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viernes, 21 de agosto de 2020

Sobre Trotsky. El rescate de la memoria


Hermosillo Sonora a 21 de Agosto de 2020. 

Mi Vida

Cuando este libro salga a luz, habré cumplido cincuenta años. Mi cumpleaños cae en el día de la Revolución de Octubre. Un pitagórico o un místico argüirían de aquí grandes conclusiones. La verdad es que yo no he venido a parar mientes en esta curiosa coincidencia hasta que ya habían pasado tres años de las jornadas de Octubre. Hasta la edad de nueve años, viví sin interrupción en una aldea apartada del mundo. Pasé ocho estudiando en el Instituto. Al año de salir de sus aulas, fui detenido por vez primera. Mis Universidades fueron, como las de tantos otros en aquella época, la cárcel, el destierro y la emigración. Dos veces estuve preso en las cárceles zaristas, por espacio de cuatro años en total; las deportaciones del antiguo régimen me alcanzaron otras tantas veces, la primera dos años poco más o menos, la segunda unas semanas. Las dos veces pude huir de Siberia.

He vivido emigrado, en junto, unos doce años, en varios países de Europa y América: dos años antes de estallar la revolución de 1905 y hacia diez después de su represión. Durante la guerra, fui condenado a prisión en rebeldía en la Alemania de los Hohenzollers (1905); al siguiente año, expulsado de Francia a España, donde, tras breve detención en la cárcel de Madrid y un mes de estancia en Cádiz bajo la vigilancia de la policía, me expulsaron de nuevo rumbo a Norteamérica. Allí, me sorprendieron las primeras noticias de la revolución rusa de Febrero.

De vuelta a Rusia, en marzo de 1917, fui detenido por los ingleses e internado durante un mes en un campo de concentración del Canadá. Tomé parte activa en las revoluciones de 1905 y 1917, y ambos años fui Presidente del Soviet de Petrogrado. Intervine muy de cerca en el alzamiento de Octubre y pertenecí al Gobierno de los Soviets. En funciones de Comisario del pueblo para las relaciones exteriores, dirigí en Brest-Litovsk las negociaciones de paz entabladas con Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria. Ocupé el Comisariado de Guerra y Marina, y desde él dediqué cinco años a la organización del Ejército rojo y la reconstrucción de la flota. En el año 1920, me encargué, además, de dirigir los trabajos de reorganización de los ferrocarriles, que estaban en el mayor abandono.

Dejando a un lado los años de la guerra civil, la parte principal de mi vida la llena mi actividad de escritor y militante dentro del partido. Las "Ediciones del Estado" emprendieron en 1923 la publicación de mis obras completas. De entonces acá, han visto la luz, sin contar los cinco tomos en que se coleccionan mis trabajos sobre temas militares, trece volúmenes. La publicación fue suspendida en el 1927, cuando empezó a agudizarse la campaña de persecución contra el "trotskismo".

En enero de 1928 me envió al destierro el actual Gobierno ruso, y hube de pasar un año junto a la frontera china. En febrero de 1929 fui expulsado a Turquía, y escribo estas líneas en Constantinopla.

No puede decirse que mi vida, aun presentada en tan rápida síntesis, tenga nada de monótona. Más bien cabría afirmar, por el número de virajes bruscos, súbitos cambios y agudos conflictos, por los vaivenes que en ella tanto abundan, que es una vida pletórica de "aventuras". Y, sin embargo, permítaseme afirmar que nada hay que tanto repugne a mis naturales inclinaciones como una vida aventurera.

Mi amor al orden y mis hábitos conservadores puede decirse que rayan en lo pedantesco. Amo y sé apreciar el método y la disciplina. No con ánimo de paradoja, sino porque es verdad, diré que me indignan la destrucción y el desorden. Fui siempre un discípulo aplicado y puntual, dos condiciones que he conservado a lo largo de toda la vida. Durante los años de la guerra civil, cuando en mi tren cubría distancias varias veces iguales al Ecuador, me recreaba ver, de trecho en trecho, una empalizada nueva de tablas de pino. Lenin, que me conocía esta pequeña Debilidad, solía burlarse cariñosamente de mí a causa de ella.

Para mí, los mejores y más caros productos de la civilización han sido siempre -y lo siguen siendo- un libro bien escrito, en cuyas páginas haya algún pensamiento nuevo, y una pluma bien tajada con la que poder comunicar a los demás los míos propios. Jamás me ha abandonado el deseo de aprender, ¡y cuántas veces, en me-dio de los ajetreos de mi vida, no me ha atosigado la sensación de que la labor revolucionaria me impedía estudiar metódicamente! Sin embargo, casi un tercio de siglo de esta vida se ha consagrado por entero a la revolución. Y si empezara a vivir de nuevo, seguiría sin vacilar el mismo camino.

Véome obligado a escribir estas líneas en la emigración, la tercera de la serie, mientras mis mejo-res amigos, que lucharon con denuedo decisivo por ver implantada la República de los Soviets, pueblan sus cárceles y sus estepas, presos unos y otros deportados. Algunos hay que vacilan, que retroceden y se rinden al adversario. Unos, porque están moralmente agotados; otros, porque, confiados a sus solas fuerzas, son incapaces para encontrar una salida a este laberinto en que los colocaron las circunstancias; otros, en fin, por miedo a las sanciones materiales.

Es la tercera vez que presencio una deserción en, masa de las banderas revolucionarias. La primera fue tras el reprimido movimiento de 1905; la segunda, al estallar la guerra. Conozco harto bien, por experiencia, lo que son estas mareas y reflujos. Y sé que están regidos por leyes. No vale impacientarse, pues no han de cambiar de rumbo a fuerza de impaciencia. Y yo no soy de esos que acostumbran a enfocar las perspectivas históricas con el ángulo visual de sus personales intereses y vicisitudes. El deber primordial de un revolucionario es conocer las leyes que rigen los sucesos de la vida y saber encontrar, en el curso que estas leyes trazan, su lugar adecuado. Es, a la vez, la más alta satisfacción personal que puede apetecer quien no une la misión de su vida al día que pasa.

León Trotsky

Mi Vida. Prinkipo, 14 de septiembre de 1929.

 


Trotsky se convierte en revolucionario

Trotsky “tomó prestado” su nombre de uno de sus carceleros cuando escapó por primera vez de Siberia. En realidad, nació Lev Davidovich Bronstein en 1879 en un pequeño pueblo ucraniano. Sus padres vivían relativamente bien como campesinos judíos.

La Rusia en la que nació Trotsky era una sociedad represiva dominada por el zar y la Iglesia ortodoxa. La servidumbre había sido abolida menos de 20 años atrás. La mayor parte de Rusia era rural y se basaba en la agricultura campesina, aunque en las ciudades había una pequeña industria en crecimiento.

El zar presidía un país con el nivel más alto de antisemitismo del mundo antes del surgimiento de Adolf Hitler y los nazis en Alemania. El antisemitismo fue realmente alentado por el Estado, que orquestó la violencia de masas — pogroms— contra los judíos. A los judíos se les prohibió establecerse o poseer tierras en muchas partes de Rusia, razón por la cual la familia de Trotsky terminó en Ucrania.

La resistencia contra el zar en este momento tomó, principalmente, la forma de un movimiento llamado narodniks, o “Amigos del pueblo”. Éstos consideraron las tradiciones de la aldea campesina como una forma de evitar los horrores del capitalismo que vieron en Europa occidental. Pero los intentos de vivir entre los campesinos e incitarlos a la rebelión habían fracasado, y los narodniks habían recurrido a métodos de resistencia cada vez más conspiradores y violentos. En 1881 lograron asesinar al zar. Esperaban que esto provocaría una ola de resistencia entre los campesinos, pero sólo condujo a una mayor represión del Estado.

