórmula se asignaba conscientemente, un cierto carácter algebraico, que debía ceder el sitio a unidades aritméticas más concretas en el proceso de la experiencia histórica. Sin embargo, esta última ha demostrado, y en condiciones que excluyen toda torcida interpretación, que, por grande que sea el papel revolucionario de los campesinos, no puede ser nunca autónomo ni, con mayor motivo, dirigente. El campesino sigue al obrero o al burgués. Esto significa que la “dictadura democrática del proletariado y de los campesinos” sólo es concebible como dictadura del proletariado arrastrando tras de sí a las masas campesinas.

6ª.– La dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, en calidad de régimen distinto por su contenido de clase a la dictadura del proletariado, sólo sería realizable en el caso de que fuera posible un partido revolucionario independiente que encarnara los intereses de la democracia campesina y pequeño-burguesa en general, un partido capaz, con el apoyo del proletariado, de adueñarse del Poder y de implantar desde él su programa revolucionario. Como lo atestigua la experiencia de toda la historia contemporánea, y sobre todo, la de Rusia durante el último cuarto de siglo, constituye un obstáculo invencible en el camino de la creación de un partido campesino la ausencia de independencia económica y política de la pequeña burguesía y su profunda diferenciación interna, como consecuencia de la cual las capas superiores de la pequeña burguesía (de los campesinos) en todos los casos decisivos, sobre todo en la guerra y la revolución, van con la gran burguesía, y los inferiores, con el proletariado, obligando con ello al sector intermedio a elegir entre los polos extremos. Entre el kerenskismo y el Poder bolchevista, entre el Kuomintang y la dictadura del proletariado, no cabe ni puede caber posibilidad intermedia, es decir, una dictadura democrática de los obreros y campesinos.

7ª.– La tendencia de la Internacional Comunista a imponer actualmente a los pueblos orientales la consigna de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, superada definitivamente desde hace tiempo por la historia, no puede tener más que un carácter reaccionario. Por cuanto esta consigna se opone a la dictadura del proletariado, políticamente contribuye a la disolución de este último en las masas pequeño-burguesas y crea de este modo las condiciones más favorables para la hegemonía de la burguesía nacional, y por consiguiente, para el fracaso de la revolución democrática. La incorporación de esta consigna al Programa de la Internacional Comunista representa ya de suyo una traición directa contra el marxismo y las tradiciones bolchevistas de Octubre.

8ª.– La dictadura del proletariado, que sube al Poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente.

9ª.– La conquista del Poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional. En las condiciones de predominio decisivo del régimen capitalista en la palestra mundial, esta lucha tiene que conducir inevitablemente a explosiones de guerra interna, es decir, civil, y exterior, revolucionaria. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal, independientemente del hecho de que se trate de un país atrasado, que haya realizado ayer todavía su transformación democrática, o de un viejo país capitalista que haya pasado por una larga época de democracia y parlamentarismo.

10ª.– El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del Estado, nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte, y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa, de otra. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.

11ª.– El esquema de desarrollo de la revolución mundial, tal como queda trazado, elimina el problema de la distinción entre países “maduros” y “no maduros” para el socialismo, en el sentido de la clasificación muerta y pedante que establece el actual programa de la Internacional Comunista. El capitalismo, al crear un mercado mundial, una división mundial del trabajo y fuerzas productivas mundiales, se encarga por sí solo de preparar la economía mundial en su conjunto para la transformación socialista.

Este proceso de transformación se realizará con distinto ritmo según los distintos países. En determinadas condiciones, los países atrasados pueden llegar a la dictadura del proletariado antes que los avanzados, pero más tarde que ellos al socialismo.

Un país colonial o semicolonial, cuyo proletariado resulte aun insuficientemente preparado para agrupar en torno suyo a los campesinos y conquistar el Poder, se halla por ello mismo imposibilitado para llevar hasta el fin la revolución democrática. Por el contrario, en un país cuyo proletariado haya llegado al Poder como resultado de la revolución democrática, el destino ulterior de la dictadura y del socialismo dependerá, en último término, no tanto de las fuerzas productivas nacionales como del desarrollo de la revolución socialista internacional.

12ª.– La teoría del socialismo en un solo país, que ha surgido como consecuencia de la reacción contra el movimiento de Octubre, es la única teoría que se opone de un modo consecuente y definitivo a la de la revolución permanente.

La tentativa de los epígonos, compelidos por los golpes de la crítica, de limitar a Rusia la aplicación de la teoría del socialismo en un solo país en vista de las peculiaridades (extensión y riquezas naturales) de esta nación, no mejora, sino que empeora las cosas. La ruptura con la posición internacional conduce siempre, inevitablemente, al mesianismo nacional, esto es, al reconocimiento de ventajas y cualidades inherentes al propio país, susceptibles de permitir a éste desempeñar un papel inasequible a los demás.

La división mundial del trabajo, la subordinación de la industria soviética a la técnica extranjera, la dependencia de las fuerzas productivas de los países avanzados de Europa respecto a las materias primas asiáticas, etc., etc., hacen imposible la edificación de una sociedad socialista independiente en ningún país del mundo.

13ª.– La teoría de Stalin-Bujarin no sólo opone mecánicamente, contra toda la experiencia de las revoluciones rusas, la revolución democrática a la socialista, sino que divorcia la revolución nacional de la internacional.

