Hermosillo, Sonora a 14 de febrero
de 2026.
Vicente
Ramón Guerrero Saldaña, nació el 10 de agosto de 1782 en Tixtla, en la entonces
Intendencia de México, es una de las figuras más emblemáticas de la historia
nacional. De origen indígena nahua y afrodescendiente, su vida representa la
lucha por la libertad, la justicia y la igualdad en un país marcado por
profundas desigualdades sociales desde la época colonial.
Guerrero
se destacó como uno de los principales líderes insurgentes durante la Guerra de
Independencia de México, especialmente en la etapa de resistencia entre 1816 y
1821. En un momento en que el movimiento parecía debilitado, su persistencia
mantuvo viva la causa independentista en el sur del país. Su liderazgo y
convicción resultaron fundamentales para el desenlace del conflicto. Un momento
clave de su trayectoria fue el histórico Abrazo de Acatempan en 1821, mediante
el cual pactó con Agustín de Iturbide la unión de fuerzas insurgentes y
realistas, dando origen al Ejército Trigarante y culminando con la consumación
de la Independencia el 27 de septiembre de ese mismo año.
Tras
la independencia, Guerrero continuó formando parte activa de la vida política
de la nueva nación. Participó en el gobierno provisional y ocupó el cargo de
ministro de Guerra y Marina. En 1829 asumió la presidencia de México en un
contexto político complejo, aunque su mandato fue breve. Durante ese periodo
destacó por su firme compromiso con la justicia social, evidenciado en la
abolición definitiva de la esclavitud, una de sus acciones más trascendentes y
progresistas.
Su
gobierno enfrentó fuertes oposiciones que culminaron en un golpe de Estado
encabezado por el entonces vicepresidente Anastasio Bustamante. Guerrero
regresó a la lucha armada, manteniéndose en resistencia hasta su captura en
1831. Fue juzgado por una corte marcial y fusilado el 14 de febrero de ese año,
en un proceso que posteriormente sería declarado inconstitucional.
A
pesar de su trágico final, Vicente Guerrero permanece como un símbolo de lucha,
dignidad y compromiso con los sectores más desfavorecidos. En reconocimiento a
su legado, fue declarado Benemérito de la Patria en 1833 y el estado de
Guerrero lleva su nombre. Su vida sigue siendo referente de resistencia y de la
búsqueda de un México más justo e igualitario.
Para recordar al prócer independentista en
el aniversario de su fallecimiento, se ha recuperado el capítulo titulado Guerrero escrito por Manuel Payno,
escritor y político liberal, quien ocupó cargos como Ministro de Hacienda y
diputado federal. El fragmento que aquí se presenta procede del tomo II de la
edición de 1905, preparada por Ángel Pola. Se ha decidido conservar tanto la
redacción original como la ortografía propias de dicha edición.
Es importante mencionar que en el año de
1870 se dio a conocer en México la obra El
libro rojo, 1520‑1867, elaborada por los
escritores liberales Vicente Riva Palacio y Manuel Payno, con la participación de Juan A. Mateos y Rafael Martínez de
la Torre. Esta publicación tuvo su primera edición bajo la casa editorial Díaz
de León y White, en un periodo que siguió a la Restauración de la República. El
libro compila una serie de narraciones históricas centradas en hechos violentos
ocurridos desde la época de la Conquista hasta la ejecución de Maximiliano.
GUERRERO
I
Si
Mina fué la tempestad y el rayo que hizo temblar al virrey en la silla dorada,
Guerrero fué la luz de la independencia. Encendida siempre en las ásperas y
ricas montabas del Sur, los mexicanos siempre tuvieron un punto adonde
dirigirse, una esperanza que invocar y un representante que abogase siempre por
la causa justa, pero al parecer perdida, por las victorias de las armas
españolas. Si Guerrero hubiese sido uno de esos romanos que desde la obscuridad
del campo se solían elevar hasta la gloria de la República, tácito le habría
consagrado un envidiable escrito como el que le dedicó á Julio Agrícola.
II
No
vamos á escribir la biografía de Guerrero. Su vida fué un tejido de aventuras y
una serie de rasgos heroicos, que están íntimamente unidos con nuestra guerra
de once años. Sería necesario escribir la historia entera, pues Guerrero tuvo
la fortuna de sobrevivir á su obra, y la desgracia de ser jefe de la República
y de morir á manos de sus mismos compatriotas.
Nació
Guerrero por los años 1783, en Tixtla. Su familia era de pobres labradores,
restos escapados de la conquista, y que desde esos tiempos quizá buscaron una
poca de libertad en las montañas del Sur. Los años primeros de Guerrero se
pasaron en la fatiga y en el trabajo. ¿Qué educación, qué literatura, qué
ciencias podían penetrar en esas apartadas montañas y en la casa rústica del campesino?