A pesar de esta represión, a mediados de la década de 1890 se produjo una ola creciente de resistencia y desafío. En 1896, cientos de estudiantes se negaron a jurar lealtad al nuevo zar y 30.000 trabajadores se declararon en huelga en la capital, San Petersburgo. Ésta fue la primera lucha, a este nivel, en Rusia y anunciaba el nacimiento de una nueva fuerza en Rusia: la clase obrera urbana.

Ese mismo año, Trotsky, con 17 años, ahora estudiante, se unió a un círculo de revolucionarios en torno a la choza de un jardinero llamado Franz Shvigovsky. El padre de Trotsky estaba extremadamente preocupado, ya que esto no era lo que tenía en mente para su hijo. Trotsky, un joven activista testarudo, decidió dejar de aceptar dinero de su familia y se mudó a la “choza revolucionaria” de Shvigovsky.

Como la mayoría de los trabajadores y estudiantes con los que entró en contacto, Trotsky al principio se llamó a sí mismo narodnik. La gente admiraba la valentía y el compromiso de los narodniks. Entre el círculo de personas que se conocieron en esta cabaña, Trotsky conoció a su primera esposa, Alexandra Sokolovskaya, que ya se hacía llamar marxista. Pocos meses después, Trotsky se llamaba también marxista. Marx había argumentado que el crecimiento del capitalismo creó una clase trabajadora que tenía la fuerza para derrocar el sistema y un interés colectivo en una verdadera revolución, una nueva forma de sociedad; les llamó los sepultureros del capitalismo. También argumentó que la liberación no podía suceder en nombre de los explotados, que la “emancipación de la clase trabajadora es un acto de la clase trabajadora”, un principio que permaneció con Trotsky durante toda su vida.

El grupo de Trotsky comenzó a hacer agitación entre los trabajadores, distribuyendo literatura revolucionaria y reclutando a trabajadores para unirse a sus discusiones. Sorprendidos por su propio éxito, pronto fueron más de 200 miembros.

La policía estaba casi igual de sorprendida por el repentino desarrollo de este pequeño grupo. Arrestaron a Trotsky junto con los demás en 1898. Trotsky fue encarcelado durante dos años, y aprovechó el tiempo para leer y escribir más ampliamente. Aquí es donde leyó por primera vez algunos de los escritos de Lenin y donde escribió lo que consideró su primera obra marxista: una historia de la masonería. También agitó entre sus compañeros prisioneros, incluyendo, la organización de una protesta que le llevó a una celda de aislamiento.

Trotsky se casó con Alexandra mientras estaba en prisión y fueron exiliados a Siberia, donde comenzó a escribir artículos periodísticos y a dar charlas sobre asuntos de actualidad y literatura. En ese momento era, por encima de todo, un revolucionario comprometido y un marxista convencido, y se estaba frustrando seriamente por estar en el exilio.

Esme Choonara

León Trotsky Guía Anticapitalista. 2020

 


La revolución permanente y la revolución de octubre

Toda teoría, al menos toda teoría que tenga alguna pretensión científica, tiene su última prueba en la práctica. Pero esta prueba práctica decisiva puede estar alejada un largo tiempo, incluso tan alejada que ocurra mucho tiempo después de la muerte del teórico, sus seguidores y sus oponentes. Al contrario de las ciencias físicas –en donde siempre es posible, en principio, realizar pruebas experimentales (aunque los medios técnicos para realizarlas puedan no estar disponibles inmediatamente)– el marxismo en cuanto ciencia del desarrollo de la sociedad (y, en realidad, sus competidores burgueses, como las pseudociencias económicas, sociológicas y demás) no puede ser evaluado de acuerdo a alguna escala arbitraria de tiempo, sino solo en el curso del desarrollo histórico e, incluso en este marco, solo provisoriamente.

La razón es bastante simple, aunque las consecuencias sean inmensamente complicadas. “Los hombres hacen su propia historia –dice Marx– pero no la hacen bajo condiciones escogidas por ellos”. Los actos “voluntarios” de millones y decenas de millones de personas que están ellas mismas condicionadas históricamente, luchando contra las limitaciones impuestas por todo el curso anterior del desarrollo histórico (el cual ellas, normalmente, ignoran), produce efectos más complejos de lo que el teórico más previsor puede anticipar. El grado en que on s’engage, et puis... on voit (avanzamos y después... vemos), que era la descripción aforística de Napoleón de su ciencia militar, siempre debe ser considerado por los revolucionarios ocupados en el intento consciente de modificar el curso de los eventos.

Los revolucionarios rusos de inicios del siglo XX fueron más afortunados que la mayoría. Para ellos la prueba decisiva llegó bastante de prisa. El año 1917 mostró a los mencheviques, opuestos en principio a participar en un gobierno no obrero, entrando en un gobierno formado por enemigos del socialismo, que continuó la guerra imperialista y trató de contener la marea revolucionaria. Se verificó en la práctica la previsión de Lenin hecha en 1905, de que ellos eran la “gironda” de la revolución rusa.

Mostró a los bolcheviques –defensores de una dictadura democrática y un gobierno revolucionario provisional de coalición– después de un período inicial de “apoyo crítico” a lo que Lenin en su retorno a Rusia llamó un “gobierno de capitalistas”, virar decisivamente hacia la toma del poder por parte de la clase trabajadora, bajo el impacto de las Tesis de Abril de Lenin, y la presión de los obreros revolucionarios que integraban sus filas.

Mostró a Trotsky brillantemente reivindicado cuando Lenin, en hechos, aunque no en palabras, adoptó la perspectiva de la revolución permanente y abandonó, sin ceremonia, la dictadura democrática.

Y también mostró a Trotsky, quien en la práctica se hallaba aislado e impotente para influir en el curso de los acontecimientos de la gran crisis revolucionaria de 1917, conduciendo en el mes de julio a su pequeño grupo de seguidores, hacia el partido de masas de los bolcheviques. Fue también el brillante reconocimiento de la larga y dura lucha de Lenin (que Trotsky había denunciado por más de una década como “sectario”) en favor de un partido obrero, libre de la influencia ideológica de “marxistas” pequeño-burgueses (en tanto tal independencia fue alcanzada con medidas organizativas).

Trotsky probó estar en lo correcto en la cuestión estratégica central de la Revolución rusa. Pero como Tony Cliff afirma, con razón, era un “general brillante sin ejército”. Trotsky nunca más olvidó este hecho. Más tarde llegó a afirmar que su ruptura con Lenin durante el período 1903-1904, sobre la cuestión de la necesidad de un partido obrero disciplinado, había sido “el mayor error de mi vida”.

La Revolución de Octubre llevó a la clase trabajadora rusa al poder. Lo hizo en el contexto de la marea ascendente de revueltas revolucionarias contra los antiguos regímenes de Europa central y, en menor grado, occidental.

La perspectiva de Trotsky, y la de Lenin luego de Abril de 1917, dependía crucialmente del éxito de la revolución proletaria en por lo menos “uno o dos” países avanzados (como Lenin, siempre cauteloso, decía).

En los hechos, el poder de los partidos socialdemócratas establecidos (los cuales mostraron, en la práctica, haberse vuelto sumamente conservadores y nacionalistas a partir de Agosto de 1914) y las vacilaciones y evasivas de los líderes de los grupos “centristas” entre las masas, provenientes de “rupturas” de la socialdemocracia ocurridas entre 1916 y 1921, contribuyeron a abortar los movimientos revolucionarios en Alemania, Austria, Hungría, Italia y en otros países antes de que los trabajadores pudiesen conquistar el poder, o donde este fue conquistado temporalmente, antes de que pudiera ser consolidado.