A las revoluciones de los países atrasados les asigna como fin la instauración de un régimen irrealizable de dictadura democrática que contrapone a la dictadura del proletariado. Con ello introduce ilusiones y ficciones en la política, paraliza la lucha del proletariado por el Poder en Oriente y retrasa la victoria de las revoluciones coloniales.

Desde el punto de vista de la teoría de los epígonos, el hecho de que el proletariado conquiste el Poder implica el triunfo de la Revolución (“en sus nueve décimas partes”, según la fórmula de Stalin) y la iniciación de la época de las reformas nacionales. La teoría de la evolución del kulak hacia el socialismo[1] y de la “neutralización” de la burguesía mundial, son, por este motivo, inseparables de la teoría del socialismo en un solo país. Estas teorías aparecen juntas y juntas caen.

La teoría del nacional-socialismo reduce a la Internacional Comunista a la categoría de instrumento auxiliar para la lucha contra la intervención militar. La política actual de la Internacional Comunista, su régimen y la selección del personal directivo de la misma responden plenamente a esta reducción de la Internacional al papel de destacamento auxiliar, no destinado a la resolución de objetivos independientes.

14ª.– El programa de la Internacional Comunista, elaborado por Bujarin, es ecléctico hasta la médula. Dicho programa representa una tentativa estéril para conciliar la teoría del socialismo en un solo país con el internacionalismo marxista, el cual, por su parte, es inseparable del carácter permanente de la revolución internacional. La lucha de la oposición comunista de izquierda por una política justa y un régimen saludable en la Internacional Comunista está íntimamente ligada a la lucha por el programa marxista. La cuestión del programa es, a su vez, inseparable de la cuestión de las dos teorías opuestas: la de la revolución permanente y la del socialismo en un solo país. Desde hace mucho tiempo, el problema de la revolución permanente ha rebasado las divergencias episódicas, completamente superadas por la historia, entre Lenin y Trotsky. La lucha está entablada entre las ideas fundamentales de Marx y Lenin de una parte, y el eclecticismo de los centristas, de otra.

Constantinopla, 30 de noviembre de 1929.




[1] En el periodo de florecimiento de la política derechista sostenida por el bloque del centro y de la derecha, Bujarin, teorizante de dicho bloque, lanzaba a los campesinos la consigna “¡enriqueceos!”, y entendía que, en las condiciones creadas por la economía soviética, el kulak, en vez de evolucionar hacia el capitalismo, evolucionaba “pacíficamente” hacia el socialismo. Esta fue la política oficial del Partido desde 1924 hasta principios de 1928, cuando el kulak, al declarar la «huelga del trigo», hizo ver a los dirigentes del Partido que continuaba la lucha de clases en el campo.



viernes, 8 de junio de 2018

Estado, administración pública y marxismo

Karl Marx. 1875

Hermosillo, Sonora a 8 de junio de 2018.  

 
Presentación
 
El marxismo, apareció a mediados del Siglo XIX como concepción del mundo de la clase obrera; a partir de ese momento, este sistema de conocimiento se difundió a todo el mundo y su aplicación se extendió a todos los campos del conocimiento humano.
 
En el campo disciplinario de la Administración Pública, conceptos fundamentales como el de Estado y administración pública (su objeto de estudio), desde la perspectiva del marxismo, han formado parte de la profunda comprensión histórica de las contrataciones de la sociedad capitalista y los mecanismos que articulan la institución estatal y su acción organizada -la administración pública-, participando como componentes principales de la sujeción de la Sociedad a una clase dominante.
 
Teniendo como base el materialismo histórico y dialéctico, el propósito de este trabajo es reflexionar acerca de estos conceptos básicos en la concepción de la superestructura de la sociedad, en los que se conjugan principios de orden político, jurídico, ideológico, y que concretan acciones de naturaleza administrativa, económica y de dominio político.
 
El marxismo es una ciencia social sustentada en el movimiento; la dialéctica marxista constantemente se nutre y refuerza de las condiciones de vida material del hombre. Así, como su objeto de estudio, el Capitalismo, de manera ingeniosa se ha venido adecuando a las nuevas realidades que le presenta la globalización. De esta suerte, el sistema ha redefinido papeles y formas de manifestación y expresión de los actores que le dan vida. El Estado nación fue replanteado, reducido por el neoliberalismo, pero activo en las crisis del sistema y diligente agente promotor de las alianzas y acuerdos internacionales necesarios para la reproducción del capital.
 
Además, en este trabajo se reflexiona acerca de las nuevas formas de regulación del sistema capitalista durante la vigencia del neoliberalismo, y acerca del papel del Estado y su gobierno como garante de un nuevo orden social y de un esquema alternativo de acumulación de capital, en el que las clases dominantes se reagruparon sobre la idea de la preeminencia del mercado, y nuevas formas de comportamiento en donde se privilegió el individualismo y el consumo globalizado.
 
 
El materialismo histórico y dialéctico
 
Karl Heinrich Marx nació en Tréveris el 5 de mayo de 1818. En la parte final de la biografía del científico alemán escrita por Franz Mehring, el autor relató su muerte: «El desenlace fue inesperado. Carlos Marx se durmió para siempre en su sillón, dulcemente y sin dolores, el 14 de marzo de 1883.» (Mehring, 2013: 562)
 
Marx se matriculó en la Universidad de Berlín en 1836, cursando los estudios de Jurisprudencia como una disciplina secundaria de la Historia y la Filosofía. En ese ambiente se introdujo en la filosofía hegeliana, la cual era considerada la filosofía oficial del Estado prusiano y argumento base de la burocracia de ese país para sofocar cualquier intento de alteración del orden existente.
 
En este sistema propuesto por la filosofía de Hegel se considera que todo está en constante cambio, fluyendo y transformándose sin cesar, por lo que la estabilidad reconocida al Estado, aun siendo la idea moral, la razón absoluta y el fin absoluto en sí mismo, entra en contradicción con el permanente pulsar de una sociedad dividida por los intereses de las clases sociales que la integran. Bien sabía Hegel que el ejercicio de la estructura gubernamental y la aplicación del derecho en un sistema moderno de representación constitucional representan los instrumentos garantes del equilibrio que el Estado brinda al conflicto de clases.
 
Universidad de Jena
 
Con la tesis Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro, en abril de 1841 Marx alcanzó el grado de doctor por la Universidad de Jena. Marx, sin embargo, continuó con sus estudios acerca del Estado hegeliano, diferenciándose de su maestro intelectual al oponer al ideal del Estado la realidad del gran aparato de gobierno al que se someten los ciudadanos mediante la aplicación de las leyes, pero bajo el cual, las leyes naturales de la razón humana pretenden la realización de la libertad jurídica, política y moral.
 
En marzo de 1843 fue publicado un ensayo de Marx sobre la censura en Alemania, una antología llamada Anécdota de la novísima filosofía y publicística alemana; en ese mismo documento se dio a conocer el trabajo Tesis provisionales para una reforma de la filosofía de Ludwig Feuerbach. Según Mehring (2013: 75-77), la falta de respuesta de la filosofía de Hegel a los problemas de la vida material, paulatinamente habría de encontrar argumentos en las tesis de Feuerbach, al colocar al filósofo identificado con la vida y el hombre. Como crítica a la filosofía de Hegel, Marx asume la idea de que el Estado ya no es la clave del proceso histórico, sino que lo es la sociedad.
 
El estudio que hizo Marx de la Revolución francesa y su acercamiento a los trabajos de David Ricardo le permitieron comprender la dinámica de la lucha de clases ya no sólo desde una perspectiva teórica como se expresa en la filosofía hegeliana, sino desde una óptica material, tanto política como se desprende de los sucesos de la Francia revolucionaria, como en su dimensión económica, tal como lo analizaban los economistas clásicos burgueses.
 
El marxismo nos ofrece una profunda comprensión histórica de las contradicciones de la sociedad capitalista. La pretensión de Marx fue otorgar una explicación científica del desarrollo del mundo, mediante la caracterización objetiva de los mecanismos de su transformación.
 
Años después, en 1859, en el prólogo de su obra Contribución a la crítica de la Económica Política, Marx resumió la esencia de su explicación al desarrollo histórico de la sociedad, con la cual daba respuesta crítica a los argumentos de la filosofía del Derecho de Hegel:
«En la producción social de su existencia, los hombres establecen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio [Uberbau] jurídico y político y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material determina [bedingen] el proceso de la vida social, político e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia. En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, -lo cual sólo constituye una expresión jurídica de lo mismo- con las relaciones de producción dentro de las cuales se habían estado moviendo hasta ese momento. Esas relaciones se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social. Con la modificación del fundamento económico, todo ese edificio descomunal se trastoca con mayor o menor rapidez. Al considerar esta clase de trastocamientos, siempre es menester distinguir entre el trastocamiento material de las condiciones económicas de producción, fielmente comprobables desde el punto de vista de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en suma, ideológicas, dentro de las cuales los hombres cobran conciencia de este conflicto y lo dirimen. Así como no se juzga a un individuo de acuerdo a lo que éste cree ser, tampoco es posible juzgar época semejante de revolución a partir de su propia conciencia, sino que, por el contrario, se debe explicar esta conciencia a partir de las contradicciones de la vida material, a partir del conflicto existente entre fuerzas sociales productivas y relaciones de producción. Una formación social jamás perece hasta tano no se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las cuales resulta ampliamente suficiente, y jamás ocupan su lugar relaciones de producción nuevas y superiores antes de que las condiciones de existencia de las mismas no hayan sido incubadas en el seno de la propia antigua sociedad.» (Marx, 2008: 4 y 5)
 
 
Contribución a la crítica de la Económica Política. Portada

El materialismo histórico y dialéctico concibe la historia de la sociedad como la historia de la lucha de clases. En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels (s/f: 30-43) reconocieron que, al interior de cualquier sistema de producción históricamente determinado, se encuentran grupos sociales que se entrelazan en relaciones de producción necesarias para la producción y reproducción de las condiciones materiales de vida.
 