Duncan Hallas

León Trotsky socialista revolucionario. 2004

 


La oratoria del Líder

El Soviet de Petrogrado estaba reunido noche y día. Al entrar yo en el gran salón, Trotzki terminaba su discurso:

"Se nos pregunta -decía- si tenemos la intención de lanzarnos a la calle. Puedo dar una respuesta clara a esta pregunta. El Soviet de Petrogrado entiende que ha llegado, por fin, el momento de que el poder pase a manos de los Soviets. Esta transferencia del poder la llevará a cabo el Congreso de los Soviets de toda Rusia. ¿Será necesaria una acción armada? Eso dependerá de los que quieran oponerse al Congreso...

"Tenemos la convicción de que el actual gobierno es un gobierno impotente, lamentable, que sólo espera el escobazo de la historia para dejar su puesto a un gobierno verdaderamente popular. Nosotros continuamos esforzándonos por evitar el conflicto. Esperamos que el Congreso podrá hacerse cargo de un poder y de una autoridad que descansan en la libertad organizada del pueblo. Sin embargo, si el gobierno trata de aprovechar el poco tiempo que le queda de vida -veinticuatro, cuarenta y ocho o setenta y dos horas- para atacarnos, nuestro contrataque no se hará esperar, golpe por golpe, acero contra hierro."

John Reed

Los diez días que estremecieron al mundo. 1919

 


El poder y el sueño 

Los bolcheviques hicieron su Revolución de Octubre de 1917 con la convicción de que lo que ellos habían iniciado era "el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad". Vieron al orden burgués disolviéndose y a la sociedad clasista derrumbándose en todo el mundo, no sólo en Rusia. Creyeron que en todas partes los pueblos se rebelaban por fin contra su condición de juguetes de fuerzas productivas socialmente desorganizadas y contra la anarquía de su propia existencia. Se imaginaron que el mundo estaba plenamente dispuesto a liberarse de la necesidad de esclavizarse para subsistir, y dispuesto también a poner fin a la dominación del hombre por el hombre. Saludaron la alborada de la nueva era en que el ser humano, liberadas todas sus energías y capacidades, lograría su cabal realización. Se enorgullecieron de haber inaugurado para la humanidad "el tránsito de la prehistoria a la historia". Esta brillante visión no sólo inspiró las mentes y los corazones de los dirigentes, ideólogos y soñadores del bolchevismo, sino que alimentó asimismo la esperanza y el ardor de la masa de sus seguidores. Estos combatieron en la guerra civil sin piedad para sus enemigos ni para sí mismos porque creían que, al hacerlo así, aseguraban para Rusia y para el mundo la oportunidad de efectuar el gran salto de la necesidad a la libertad.

Cuando por fin alcanzaron la victoria, descubrieron que la Rusia revolucionaría se había excedido y se hallaba en el fondo de un pozo horrible. Ninguna otra nación había seguido su ejemplo revolucionario. Rodeada por un mundo hostil, o en el mejor de los casos indiferente, Rusia se hallaba sola, desangrada, hambrienta, aterida, consumida por las enfermedades y abrumada por el abatimiento. Entre el hedor de la sangre y la muerte, su pueblo luchaba ferozmente por un poco de aire, por un débil destello de luz, por un trozo de pan. "¿Es este", se preguntaba, "el reino de la libertad? ¿Es aquí a donde nos ha llevado el gran salto?"

¿Qué respuesta podían dar los dirigentes? Replicaron que las grandes y celebradas revoluciones del pasado habían sufrido reveses similarmente crudos, pero ello no obstante habíanse justificado a sí mismas y a su obra ante la posteridad, y que la Revolución Rusa también emergería triunfante. Nadie argumento en este sentido con mayor fuerza de convicción que el protagonista de este libro. Ante las multitudes hambrientas de Petrogrado y Moscú, Trotsky evocó las privaciones y las calamidades que la Francia revolucionaría soportó muchos años después de la destrucción de la Bastilla, y les contó como el Primer Cónsul de la República visitaba personalmente todas las mañanas el mercado de París, observaba ansiosamente las pocas carretas campesinas que traían alimentos del campo, y regresaba todas las mañanas sabiendo que el pueblo de París seguiría sufriendo hambre. [Trotsky, Obras (ed. rusa), vol. VII, pp. 318-329.] La analogía era absolutamente real, pero los parangones históricos consoladores, por verdaderos y pertinentes que fueran, no podían llenar el estómago hambriento de Rusia.

            Nadie era capaz de "precisar hasta dónde se había hundido la nación. Allá abajo, manos y pies buscaban a tientas asideros sólidos, algo en que apoyarse y algo de que agarrarse para volver a subir. Una vez que la Rusia revolucionaría hubiese logrado ascender, reanudaría seguramente el salto de la necesidad a la libertad. Pero, ¿cómo se lograría el ascenso? ¿Cómo calmar el pandemónium que imperaba en el fondo del pozo? ¿Cómo disciplinar y dirigir en el ascenso a las multitudes desesperadas? ¿Cómo podía la república soviética superar su miseria y su caos aterradores para proceder entonces a cumplir la promesa del socialismo?

En un principio los dirigentes bolcheviques no trataron de aminorar o disfrazar la situación ni de engañar a sus seguidores. Intentaron fortalecer su valor y su esperanza con palabras de verdad. Pero la verdad desnuda era demasiado dura para mitigar la miseria y atenuar la desesperación. Y así empezó a cederle lugar a la mentira consoladora que en un principio sólo trataba de ocultar el abismo que existía entre el sueño y la realidad, pero que pronto insistió en que el reino de la libertad ya había sido alcanzado... y se encontraba en el fondo del pozo. "Si el pueblo se niega a creer, hay que hacerlo creer por la fuerza." La mentira creció gradualmente hasta que se hizo refinada, compleja y vasta, tan vasta como el abismo que se proponía ocultar. Encontró sus portavoces y partidarios decididos entre los dirigentes bolcheviques que pensaban que sin la mentira y la fuerza que la apoyaba, la nación no podría ser sacada del atascadero. La mentira así concebida, sin embargo, no soportaba la confrontación con el mensaje original de la revolución. Y, por otra parte, a medida que la mentira crecía, sus exponentes no podían permanecer cara a cara o lado a lado con los dirigentes genuinos de la Revolución de Octubre, para quienes el mensaje de la revolución era y seguía siendo inviolable.

Estos últimos no elevaron inmediatamente sus voces de protesta. Ni siquiera reconocieron la falsedad enseguida, puesto que ésta se infiltraba lenta e imperceptiblemente. Los jefes de la revolución no pudieron evitar la mentira en un principio; pero después, uno tras otro, con vacilaciones y titubeos, se alzaron para denunciarla y atacarla y para esgrimir contra ella la promesa violada de la revolución. Sus voces, sin embargo, que antaño habían sido tan poderosas e inspiradoras, sonaron a hueco en el fondo del pozo y no suscitaron ninguna reacción en las multitudes hambrientas, exhaustas y acobardadas. Entre todas esas voces, ninguna vibró con tan profunda y airada convicción como la de Trotsky. Este empezó ahora a adquirir su estatura de profeta desarmado de la revolución, que, en lugar de imponer su fe por la fuerza, sólo podía apoyarse en la fuerza de su fe. 

Issac Deutscher

El Profeta Desarmado. 1954

 


Revolucionarios y propagadores de infecciones

Engels escribía que Marx y él habían permanecido toda su vida en la minoría y que “habían hecho bien”. Los períodos en los que el movimiento de la clase oprimida se eleva hasta el nivel de las tareas generales de la revolución, representan en la historia excepciones rarísimas. Las derrotas de los oprimidos son mucho más frecuentes que sus victorias. Después de cada derrota, viene un largo período de reacción, que sumerge a los revolucionarios en una situación de cruel aislamiento. Los pseudorrevolucionarios, los “caballeros de una hora”, según expresión del poeta ruso, o traicionan abiertamente en esos períodos la causa de los oprimidos, o se lanzan en busca de una fórmula de salvación que les permita no romper con ninguno de los campos. Encontrar en nuestra época una fórmula de conciliación en el dominio de la economía política o de la sociología es inconcebible: las contradicciones entre las clases han derribado definitivamente las fórmulas de los liberales, que soñaban con “armonía” y las de los reformistas demócratas. Queda el dominio de la religión y de la moral trascendente. Los “socialistas revolucionarios” rusos tratan ahora de salvar la democracia, mediante una alianza con la Iglesia. Marceau Pivert reemplaza a la Iglesia con la francmasonería. Victor Serge, según parece, todavía no ingresa a las logias, pero sin ningún trabajo encuentra el lenguaje común con Pivert contra el marxismo.