En aquellas sociedades donde el modo de producción presenta la separación de los propietarios de los medios de producción y los productores directos, donde existen relaciones de explotación, se observa la presencia de grupos sociales antagónicos, esclavos y amos, siervos y señores feudales, obreros y patrones, los cuales se diferencian por su posición en los procesos de transformación de la vida material. Al respecto, Lenin argumentó que esta división social en clases está determinada por:
«…el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que en gran parte quedan establecidas y formuladas en las leyes), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo y la proporción en que reciben la parte de la riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo del otro por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social.» (Lenin, 1976: 87)
 
Las clases sociales se asumen como grupos diferenciados entre sí, los cuales generan formas de vida y expectativas de desarrollo también diferenciadas; su situación de clase, determinada por su ubicación en el proceso de producción social, les confiere determinar, en última instancia, las caracterizaciones superestructurales de su papel social. La condición histórico material a la que queda sujeta su situación de clase, especifica, por otro lado, los requisitos que van cubriéndose para posibilitar las diversas etapas de su desarrollo: cada clase social puede actuar sobre la estructura social, sin embargo, el grado de desarrollo de las fuerzas productivas condicionará la posibilidad de su actuación. De esta manera, se concibe que la clase obrera puede, dada su situación de clase, ser la fuerza que mueva a la sociedad a un estadio superior, pero cualquier cambio estructural que pretenda ha de ir acompañado del debilitamiento de las estructuras que conllevan y que a la vez soportan a la clase capitalista, en contraposición de un fortalecimiento de la socialización de la producción, es decir, aprovechar un determinado desarrollo de las fuerzas productivas.
 
El antagonismo de las clases sociales es materia fundamental en toda la explicación marxista del desarrollo social, así, cuando Marx estudia la sociedad capitalista en El Capital, nos ofrece con gran detalle la contradicción social que se expresa en la vinculación del capital y el trabajo, en la relación del capitalista con el obrero:
«El proceso capitalista de producción reproduce, por tanto, en virtud de su propio desarrollo, el divorcio entre la fuerza de trabajo y las condiciones de explotación del obrero. Le obliga constantemente a vender su fuerza de trabajo para poder vivir y permite constantemente al capitalista comprársela para enriquecerse. (…) el proceso capitalista de producción, enfocado en conjunto o como proceso de reproducción, no produce solamente plusvalía, sino que produce y reproduce el mismo régimen del capital: de una parte, el capitalista y de la otra al obrero asalariado
…Conforme disminuye progresivamente el número de migrantes capitalistas que usurpan y monopolizan este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más numerosa y más disciplinada, más unida y más organizada por el mecanismo del mismo proceso capitalista de producción.» (Marx, 1976: 486, 487 y 648) 
 
La diferenciación de la sociedad en clases, determina, entonces, que las variadas manifestaciones de sus intereses las coloquen en situación opuesta, donde los beneficios de una clase significan el deterioro de la otra.
 
Este enfrentamiento de las clases antagónicas es lo que caracteriza a la lucha de clases; la solución de dicha lucha implica el sometimiento de una clase por otra. El análisis complejo de la lucha de clases, encuentra la visión más completa del pensamiento de Marx en el análisis que hace en: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, y La Guerra Civil en Francia, desde una perspectiva política, y, por supuesto, en El Capital, obra fundamental de su análisis económico. 
 
El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Portada


Estado y administración pública

En el análisis marxista, la existencia de las clases sociales significa que la división social del trabajo ha llegado a un nivel determinado de desarrollo que propicia la presencia de éstas en la sociedad; significa, además, que en ésta se ha originado una contradicción, donde un grupo social utiliza el trabajo de otro para poder reproducirse a sí mismo, como al sistema social que representan. Con la existencia de las clases sociales, surge la necesidad, por parte de la clase dominante, de formular y crear diversos instrumentos que puedan mantener su situación de predominio sobre el resto de los grupos sociales subordinados.
 
Como producto de la sociedad escindida en clases, el Estado surge como la fuerza necesaria para congeniar los intereses respectivos de cada una: el Estado da testimonio de la afirmación de los intereses de cada clase y de la oposición existente entre esos intereses. El Estado representa la “camisa de fuerza” de la sociedad; surge con el objetivo de ordenar a la sociedad dividida por los antagonismos de las clases sociales, a dar solución al conflicto a fin de que éstas no se destruyan entre sí.
 
La existencia del Estado tiene un momento histórico de ser. El Estado no ha existido siempre. De su origen Engels nos dice:  
«... el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera de la sociedad; tampoco es “la realidad de la idea moral”, “ni la imagen y la realidad de la razón”, como afirma Hegel, es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar pero a fin de una estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del “orden”, y ese poder nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado.» (Engels, 1977: 196)

Marx desarrolló su teoría del Estado a partir del estudio crítico del sistema capitalista, planteando esencialmente a la lucha de clases como necesaria para el desarrollo de las sociedades clasistas, pero entendiendo que el Estado y la lucha de clases se prolongan al periodo de transición hacia el comunismo, en donde la dictadura del proletariado es necesaria para poder orientar el cambio de la sociedad. Son las tareas del proletariado las que transformarán las viejas relaciones de explotación, y para ello, se ha de valer de un nuevo Estado, antítesis del Estado capitalista, a través del cual el pueblo asuma el gobierno orientado, como tarea fundamental, a acabar con la explotación del pueblo.

Lenin resume esta tradición marxista en su obra Acerca del Estado, en donde plantea la posición de los revolucionarios de octubre al decir que:
«Rechazaremos todos los viejos prejuicios de que el Estado es la igualdad para todos, pues esto es un engaño: mientras exista la explotación, no pude haber igualdad. El terrateniente no puede ser igual al obrero, el hambriento no puede ser igual al harto. Esa máquina, llamada Estado, ante la cual la gente se detiene con respeto supersticioso, dando fe a los viejos cuentos de que es el poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza, diciendo que es una mentira burguesa. Nosotros arrebatamos esta máquina a los capitalistas y nos apropiamos de ella. Con esta máquina o garrote destruiremos toda explotación; y cuando en el mundo no haya quedado la posibilidad de explotar, no hayan quedado más propietarios de tierra y de fábricas, no ocurra que unos se hartan mientras otros padecen de hambre, solamente cuando esto ya no sea posible arrojaremos esta máquina al montón de la chatarra. Entonces no habrá Estado y no habrá explotación.» (Lenin, 1979: 273)

Entender a la administración pública a partir del enfoque marxista, a través del materialismo histórico y dialéctico, lleva a reconocer, en primera instancia, la esencia clasista del Estado, de ser éste un instrumento de dominación de una clase sobre otra. Así, como reproductor de las relaciones sociales de producción dominantes, que favorecen a las clases que detentan el poder económico (y éste puede coincidir con el ejercicio del poder político), el Estado necesita materializar su acción, apoyarse en estructuras que le den vida, que puedan cristalizar su servicio a los intereses de aquellos a quienes les debe su origen: surgen, entonces, aparatos de coerción como cárceles y ejércitos, pero a la vez, también se revela en el horizonte el orden de una acción administrativa, la cual decide sobre asuntos públicos, definiendo su autoridad para someter el interés particular en función de favorecer al interés general.
 
Esto pudiera entenderse como un comportamiento neutral de la acción administrativa del Estado, sin embargo, el aparato administrativo del Estado constituye una realidad material histórica, y es susceptible de ser entendida a partir del papel que juega en la sociedad: de esta manera, se observa que, entre la sociedad civil y el poder político del Estado, queda inserta la administración pública, como instrumento del segundo y mediador ante las clases sociales que componen a la primera.
 
Como instrumento del Estado, se convierte en su medio de acción, en el instrumento por medio del cual se toman las decisiones para coordinar y subordinar a las clases sociales dominadas; no es, por lo tanto, un aparato neutral, sino que, por el contrario, la administración pública, como acción del Estado refleja su posición clasista, promoviendo con su apoyo administrativo y político la reproducción y mantenimiento de las relaciones sociales que históricamente le son propicias, las de dominación clasista.
 
Manifiesto del Partido Comunista. Portada
 
Lorenz Von Stein (1981), contemporáneo de Marx, y, como él, cultivador de la filosofía hegeliana, en 1846 reflexionando sobre los movimientos sociales reconoció que la acción o actividad del Estado tiene lugar en los órganos estatales, la cual constituye la vida exterior del Estado, y a la que se llama administración del Estado, la administración pública. A ésta le tocará según Von Stein fomentar con el respaldo de los recursos estatales el desarrollo de todos los individuos, si bien, reconoce, que asume un papel político relevante como conciliador en el conflicto de clases, y frente al interés de dominio que sobre ella ejerza la clase dominante.
 
Para el marxismo, lo que en su expresión fenoménica pudiera ser una actitud neutral, de representación del interés público por parte de la administración pública es en realidad el reflejo de la contradicción de clases sociales que ocurre en la sociedad. La administración pública aparece con el objeto e ordenar y coordinar las fuerzas antagónicas de las clases: la administración pública es un producto de la sociedad dividida en clases y, por lo tanto, debe participar activamente en el desarrollo de las circunstancias que han permitido su existencia.
 
El Estado se vale de la fuerza bruta para imponer su autoridad, pero no siempre ésta se constituye en su único vehículo, los conflictos los intenta resolver a través de respuestas menos violentas y la administración que pueda ejercer para dirimir los conflictos de clases, ya sea mediante procesos de cooptación social o de entendimientos “razonados”, o a través de apoyos económicos, o mediante la manipulación de la información ideológica, se torna, también, en una expresión de su acción.
 
Desde el punto de vista de la división del trabajo, la función general del Estado tiene una doble expresión, primero como función técnico-administrativa, donde encontramos la presencia de órganos institucionales y de un conjunto de aspectos reglamentarios tendientes a desarrollar y coordinar las actividades del Estado; junto a ella, viene formulada la función de dominación política, la cual es la que determina el papel del Estado, y además orienta a la otra expresión.
 
Desde esta perspectiva, no se pueden concebir las actividades administrativas del Estado otorgándoles una naturaleza apolítica, su “neutralidad” no existe; cualquier norma jurídica, cualquier aparato de gobierno, tiene como objetivo reproducir las circunstancias de dominación político-económica de una clase sobre otra.
 
Ahora bien, las manifestaciones particulares de la función del Estado no son restringidas solamente al ámbito político o al económico, como lo apunta Mandel (1984: 16); también se conciben formas ideológicas de dominación a través del Estado, y dentro de cada una de estas formas, los ejemplos son muy diversos, pudiendo referirse funciones del Estado dirigidas a la institucionalización, legitimidad, consenso y legalidad, coacción social, educación y propaganda, organización colectiva y política económica, así como de relaciones exteriores.
 