Dos clases deciden la suerte de la sociedad contemporánea: la burguesía imperialista y el proletariado. El último recurso de la burguesía es el fascismo, que reemplaza los criterios sociales e históricos por criterios biológicos y zoológicos, para libertarse así de toda limitación en la lucha por la propiedad capitalista. Sólo la revolución socialista puede salvar la civilización. El proletariado necesita toda su fuerza, toda su resolución, toda su audacia, toda su pasión, toda su firmeza para realizar la violenta conmoción. Ante todo, necesita una completa independencia respecto de las ficciones de la religión, de la “democracia” y de la moral trascendente, cadenas espirituales creadas por el enemigo para domesticarlo y reducirlo a la esclavitud. Moral es lo que prepara el derrumbe completo y definitivo de la barbarie imperialista, y nada más. La salvación de la revolución: ¡esa es la ley suprema!

Comprender claramente las relaciones recíprocas entre las dos clases fundamentales, burguesía y proletariado, en la época de su lucha a muerte, nos revela el sentido objetivo del papel de los moralistas pequeñoburgueses. Su principal rasgo es su impotencia: impotencia social, dada la degradación económica de la pequeña burguesía; impotencia ideológica, dado el terror del pequeñoburgués ante el monstruoso desencadenamiento de la lucha de clases. De ahí la aspiración del pequeñoburgués, tanto culto como ignorante, de domar la lucha de clases. Si no lo consigue con ayuda de la moral eterna (y no puede lograrlo) la pequeña burguesía se echa en brazos del fascismo, que frena la lucha de clases gracias al mito y del hacha del verdugo. El moralismo de Victor Serge y de sus semejantes es un puente de la revolución hacia la reacción. Souvarine ya está del otro lado del puente. La menor concesión a semejantes tendencias es el comienzo de la capitulación ante la reacción. Que esos propagadores de infecciones ofrezcan reglas de moral a Hitler, a Mussolini, a Chamberlain y a Daladier. En cuanto a nosotros, nos basta el programa de la revolución proletaria.

Coyoacán, a 9 de junio de 1939


León Trotsky

Su moral y la nuestra. 1938

  


Recuerdo del Abuelo

Lo recuerdo muy bien como una persona de inteligencia excepcional cuya vida entera se caracterizó por una dedicación total y absoluta a la lucha por el socialismo. Y toda su personalidad fue moldeada en esta lucha.

Como persona, fue generoso, considerado, siempre dispuesto a explicar y educar pacientemente a los camaradas políticamente, irradiando un espíritu de vitalidad, optimismo y con su fino sentido del humor, creaba un ambiente jovial y cálido en su entorno. Trabajador inagotable, no desperdició ni un minuto de su existencia.

Pero lo que más me impresionó fue su convicción absoluta e inmutable de la victoria inevitable del socialismo y del futuro de la humanidad.

Esteban Volkov-Bronstein

Ciudad de México, 5 de marzo de 2019


miércoles, 25 de octubre de 2017

Centenario de la Revolución Rusa


Hermosillo, Sonora a 25 de octubre de 2017.

¡A los Ciudadanos de Rusia!

El Gobierno provisional ha sido depuesto. El poder estatal ha pasado a manos del órgano del Sóviet de Obreros y Soldados de Petrogrado, el Comité Militar Revolucionario, que dirige al proletariado y a la guarnición de Petrogrado.
La causa por la que el pueblo ha luchado —la oferta inmediata de una paz democrática, la abolición de la propiedad de la tierra por los terratenientes, el control obrero de la industria y la creación de un Gobierno de los sóviets— ha quedado asegurada.

¡Viva la revolución de los trabajadores, soldados y campesinos!

Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Obreros y Soldados de Petrogrado
25 de octubre de 1917, 10:00 de la mañana.

Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, (1870-1924), fue el más importante líder bolchevique a cuya dirección se debe el triunfo de la Revolución Rusa de Octubre de 1917. La fecha significativa de este acontecimiento fue el 25 de octubre/7 de noviembre de 1917, correspondiente la primera al calendario Juliano vigente en el Imperio Zarista, el cual fue abolido por los bolcheviques, sustituyéndolo por el calendario Gregoriano, al que corresponde la segunda fecha.

Como Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo se convirtió en el primer dirigente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética en el año 1922. De esta manera, fue el constructor del modelo socialista nacido de la Revolución. Su lucidez intelectual hace de él uno de los pensadores más importantes del socialismo científico, el marxismo.

Con motivo del Aniversario 100 de la Revolución Rusa, se transcribe el discurso que Lenin pronunció el 6 de noviembre de 1918 en el VI Congreso Extraordinario de los Soviets de toda Rusia, ante la presencia de diputados obreros, campesinos, cosacos y soldados del Ejército Rojo, evento en el que se celebraba el primer aniversario de la Revolución de Octubre. Se trata de la versión publicada en el tomo 37 de sus Obras Completas por Editorial Progreso en 1981.



Lenin. 1921. Discurso en el 3er Congreso de la Internacional Comunista. Kremlin


Discurso conmemorativo del Primer Aniversario de la Revolución Rusa
Vladimir Ilich Uliánov, Lenin

(La aparición del camarada Lenin es acogida por una prolongada ovación. Todos se ponen en pie y saludan al camarada Lenin)