Podemos comprender que se requiere un análisis histórico de las formas administrativas que asumen las acciones del Estado, aunándolo al estudio de la formación socioeconómica en que se enclava; este doble trabajo no lleva a entender la función de la administración pública que se caracteriza por el nivel de desarrollo de la unidad dialéctica de las fuerzas productivas y las relaciones de producción.
 
Al igual que Marx, Engels y Lenin, Trotsky plantea que aun cuando el Estado es reflejo de la sociedad divida en clases, éste puede ser útil para construir a la sociedad sin clases, puesto que representa un gran poder, tanto político como administrativo, el que se puede ejercer a través de él y, una vez logrado tal objetivo, el Estado y la administración pública pasarían a formar parte de la historia. En su análisis de la Revolución de Octubre y de las posibilidades que se abrían al proletariado para ejercer su domino en la economía mundial, escribió:
«Nosotros, los marxistas, sabemos bien lo que es y significa el Estado, no es precisamente una imagen pasiva de los procesos económicos, como se lo presenta de un modo fatalista los cómplices socialdemócratas del Estado Burgués. El poder público puede desempeñar un papel gigantesco, sea reaccionario o progresivo, según la clase en cuyas manos caiga, pero, a pesar de todo, el Estado será siempre un arma de orden superestructural.» (Trotsky, 1979:  31)

 
Vigencia

Después de la caída del llamado socialismo real, la campaña de desprestigio hacia ese sistema económico, los gobiernos que lo representaban y el marco teórico en que se sustentaba se extendió a tal grado que el nombre de Marx y su obra fue cuestionado como causantes del deterioro de la vida de millones de personas en el mundo, de coaccionar las libertades individuales y sociales y de la derrota de un modelo de vida inferior al capitalismo.
 
Las últimas dos décadas de fin de siglo se caracterizaron por un ambiente antimarxista. Pero esto ocurría en un contexto de auge neoliberal donde los postulados proclives a la hegemonía del mercado mundial y la retracción estatal se extendieron por el orbe.
 
La crisis financiera de 2008 dio cuenta de la periodicidad de esta condición inherente al proceso de reproducción del capital, ahora en circunstancias de una economía globalizada donde los efectos se reproducen con mayor rapidez y extensión. Esta circunstancia, apunta Tarcus (2015: 8), «…vino a recordarnos que al menos el diagnóstico crítico de Marx sobre la dinámica de expansión del capitalismo, con sus crisis periódicas y con su carga de miseria, exclusión y violencia sistémica, permanece vigente.»
 
Ante el fracaso de las políticas impulsadas para la reactivación económica, las voces de protesta se alzaron para reclamar una realidad diferente a la propuesta por el capitalismo:
«Dejemos de hacer capitalismo. Éste es el eje fundamental de nuestro salto mortal, su centro de levedad. El hacer que lanzamos en contra del trabajo es la lucha por abrir cada momento, afirmar nuestra determinación contra toda predeterminación contra todas las leyes objetivas del desarrollo. Se nos presenta un capitalismo preexistente que dictamina que debemos actuar de determinadas formas, y a esto respondemos: “No, no hay capitalismo preexistente, sólo hay el capitalismo que hacemos –o no hacemos- hoy”. Y elegimos no hacerlo. Nuestra lucha es por abrir cada momento y llenarlo con una actividad que no contribuya a la reproducción del capital. Deja de hacer el capitalismo y haz otra cosa, algo no sentido, algo hermoso y disfrutable. Dejemos de crear el sistema que nos está destruyendo. Sólo vivimos una vez: ¿por qué usar nuestro tiempo para destruir nuestra propia existencia? Seguramente, podemos hacer algo mejor con nuestras vidas.» (Holloway, 2011: 278)

El Capital. Crítica a la Economía Política. Portada

El recurso de la teoría marxista volvió a ser referencia del análisis sobre el capitalismo, la acumulación del capital, las crisis y la desigualdad social. La lectura de la obra de Marx se ha renovado, guardando distancia de la visión única promovida por los gobiernos del socialismo real, e incorporando nuevas interrogantes y perspectivas de estudio a partir de la actual realidad globalizada del capital, de las instancias supranacionales que asociadas a los Estados nacionales crean las condiciones para la reproducción del capital, del consumismo exacerbado, así como del comportamiento individualizado de los agentes económicos, por una parte, pero por otra de los graves problemas vinculados a la pobreza generalizada de la población, la desigualdad e injusticia, y los desequilibrios ambientales.
 

Años atrás se había insistido en la necesidad de trascender la idea de una teoría única, tanto del proceso de acumulación del capital como del papel del Estado. Jessop argumentó que el desarrollo de «una teoría del Estado completamente determinada, debe ser rechazada. (Ya que no es posible) …que una sola teoría pueda comprender la totalidad de sus determinaciones sin recurrir al reduccionismo de un tipo u otro.» (Jessop, 1982: 211) Por lo contrario, este análisis de las sociedades capitalistas, propone el mismo autor:

« …(a) se basa en las cualidades específicas del capitalismo como modo de producción y también permite los efectos de la articulación del CMP (capitalist mode of production) con otras relaciones del trabajo social y/o privado, (b) atribuye un papel central en el proceso de acumulación de capital a la interacción entre las fuerzas de clase, (c) establece las relaciones entre las características políticas y económicas de la sociedad sin reducirse una a la otra o tratándolos como totalmente independientes y autónomos, (d) permite diferencias históricas y nacionales en las formas y funciones del Estado en las formaciones sociales capitalistas, y (e) permite no solo la influencia de las fuerzas de clase arraigadas y/o relevante para las relaciones de producción no capitalistas pero también para las fuerzas no clasistas.» (Jessop, 1982: 221)

Durante el siglo XX se presentaron dos puntos de inflexión en los que dos crisis del sistema replantearon la estrategia de acumulación de capital y pusieron a discusión el papel del Estado y su administración como partes fundamentales de los caminos trazados en su momento.
 
El crack del año 1929 reclamó la presencia estatal más allá de su papel como Estado benefactor; adicionó a sus tareas las de un agente económico capaz de reactivar, mediante el gasto público, la demanda agregada e infundir dinamismo al resto de componentes del sistema económico. Más adelante, el Estado asumió funciones de una instancia directora del desarrollo, proponiendo cambios al andamiaje institucional y a la organización del aparato gubernamental para hacer posible este dirigismo desarrollista.
 
La propuesta Keynesiana permitió dar aliento a la acumulación capitalista mediante una activa presencia del Estado en la vida económica, como empresario y entidad dirigista del desarrollo. Los ajustes institucionales promovieron la figura estatal como rector de la vida económica, el diseño de sistemas de planeación y programación de las actividades económicas, el crecimiento del aparato estatal en áreas estratégicas para el desarrollo y de la administración pública paraestatal.
 
El segundo momento se presentó con la crisis de acumulación de la década de los setenta. Esta crisis incorporó, de manera simultánea, elementos inéditos que no se observaron en el colapso de 1929: al estancamiento económico se sumaron una inflación galopante, el alza de los precios del petróleo y un profundo endeudamiento interno y externo de los gobiernos. El tratamiento que se dio a esta emergencia fue la aplicación de una renovada retórica liberal, mediante medidas de economía neoclásica. El neoliberalismo se asumió «…como un proyecto utópico con la finalidad de realizar un diseño teórico para la reorganización del capitalismo internacional, o bien como un proyecto político para restablecer las condiciones para la acumulación del capital y restaurar el poder de las elites económicas.» (Harvey, 2007: 24)
 
El proyecto neoliberal permitió, de nuevo, revitalizar la dinámica capitalista, mediante el desmantelamiento del aparato estatal, su retracción de la actividad económica, el impulso del fenómeno globalizador de la economía, con una acelerada tendencia a la concentración de la riqueza y la ampliación de la desigualdad social. Las reformas estructurales se sumaron a los ajustes institucionales que permitieron los procesos de privatización, desregulación y descentralización.
 
Sin embargo, el desencanto y preocupación por los magros resultados del programa neoliberal, particularmente después de la crisis de 2008, han llevado a la consulta de los argumentos marxistas centrados en un humanismo comprometido socialmente colocado por encima del egoísmo individualista que mueve la acumulación del capital. Los problemas del capitalismo contemporáneo, apunta Streeck, resultan de la presencia de los tres jinetes apocalípticos que lo caracterizan «-estancamiento, deuda, desigualdad– (los cuales) siguen devastando el panorama económico y político» (Streeck,2017: 33), y que, en las sociedades menos desarrolladas producen estragos asociados a las graves condiciones de vida en de amplios segmentos de la población en pobreza y extrema pobreza.

Friedrich Engels. 1840
 
Conclusión
 
En 1844 Marx definió al Estado como la «organización de la sociedad», en tanto que la administración pública es la «actividad organizadora del Estado» (Marx, 1980: 257). El reflejo de esa actividad se manifiesta en la atención, de los males y dolencias sociales. Señalaba que más allá lamentarse en las insuficiencias de la acción administrativa y de plantearse reformas que dieran vialidad a soluciones temporales de tales dolencias, el interés habría de ser puesto en la esencia del mismo Estado y su papel ante una sociedad marcada por la contradicción, la que a su vez está presente en la existencia del Estado. La solución a las dolencias sociales se encuentra en el cambio de las condiciones de vida de la población, buscando erradicar el pauperismo y haciendo posible la transformación del sistema capitalista.
 
Las condiciones de la vida social han cambiado en el siglo XXI. Pero las contradicciones y la desigualdad siguen presentes. El sistema capitalista ha evolucionado, pero su esencia se mantiene.
 
Las crisis recurrentes, la pobreza recrudecida por la desigualdad y las crisis, y los conflictos en el ámbito político resultado del fracaso de los principios e instituciones democráticos, han resquebrajado el modelo neoliberal. En este contexto, se demanda otra redefinición de Estado capaz de atender las demandas de un mundo globalizado y de una realidad inmediata concreta y contradictoria.
 
En un ambiente globalizado y regionalizado han cobrado relevancia las empresas y bancos transnacionales, actuando de manera preminente en la reproducción y acumulación de capital, en la definición de la dinámica de los mercados internacionales e, incluso en las políticas que emprenden los gobiernos nacionales en su incorporación participación en el concierto mundial. Esto conlleva, siguiendo a Jessop (2008: 263-264) a un reposicionamiento del Estado nacional, participando políticamente y con sus políticas de gobierno en la reestructuración de la estrategia del desarrollo del país respectivo, del marco institucional que le permita participar competitivamente en el mercado internacional; incluso, en este proceso el Estado y la administración pública redefinen su perfil, pasando de ser un Estado activo como empresario, dirigista y de bienestar a una institución de carácter posnacional, internacionalizado y localizado regionalmente en el mundo.
 