Camaradas: Conmemoramos el aniversario de nuestra revolución en momentos de importantísimos acontecimientos del movimiento obrero internacional, cuando hasta los más escépticos, hasta los que más dudaban entre la clase obrera y los trabajadores ven claro que la guerra mundial no acabará en convenios o violencias del viejo gobierno y de la vieja clase dominante, la burguesía, que la guerra lleva no sólo a Rusia, sino a todo el mundo, a la revolución proletaria mundial, a la victoria de los obreros sobre el capitalismo, que ha anegado en sangre la Tierra y muestra, después de todas las violencias y atrocidades del imperialismo alemán, la misma política por parte del imperialismo anglo-francés, apoyado por Austria y Alemania.
El día en que celebramos el aniversario de la revolución se debe lanzar una mirada al camino recorrido. Hubimos de empezar nuestra revolución en condiciones de inusitada dificultad, en las que no se encontrará ninguna de las siguientes revoluciones obreras del mundo, y por eso es de singular importancia que intentemos verter luz sobre todo el camino que hemos recorrido y ver qué hemos alcanzado en este tiempo y en qué medida nos hemos preparado en este año para nuestra tarea principal, para nuestra tarea verdadera, decisiva y fundamental. Debemos ser una parte de los destacamentos, una parte del ejército proletario y socialista de todo el mundo. Nos hemos dado siempre cuenta de que si hemos tenido que empezar la revolución, que dimanaba de la lucha de todo el mundo, no ha sido en virtud de méritos algunos del proletariado ruso o en virtud de que él estuviera delante de todos; antes al contrario, sólo la debilidad peculiar, el atraso del capitalismo y, sobre todo, las agobiadoras circunstancias estratégicas y militares nos hicieron ocupar, por la lógica de los acontecimientos, un lugar delante de otros destacamentos, sin esperar que éstos se acercasen, se alzasen. Ahora hacemos el balance a fin de enterarnos de la medida en que nos hemos preparado para acercarnos a las batallas que nos esperan en nuestra futura revolución.
Y bien, camaradas, al preguntarnos qué hemos hecho de importancia en este año, debemos decir que hemos hecho lo siguiente: del control obrero, estos primeros pasos de la clase obrera, del manejo de todos los recursos del país hemos llegado al umbral de la creación de la administración obrera de la industria; de la lucha de todos los campesinos por la tierra, de la lucha de los campesinos contra los terratenientes, de la lucha de carácter nacional, democrático y burgués hemos llegado a que en el campo se destaquen los elementos proletarios y semiproletarios, se destaquen los que más trabajan, los explotados, y se comience a edificar la nueva vida; la parte más oprimida del campo ha empezado la lucha hasta el fin contra la burguesía, incluida su propia burguesía rural, los kulaks.
Sigamos: como ha dicho acertadamente el camarada Sverdlov, al inaugurar el congreso, de los primeros pasos de la organización soviética hemos llegado al punto en que en Rusia no hay un solo rincón donde no se haya consolidado esta organización, donde no forme un todo con la Constitución soviética, redactada teniendo en cuenta la larga experiencia de lucha de todos los trabajadores y oprimidos.
De nuestra completa incapacidad defensiva, de la última guerra de cuatro años, que ha dejado en las masas no sólo el odio de los oprimidos, sino la repulsa, un cansancio tremendo y una extenuación que condenó la revolución a un período de lo más difícil y pesado, cuando estábamos indefensos ante los golpes del imperialismo alemán y austriaco, de esa incapacidad defensiva hemos pasado a tener un poderoso Ejército Rojo. Por último, y esto es lo más importante, hemos llegado del aislamiento internacional, del que padecíamos en Octubre y al principio del año en curso, a una situación en la que nuestro único, pero firme aliado, los trabajadores y oprimidos de todos los países, se han alzado al fin, cuando dirigentes del proletariado euroccidental, como Liebknecht y Adler, dirigentes que han pagado con largos meses de presidio sus audaces y heroicos intentos de levantar la voz contra la guerra imperialista, vemos que estos dirigentes están en libertad porque ha obligado a ponerlos en libertad la revolución obrera de Viena y Berlín, que crece por instantes. Del aislamiento hemos llegado a la situación de estar codo con codo y hombro a hombro con nuestros aliados internacionales. Eso es lo fundamental que hemos alcanzado este año. Y me permitiré detenerme brevemente a hablar de este camino, a hablar de esta transición.


Lenin y Trotsky. 1920. Plaza Sverdlov


Camaradas, al principio, nuestra consigna era el control obrero. Decíamos: a pesar de todas las promesas del gobierno de Kerenski, el capital continúa saboteando la producción del país y destruyéndola cada vez más. Vemos ahora que las cosas marchaban hacia la disgregación, y el primer paso fundamental obligatorio para todo gobierno socialista, obrero, debe ser el control obrero. No decretamos en el acto el socialismo en toda nuestra industria porque el socialismo puede formarse y afianzarse únicamente cuando la clase obrera aprenda a dirigir, cuando se afiance el prestigio de las masas obreras. Sin eso, el socialismo no pasa de ser un deseo. De ahí que implantáramos el control obrero, sabiendo que es un paso contradictorio, un paso incompleto, pero es necesario que los propios obreros emprendan la gran obra de crear la industria de un inmenso país sin explotadores y contra los explotadores. Y, camaradas, quien ha participado directa e incluso indirectamente en esa obra, quien ha sufrido toda la opresión, todas las atrocidades del viejo régimen capitalista ha aprendido muchísimo. Sabemos que es poco lo conseguido. Sabemos que, en el país más atrasado y arruinado, en el que tantas trabas y dificultades se ha puesto a la clase obrera, esta clase necesita un plazo largo para aprender a dirigir la industria. Estimamos que lo más importante y valioso consiste en que los propios obreros han tomado en sus manos esta dirección, en que, del control obrero, que debía seguir siendo caótico, desmembrado, artesano e incompleto en todas las ramas básicas de la industria, hemos llegado a la dirección obrera de la industria a escala nacional.
La situación de los sindicatos ha cambiado. Su tarea principal consiste ahora en enviar a representantes suyos a todas las Direcciones Generales y organismos centrales, a todas las nuevas organizaciones que han heredado del capitalismo una industria arruinada y premeditadamente saboteada y que han puesto manos a la obra sin la ayuda de todas esas fuerzas intelectuales que se plantearon desde el principio el objetivo de utilizar los conocimientos y la instrucción superior -resultado del acervo de conocimientos adquiridos por la humanidad- para frustrar la causa del socialismo, en vez de poner la ciencia al servicio de las masas en la organización de la economía pública, nacional, sin explotadores. Esa gente se ha planteado el objetivo de utilizar la ciencia para poner obstáculos, para estorbar a los obreros que han tomado en sus manos la dirección, siendo los menos preparados para ello. Y podemos decir que el obstáculo fundamental ha sido vencido. La tarea ha resultado extraordinariamente difícil. El sabotaje de todos los elementos que se inclinan hacia la burguesía ha sido roto. A pesar de los enormes impedimentos, los obreros han conseguido dar este paso fundamental que ha echado los cimientos del socialismo. No exageramos ni tememos lo más mínimo decir la verdad. Sí, se ha hecho poco para alcanzar el objetivo final; pero se ha hecho mucho, muchísimo, para consolidar esos cimientos. Al hablar del socialismo, no se puede hablar de la edificación consciente de los cimientos entre las más amplias masas obreras en el sentido de que esas masas hayan tomado los libros y leído un folleto; la conciencia consiste en este caso en que han emprendido con su propia energía, con sus propias manos una obra de extraordinaria dificultad, han cometido millares de errores y han sufrido ellos mismos las consecuencias de cada uno de ellos, en que cada error les templaba y forjaba en la organización de la dirección de la industria, hoy ya realidad con firme base. Han llevado su labor hasta el fin. Esta labor no se efectuará ahora como antes; ahora, toda la masa obrera, no sólo los jefes y los trabajadores de vanguardia, sino verdaderamente los más amplios sectores saben que ellos mismos edifican el socialismo con sus propias manos, que han colocado ya sus cimientos y que no hay en el interior del país fuerza capaz de impedirles llevar a término esta obra.
Si en lo que se refiere a la industria hemos encontrado tan grandes dificultades, si en ese terreno hemos debido recorrer un camino que a muchos les parece largo, pero que en realidad es corto, y que nos ha llevado del control obrero a la administración obrera, en el campo, que es el más atrasado, hemos debido realizar una labor preparatoria mucho mayor. Y quienes han observado la vida rural, quienes han tenido contacto con las masas campesinas en las propias aldeas dicen: la Revolución de Octubre en las ciudades se ha convertido en verdadera Revolución de Octubre para el campo sólo durante el verano y el otoño de 1918. Y en esta cuestión, camaradas, cuando el proletariado petrogradense y los soldados de la guarnición de esta ciudad tomaron el poder, sabían perfectamente que la organización de la nueva vida en el campo presentaría grandes dificultades; que en esta labor sería necesario avanzar de manera más gradual, que constituiría el mayor absurdo intentar imponer por decreto y por ley el laboreo colectivo de la tierra; que eso podría ser aceptado por un insignificante número de campesinos conscientes, pero que la inmensa mayoría de los campesinos no se planteaba esa tarea. Y por eso nos limitamos a lo que era absolutamente indispensable para el desarrollo de la revolución: no adelantarse en modo alguno al desarrollo de las masas, sino esperar que el avance dimane de la propia experiencia de esas masas, de su propia lucha. En Octubre nos limitamos a barrer de un solo golpe al enemigo secular de los campesinos, al terrateniente feudal, al propietario de los latifundios. Eso era la lucha campesina general. Entonces aún no existía en el seno del campesinado la división entre proletariado, semiproletariado, campesinado pobre y burguesía. Nosotros, socialistas, sabíamos que sin esa lucha no existiría el socialismo; pero sabíamos también que no bastaba que lo supiéramos nosotros, que era necesario que lo comprendieran millones de seres, no a través de la propaganda, sino como resultado de su propia experiencia, y por eso, cuando todo el campesinado en su conjunto se imaginaba la revolución basada exclusivamente en el usufructo igualitario de la tierra, dijimos abiertamente en nuestro decreto del 26 de octubre de 1917 que tomábamos como base el mandato campesino sobre la tierra.
Dijimos claramente que ese mandato no respondía a nuestros puntos de vista, que eso no era comunismo; mas no impusimos a los campesinos lo que no respondía a sus puntos de vista y respondía exclusivamente a nuestro programa. Declaramos que marchábamos con ellos como con camaradas trabajadores, seguros de que el desarrollo de la revolución habría de conducir a la misma situación a que hemos llegado y, como resultado, vemos el movimiento campesino. La reforma agraria se inició con esa socialización de la tierra que hemos aprobado nosotros mismos, con nuestros votos, diciendo francamente que no coincide con nuestras opiniones, sabiendo que la inmensa mayoría comparte la idea del usufructo igualitario de la tierra y no queriendo imponerle nada a aquélla, esperando que el campesinado se desembarazara de eso por sí mismo y marchara adelante. Hemos esperado todo lo necesario y hemos sabido preparar nuestras fuerzas.
La ley que aprobamos entonces se basaba en los principios democráticos generales, en lo que une al campesino rico, al kulak, con el campesino pobre; el odio al terrateniente; se basaba en la idea general de la igualdad, que era, sin duda alguna, una idea revolucionaria contra el viejo régimen de la monarquía. Y de esa ley debíamos pasar a la división en el seno del campesinado. Aplicamos la ley de socialización de la tierra con el asentimiento general. Esa ley fue aprobada unánimemente por nosotros y por los que no compartían los puntos de vista de los bolcheviques. En la solución del problema de quién debe poseer la tierra concedimos prioridad a las comunas agrícolas. Dejamos abierto el camino para que la agricultura pudiera desarrollarse, basada en los principios socialistas, sabiendo perfectamente que entonces, en octubre de 1917, no estaba en condiciones de emprender ese camino. Con nuestra preparación hemos esperado hasta conseguir un gigantesco paso de importancia histórica universal, que no ha sido dado aún en ninguno de los Estados republicanos más democráticos. Ese paso lo ha dado este verano toda la masa campesina, incluso en las aldeas rusas más apartadas. Cuando las cosas llegaron al desorden en el abastecimiento, al hambre; cuando como consecuencia de la vieja herencia y de los cuatro años malditos de guerra, cuando con los esfuerzos de la contrarrevolución y de la guerra civil nos fue arrebatada la zona más cerealista; cuando todo eso alcanzó el punto culminante y el peligro del hambre amenazó a las ciudades, el único baluarte de nuestro poder, el más fiel y seguro, el obrero avanzado de las ciudades y de las zonas industriales marchó unánime al campo. Calumnian quienes dicen que los obreros marcharon al campo para dar principio a la lucha armada entre los obreros y los campesinos. Los acontecimientos refutan esa calumnia. Los obreros marcharon para oponer resistencia a los elementos explotadores del campo, a los kulaks, que han amasado riquezas inauditas especulando con el trigo mientras el pueblo se moría de hambre. Marcharon para ayudar a los campesinos trabajadores pobres, a la mayoría de la aldea. Y que no fueron en vano, que tendieron su mano de alianza, que su trabajo preparatorio se fundió con la masa, lo ha demostrado plenamente julio, la crisis de julio, cuando la sublevación de los kulaks se extendió por toda Rusia. La crisis de julio terminó en que en las aldeas se levantaron por doquier los elementos trabajadores explotados, se levantaron junto con el proletariado de las ciudades. El camarada Zinóviev me ha comunicado hoy por teléfono que al Congreso regional de comités de campesinos pobres, que se está celebrando en Petrogrado, asisten 18.000 personas y que en él reinan entusiasmo y animación extraordinarios. A medida que lo que ocurre en toda Rusia va adoptando una forma más evidente, los pobres del campo, al alzarse, han visto la lucha con los kulaks por propia experiencia, han visto que para abastecer de víveres la ciudad, que para restablecer el intercambio de mercancías -sin el cual no puede vivir el campo- no se puede marchar con la burguesía rural y con los kulaks. Hay que organizarse aparte. Y nosotros hemos dado ahora el primer paso grandioso de la revolución socialista en el campo. En Octubre no podíamos darlo. Comprendimos ese momento cuando pudimos ir a las masas, y ahora hemos logrado que haya empezado la revolución socialista en el campo, que no exista una sola aldea apartada en la que no sepan que si el hermano rico, el hermano kulak especula con trigo, enfoca todos los acontecimientos actuales desde el viejo punto de vista retrógrado.
Y bien, la economía rural, los pobres del campo, uniéndose estrechamente a sus jefes, los obreros urbanos, sólo ahora proporcionan los cimientos definitivos y firmes para la verdadera edificación socialista. Sólo ahora empezará en el campo la edificación socialista. Sólo ahora se organizarán los Soviets y haciendas que tiendan sistemáticamente al laboreo colectivo de la tierra a gran escala, al aprovechamiento de los conocimientos, de la ciencia y de la técnica, sabiendo que, en el terreno de la época vieja, reaccionaria y oscurantista es imposible hasta la cultura humana más simple y elemental. En este terreno, la labor es más difícil que en la industria. En este terreno son mayores aún las equivocaciones de nuestros comités locales y de los Soviets rurales. Aprenden en las equivocaciones. Nosotros no tememos las equivocaciones cuando las cometen las masas, que tienen una actitud consciente ante la edificación, porque sólo confiamos en la propia experiencia y en el propio trabajo.
Pues bien, la mayor revolución que nos ha traído en plazo tan breve al socialismo en el campo muestra que toda esta lucha ha sido coronada por el éxito. Lo muestra de la manera más evidente el Ejército Rojo. Sabéis en qué situación hemos estado en la guerra imperialista mundial, cuando Rusia se vio en una situación en la que las masas populares no podían soportarla. Sabemos que entonces nos vimos en la situación más desamparada. Dijimos abiertamente toda la verdad a las masas obreras. Denunciamos los tratados imperialistas secretos de la política que sirve de instrumento más grande de engaño, política que ahora, en Norteamérica, la república democrática del imperialismo burgués más avanzada, engaña a las masas como nunca y les toma el pelo. Cuando el carácter imperialista de la guerra quedó claro para todos, el único país que desmoronó hasta los cimientos la política exterior secreta de la burguesía fue la República Soviética de Rusia. Denunció los tratados secretos y dijo por boca del camarada Trotski, dirigiéndose a los países de todo el mundo; os llamamos a que terminéis esta guerra por vía democrática, sin anexiones ni contribuciones, y decimos abiertamente y con orgullo la dura verdad, pero la verdad, al fin y al cabo, que para acabar esta guerra hace falta la revolución contra los gobiernos burgueses. Nuestra voz quedó sola. Por ello hubimos de pagar con una paz de inverosímiles dureza y sacrificio que nos impuso el tiránico Tratado de Brest, que sembró el abatimiento y la desesperación entre muchos simpatizantes. Eso fue porque estábamos solos. Pero cumplimos con nuestro deber y dijimos a todos. ¡Tales son los fines de la guerra! Y si se desbordó sobre nosotros el alud del imperialismo alemán fue porque hacía falta un gran lapso para que nuestros obreros y campesinos llegasen a una organización sólida. Entonces carecíamos de ejército; teníamos el viejo ejército desorganizado de los imperialistas, que llevaban a la guerra por fines que los soldados no compartían y con los que no simpatizaban. Resultó que hubimos de pasar por un período muy doloroso. Fue un período en el que las masas debían descansar de la atormentadora guerra imperialista y comprender que empezaba otra guerra. Tenemos derecho a llamar guerra nuestra la guerra en que defendamos nuestra revolución socialista. Eso tenían que comprenderlo por experiencia propia millones y decenas de millones. Se tardaron meses en ello. Esa conciencia se fue abriendo paso durante mucho tiempo y a duras penas. Pero en el verano de este año quedó claro para todos que se había abierto paso al fin, que el viraje se había empezado, que el ejército, producto de la masa popular, el ejército, que se sacrifica, que después de la sangrienta matanza de cuatro años va otra vez a la guerra, para que ese ejército combata por la República Soviética necesita nuestro país que el cansancio y la desesperación de la masa, que va a esa guerra, sean sustituidos por una conciencia clara de que van a morir verdaderamente por su causa: por los Soviets obreros y campesinos, por la república socialista. Eso lo hemos logrado.