El modo de producción capitalista se define por la contradicción social, entre poseedores y no poseedores. Estas contradicciones lo someten a tensiones e inestabilidad permanentes: «Las tensiones y contradicciones presentes en la configuración político-económica capitalista propician como un resultado siempre posible la quiebra estructural y la crisis social del sistema.» (Streeck, 2017: 16) En estas condiciones, el Estado y las instancias gubernamentales intervienen para administrar los conflictos sociales de clase, y procurar la estabilidad económica y social.
 
Como estrategia de desarrollo seguida en los últimos 40 años, el neoliberalismo «…no ha sido muy efectiva a la hora de revitalizar la acumulación global de capital, pero ha logrado de manera muy satisfactoria restaurar o, en algunos casos (como en Rusia o en China), crear el poder de una elite económica.» (Harvey, 2007: 26) Sus resultados registran una alta concentración de la riqueza en pocas manos, en detrimento del grueso de la población que se han empobrecido agudamente y un deterioro del medio ambiente cuyos recursos han sido explotados indiscriminadamente. Como consecuencia, esto ha llevado, como lo expresó Chomsky, a que:
 «La gente se percibe menos representada y lleva una vida precaria con trabajos cada vez peores. El resultado es una mezcla de enfado, miedo y escapismo. Ya no se confía ni en los mismos hechos. (…) La desilusión con las estructuras institucionales ha conducido a un punto donde la gente ya no cree en los hechos. Si no confías en nadie, por qué tienes que confiar en los hechos. Si nadie hace nada por mí, por qué he de creer en nadie. El neoliberalismo existe, pero solo para los pobres. El mercado libre es para ellos, no para nosotros. Esa es la historia del capitalismo. Las grandes corporaciones han emprendido la lucha de clases, son auténticos marxistas, pero con los valores invertidos. Los principios del libre mercado son estupendos para aplicárselos a los pobres, pero a los muy ricos se los protege.» (Martínez Ahrens, EL PAÍS: 2018/03/06)

El futuro que ofrece el capitalismo es incierto e inseguro. Lo cierto es que las crisis y los ajustes que se implementan para controlarlas y reactivar el ciclo económico buscan establecer nuevos derroteros para concretar y acrecentar la ganancia de la clase dominante, sin preocupación por el resto de la población. Se está en la disyuntiva de considerar, como dice Holloway (2011: 277), que «La dialéctica es abierta, negativa, llena de peligros. La hora es oscura, pero puede estar precediendo a otra más oscura aún, y el amanecer puede no llegar nunca.» O bien, por el otro lado, creer que se puede cambiar para mejorar el mundo mediante un pensamiento y acción de tradición humanista, distintos a los del humanismo liberal burgués. Un humanismo que:
«Rechaza la idea de que haya una «esencia» inamovible o predeterminada de lo que significa ser humano y nos obliga a pensar en profundidad sobre cómo convertirnos en un nuevo tipo de ser humano. Unifica el Marx de El capital con el de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 y dispara al corazón de las contradicciones que cualquier programa humanista debe estar dispuesto a aceptar si quiere cambiar el mundo. Reconoce claramente que las perspectivas de un futuro feliz para la mayoría siempre se frustran por la inevitabilidad de ordenar la infelicidad de algunos otros. Una oligarquía financiera desposeída, que ya no puede disfrutar de sus almuerzos de caviar y champagne en sus yates amarrados en las Bahamas, se quejará sin duda de su destino y de la disminución de su fortuna en un mundo más igualitario. Como buenos humanistas liberales podemos incluso sentirlo un poco por ellos. Los humanistas revolucionarios se endurecen contra esa forma de pensar. Aunque podamos no aprobar este método implacable de tratar tales contradicciones, tenemos que reconocer la honradez fundamental y la concienciación de sus practicantes.» (Harvey, 2014: 277-278)

Referencias
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Martínez Ahrens, Jan. 2018. “Noam Chomsky: La gente ya no cree en los hechos”. En Periódico EL PAÍS. Entrevista en Babelia. 2018/03/06. Madrid: Ediciones EL PAÍS S.L. https://elpais.com/cultura/2018/03/06/babelia/1520352987_936609.html.
Marx, Karl. 2008. Contribución a la crítica de la Economía Política. 9ª edición. México: Siglo XXI Editores.
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Marx, Karl. 1979. “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”. En Obras Escogidas, t. I. Moscú: Editorial Progreso Moscú.
Marx, Karl y Friedrich Engels. S/f. Manifiesto del Partido Comunista. México: Ediciones de Cultura Popular.
Mehring, Franz. 2013. Marx: historia de su vida. Buenos Aires: Editorial Marat.
Streeck, Wolfgang. 2017. ¿Cómo terminará el capitalismo? Ensayos sobre un sistema en decadencia. Madrid: Traficantes de sueños.
Tarcus, Horacio. 2015. “Leer a Marx en el siglo XXI”. Introducción de Karl Marx. Antología. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores Argentina S. A.
Trotsky, León. 1979. La revolución Permanente. Barcelona: Editorial Fontamara.
Von Stein, Lorenz. 1981. Movimientos sociales y monarquía. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.