Lenin y Trotsky en el segundo aniversario de la Revolución Rusa


Las victorias que este verano obtuvimos sobre el cuerpo de ejército checoslovaco y las noticias de las victorias que se reciben y alcanzan enormes proporciones demuestran que se ha dado un viraje y que la tarea más difícil, la de formar unas masas socialistas organizadas y conscientes, se ha cumplido después de una dolorosa guerra de cuatro años. Esa conciencia ha calado hondo en las masas. Decenas de millones han comprendido que están dedicados a una obra difícil. Y en ello está la garantía de que, aunque se proponen atacarnos las fuerzas del imperialismo mundial, que son más vigorosas que nosotros ahora, que, aunque nos rodeen ahora los soldados de los imperialistas, que han comprendido el peligro del Poder soviético y arden en deseos de asfixiarlo, a pesar de que decimos la verdad, de que no ocultamos que son más fuertes que nosotros, no nos dejamos llevar por la desesperación.
Nosotros decimos: ¡Avanzamos, la República Soviética avanza! La causa de la revolución proletaria avanza con más rapidez de lo que se acercan las fuerzas de los imperialistas. Estamos llenos de esperanza y seguridad en que defendemos los intereses no sólo de la revolución socialista rusa, sino en que hacemos la guerra en defensa de la revolución socialista mundial. Nuestras esperanzas en la victoria crecen con más rapidez porque crece la conciencia de nuestros obreros. ¿Qué era la organización soviética en octubre del año pasado? Eran los primeros pasos. No podíamos amoldarla, hacerla llegar a una situación determinada, a la situación actual, y ahora tenemos la Constitución soviética. Sabemos que esta Constitución soviética fue aprobada en julio, que no ha sido inventada por una comisión cualquiera, que no ha sido redactada por jurisconsultos ni copiada de otras constituciones. En el mundo no ha habido otras constituciones como la nuestra. En ella está refrendada la experiencia de lucha y organización de las masas proletarias contra los explotadores así dentro del país como en todo el mundo. Tenemos en nuestro haber experiencia de lucha.


 (Aplausos)


Y esta experiencia es una confirmación evidente de que los obreros organizados han creado el Poder soviético sin funcionarios, sin ejército permanente, sin privilegios concedidos de hecho en beneficio de la burguesía y han colocado en las fábricas los cimientos de la nueva edificación. Nos ponemos manos a la obra, incorporando a los nuevos colaboradores que nos hacen falta para aplicar la Constitución soviética. Para ello tenemos listo personal recién reclutado, jóvenes campesinos que debemos incorporar al trabajo y nos ayudarán a llevar la obra hasta el fin.
Hablaré ahora del último punto en que quiero detenerme: de la situación internacional. Estamos hombro a hombro con nuestros camaradas internacionales y nos hemos convencido de cuánta resolución y energía ponen en expresar la seguridad en que la revolución proletaria rusa seguirá con ellos como una revolución internacional.
En la medida en que ha venido creciendo la importancia internacional de la revolución, ha venido creciendo y reforzándose la rabiosa cohesión de los imperialistas de todo el mundo. En octubre de 1917 consideraban nuestra república un caso curioso al que no valía la pena conceder atención; en febrero la consideraban un experimento socialista que no merecía tenerse en cuenta. Pero el ejército de la República ha ido creciendo y fortaleciéndose: ha cumplido la misión más difícil de crear el Ejército Rojo socialista. En virtud del avance y el éxito de nuestra causa ha venido aumentando la resistencia y el odio rabiosos de los imperialistas de todos los países, los cuales han hecho a los capitalistas anglo-franceses, que pregonaban a voz en grito su enemistad a Guillermo, estar a punto de unirse con ese mismo Guillermo en la lucha por asfixiar a la República Soviética Socialista, ya que han visto que ha dejado de ser un caso curioso y un experimento socialista y se ha convertido en un foco verdadero, en un foco efectivo de la revolución socialista mundial. Por eso, en la medida en que han sido mayores los éxitos de nuestra revolución, ha venido aumentando el número de nuestros enemigos. Debemos darnos cuenta, sin ocultar lo más mínimo la gravedad de nuestra situación, de lo que tenemos que hacer en adelante. Pero iremos a ello, y no vamos ya solos, sino con los obreros de Viena y Berlín, que se alzan a la misma lucha y aportarán, quizás, mayores disciplina y conciencia a nuestra causa común.
Camaradas, para mostraros cómo se echa encima de nuestra República Soviética el nublado y qué peligros nos acechan, os leeré el texto completo de una nota que el Gobierno alemán nos ha hecho llegar por mediación de su consulado:

“Al Comisario del Pueblo para las Relaciones Exteriores, G. V. Chicherin, Moscú, 5 de noviembre de 1918.

Por encargo del Gobierno imperial alemán, el Consulado Imperial Alemán tiene el honor de comunicar a la República Federativa de Rusia lo que sigue: el Gobierno alemán se ha visto obligado a elevar por segunda vez una protesta con motivo de las declaraciones hechas por entidades oficiales rusas, las cuales, a pesar de las disposiciones del artículo 2 del Tratado de Paz de Brest, llevan a cabo una campaña intolerable contra las instituciones públicas alemanas. Además, no considera posible limitarse a protestar contra dicha campaña, la cual no sólo viola las disposiciones indicadas en el tratado, sino que entraña una trasgresión de las habituales prácticas internacionales. Cuando después de haber concluido el Tratado de Paz, el Gobierno soviético estableció su representación diplomática en Berlín, se indicó en forma clara al representante de Rusia, señor Ioffe, que debía abstenerse de hacer en Alemania agitación o propaganda algunas. La respuesta de éste fue que conocía el artículo 2 del Tratado de Brest y que sabía que, como representante de una potencia extranjera, no debía inmiscuirse en los asuntos internos de Alemania. Por ello, tanto el señor Ioffe como los organismos que de él dependen, gozaban en Berlín de la habitual atención y confianza que se otorga a las representaciones extranjeras que tienen derechos de extraterritorialidad. Sin embargo, esta confianza ha sido defraudada. De un tiempo a esta parte ha quedado claro ya que la representación diplomática rusa ha mantenido estrecho contacto con determinados elementos que actúan para derrocar el régimen estatal de Alemania y, utilizando dichos elementos, ha mostrado interés en el movimiento orientado a derrocar el régimen existente en Alemania. Merced al incidente ocurrido el 4 del mes en curso, se ha puesto en claro que la representación rusa introduce en el país hojas volantes que exhortan a la revolución, tomando así incluso parte activa en los movimientos que tienen como objetivo derribar el régimen existente y abusando con ello del privilegio de utilizar correos diplomáticos. Debido al deterioro causado durante el transporte a uno de los cajones del equipaje oficial del correo ruso que llegó ayer a Berlín, se ha comprobado que contenía hojas volantes revolucionarias impresas en alemán y destinadas a ser distribuidas en Alemania. La actitud adoptada por el Gobierno soviético ante la manera de resarcir el asesinato del Embajador imperial, conde de Mirbach, es un motivo más de queja para el Gobierno alemán. El Gobierno ruso prometió solemnemente hacer cuanto estuviera a su alcance para castigar a los culpables. Sin embargo, el Gobierno alemán no ha podido registrar indicio alguno de que se haya iniciado la búsqueda o el castigo de los culpables o de que se haya propuesto hacerla. Los asesinos huyeron del edificio, el cual estaba acordonado por agentes de la seguridad pública del Gobierno ruso. Los instigadores del crimen, que han reconocido públicamente haberlo planeado y preparado, siguen hasta el día de hoy gozando de impunidad, y a juzgar por las noticias recibidas, incluso han sido amnistiados. El Gobierno alemán protesta contra esta violación del tratado y del derecho público y ha de exigir del Gobierno ruso garantías de que en adelante se evitará toda agitación y propaganda que vulnere el Tratado de Paz. Ha de insistir, además, en que se purgue el asesinato del Embajador, conde de Mirbach, castigando a los homicidas y quienes los instigaron. El Gobierno alemán ha de solicitar del Gobierno de la República Soviética que retire a sus representantes diplomáticos y otros que tenga en Alemania mientras no se hayan satisfecho estos requerimientos. Hoy se ha comunicado al representante de Rusia en Berlín que se pondrá a su disposición un tren expreso para que pueda salir del país el personal diplomático y consular, así como los demás representantes oficiales de Rusia que se encuentran en la capital alemana; el tren partirá mañana por la tarde, y se tomarán todas las medidas pertinentes para que todo el personal pueda llegar sin obstáculos hasta la frontera rusa. Se ruega al Gobierno soviético que se preocupe a la vez de dar a los representantes alemanes que se encuentran en Moscú y Petrogrado la posibilidad de abandonar el país, observando todos los requisitos que impone el deber de cortesía. Se pondrá en conocimiento de los otros representantes de Rusia que se encuentren en Alemania, así como de los representantes oficiales alemanes que se hallen en otros lugares de Rusia, que deben emprender el viaje en el plazo de una semana, los primeros para Rusia, y los segundos para Alemania. El Gobierno alemán se permite manifestar que confía en que su personal oficial mencionado en último orden gozará también, en el momento de partir, de las debidas atenciones que impone la cortesía, y en que, a los súbditos alemanes o personas acogidas a la jurisdicción alemana, en caso de que lo solicitaran, se les permitirá abandonar el país sin inconvenientes”.

Camaradas, todos estamos al cabo de la calle de que el Gobierno alemán sabía de sobra que en la Embajada rusa eran bien recibidos los socialistas alemanes, y no los partidarios del imperialismo alemán, gente que nunca traspuso los umbrales de la Embajada rusa. Sus amigos eran los socialistas adversarios de la guerra que simpatizaban con Carlos Liebknecht. Desde que se estableció la Embajada, ellos fueron sus visitantes, y sólo con ellos mantuvimos relaciones. De todo eso estaba muy bien enterado el Gobierno alemán, que vigila a cada representante de nuestro Gobierno con tanto celo como lo hacía Nicolás II con nuestros camaradas. Y si el Gobierno alemán adopta ahora esa actitud no es porque haya cambiado algo, sino porque antes se creía más fuerte y no temía que las llamas de una casa incendiada en las calles de Berlín se propagaran a toda Alemania. El Gobierno alemán ha perdido la cabeza y piensa apagar el incendio, que abarca a todo el país, dirigiendo sus extintores policíacos a una sola casa.

 (Clamorosos aplausos)

Esto es simplemente ridículo. Si el Gobierno alemán se dispone a anunciar la ruptura de las relaciones diplomáticas, declaramos que nosotros lo sabíamos y que orienta todos sus esfuerzos a concertar una alianza con los imperialistas anglo-franceses. Sabemos que el gobierno de Wilson ha recibido numerosos telegramas con la petición de que no se retiren las tropas alemanas de Polonia, Ucrania, Estlandia y Liflandia, pues, aunque esos imperialistas son enemigos del imperialismo alemán, dichas tropas cumplen una misión de ellos: la de reprimir a los bolcheviques. Podrán retirarse sólo cuando lleguen allí “tropas liberadoras” de la Entente para estrangular a los bolcheviques.
Eso lo sabemos de sobra: por ese lado nada nos pillará por sorpresa. Decíamos sólo que ahora, cuando Alemania está en llamas y toda Austria arde, cuando se han visto obligados a poner en libertad a Liebknecht y permitirle ir a la Embajada rusa, donde se celebraba una reunión general de socialistas rusos y alemanes encabezada por Liebknecht, el paso dado por el Gobierno alemán no es tanto una prueba de que quiere luchar, sino más bien de que ha perdido totalmente la cabeza y que va, desesperado, de un lado a otro en busca de una solución, porque contra Alemania avanza el enemigo más encarnizado, el imperialismo anglo-norteamericano, un enemigo que aplastó a Austria con una paz cien veces más expoliadora que la paz de Brest. Alemania comprende que estos liberadores también quieren aplastarla a ella, despedazarla y martirizarla. Al mismo tiempo, se alza el obrero alemán. El ejército alemán no resultó ineficaz y sin capacidad de combatir porque se hubiera relajado su disciplina, sino porque los soldados, que se negaban a pelear fueron trasladados del frente oriental al occidental de Alemania y llevaron con ellos lo que la burguesía llama bolchevismo mundial.


V. I. Lenin


Esa es la causa de que el ejército alemán no tuviese capacidad de combate y de que este documento sea la mejor prueba del desconcierto del Gobierno de Alemania. Afirmamos que dicho documento motivará la ruptura de las relaciones diplomáticas, y quizás lleve incluso a la guerra si dicho gobierno cuenta con fuerzas para dirigir tropas de guardias blancos. Por eso hemos enviado a todos los Soviets de diputados un telegrama que termina en una exhortación a estar alerta, a prepararse y poner en tensión todas las fuerzas, pues esto es otra prueba de que el imperialismo internacional se propone el objetivo principal de dar al traste con el bolchevismo. Ello significa vencer no sólo a Rusia, sino también, en cada país, a los obreros propios. Mas no lo conseguirán, aunque empleen las mayores brutalidad y violencia en alcanzar su propósito. Estas fieras se preparan, preparan una campaña contra Rusia desde el Sur, a través de los Dardanelos, o por Bulgaria y Rumania; negocian para formar un ejército de guardias blancos en Alemania y lanzarlo contra Rusia. Nos damos perfecta cuenta de este peligro y decimos con franqueza: camaradas, el año de trabajo que hemos realizado no ha sido en vano; hemos colocado los cimientos y nos hallamos ante batallas decisivas que lo serán de verdad. Pero no avanzamos solos: el proletariado de Europa Occidental se ha alzado y no ha dejado piedra sobre piedra en Austria- Hungría. El gobierno de ese país es tan flojo, está tan desconcertado y ha perdido tanto la cabeza como el gobierno de Nicolás Románov a fines de febrero de 1917. Nuestra consigna debe ser: ¡poned una vez más todas las fuerzas en la lucha, sin olvidar que nos aproximamos a la batalla final, a la batalla decisiva en aras de la revolución socialista mundial, y no sólo de la rusa!
Sabemos que las fieras del imperialismo son todavía más fuertes que nosotros, que pueden volcar sobre nosotros y nuestro país las violencias, las atrocidades y tormentos más desenfrenados, pero no pueden vencer a la revolución mundial. Están posesos de un odio cerril, y por ello nos decimos a nosotros mismos: pase lo que pase, cada obrero y cada campesino de Rusia cumplirá con su deber y entregará la vida si así lo exige la defensa de la revolución. Decimos: pase lo que pase, cualesquiera que sean las calamidades que nos envíen los imperialistas, no se salvarán. ¡El imperialismo sucumbirá, y la revolución socialista internacional triunfará contra viento y marea!

(Clamorosos aplausos que se transforman en prolongada ovación)