El hombre era natural, el árbol con la corteza, la flor con todo y las espinas,
el oro con el cuarzo. Pero la alma era en efecto de oro, y la aptitud moral, la
inspiración de lo bueno, bastó para conducirle por el camino de la gloria y de
la honra hasta los grados superiores de la milicia y hasta el primer puesto de
la República.
III
En
1810, como todo el mundo sabe, Hidalgo proclamó la Independencia en Dolores. En
1811 ya encontramos que Guerrero había seguido la inspiración patriótica,
figuraba como capitán, y servía á las órdenes inmediatas de D. Hermenegildo
Galeana.
El
hombre caminaba por una senda derecha, y con rapidez. En Febrero de 1812, Guerrero
ya mandaba fuerzas no despreciables, ya se ponía frente á frente con los jefes españoles,
ya alcanzaba en Izúcar una victoria sobre las tropas regulares que mandaba el
brigadier Llano; ya, en fin, sin saber quizá entonces ni escribir en el papel, había,
sin embargo, escrito su nombre en el libro misterioso de la posteridad. Esto es
lo que se llama genio. Mientras menos
son los elementos primitivos, mientras más inculta es la educación, mientras
más obscura es la personalidad, más mérito y más gloria refleja en el que abre
las puertas de la sociedad, y grita á los tiranos con la justicia en el corazón
y con la espada en la mano: Aquí estoy.

En
1814, Guerrero había hecho una laboriosa campaña en el Sur de Puebla, había militado
á las órdenes del gran Morelos, había pasado muchas aventuras y peligros, y era
ya por fin uno de los jefes de la
Independencia; pero se hallaba en una singular situación. —Los azares de la
guerra y la envidia de sus enemigos, le habían dejado reducido á un soldado
asistente, á un fusil sin llave y á dos escopetas. Con estas terribles fuerzas
emprendió una tercera campaña. ¡Es singular! Todos esos hombres, es fuerza que tengan
algo del Hidalgo de la Mancha en el cerebro. Un sabio, en vez de lo que hizo Guerrero,
entierra las escopetas, despide al soldado y se encierra en su casa.
Sin
embargo, salió á los pocos días de su situación, de una manera inesperada.
Se
presentó por el rumbo una fuerza española al mando de Don José de la Peña, de cosa
de 700 á 800 hombres. En cuanto lo supo, imaginó que la Providencia le deparaba
un armamento y un material de guerra, tal cual se lo había figurado.
En
lo más silencioso y negro de la noche, recorrió el pueblo de Papalotla,
despertó á los indígenas, los armó con palos; esas armas son fáciles de
encontrar; y un puñado de hombres medio desnudos atravesó en silencio las
humildes chozas del pueblecillo hasta la orilla del río. Allí, Guerrero dió el ejemplo,
y todos se arrojaron al agua, y aquel cardumen de extraños peces dió en la
orilla opuesta sin haber hecho el menor ruido. El campamento del enemigo estaba
á poca distancia. Guerrero cae sobre él, y los soldados de España son
despertados á garrotazos, quedando algunos muertos, otros atarantados, y los
más, presas del pánico, pues no acertaban ni á concebir, como tan de repente
tenían á los enemigos encima. Cuando amaneció el día, Guerrero, como lo había
pensado, era dueño de 400 fusiles y de un abundante material de guerra.
IV
En
la larga campaña que hizo Guerrero en el Sur, habría necesidad de llenar un
volumen si nos pusiéramos á referir todos los rasgos de su valor personal.
Citaremos, sin embargo, otro, quizá más notable que el anterior.
Un
día llegó con una corta fuerza al pueblo de Jacomatlán, y observando que un
alto cerro dominaba la población, prefirió ocupar esa posición militar, como lo
hizo en efecto, estableciendo su campamento. La tropa estaba cansada; en su
larga marcha por las asperezas, se había mantenido con raíces y frutas
silvestres, y además, tenían necesidad de bañarse, pues las enfermedades
comenzaban á desarrollarse entre aquel puñado de valientes.
Guerrero
no pudo desentenderse de estas necesidades, y así, accedió á las súplicas de la
tropa, y les permitió que pasasen al pueblo á proveerse de algunos víveres para
surtir el campamento, donde pensaba permanecer una ó dos semanas, y los que se
hallaban enfermos, se bañasen en un arroyo que a la sazón tenía una hermosa
corriente de agua. La tropa, pues, descendió del cerro, se diseminó entre las
casas del pueblo, y otra parte de ella se dirigió al arroyuelo. Guerrero quedó
solo con el tambor de órdenes y el centinela que cuidaba el armamento.
Así,
á las seis de la tarde y cuando Guerrero dormitaba en el recodo de una peña que
le había proporcionado alguna sombra, un muchachuelo llegó casi sin aliento.
—Señor,
el enemigo ha entrado al pueblo y está matando y haciendo prisioneros á los soldados
y á todas las gentes.
Guerrero
da un salto, monta en su caballo que tenía ensillado, deja al centinela con
orden de dejarse matar antes de entregar las armas, monta á la grupa al tambor,
armado de un fusil, y se lanza á todo escape por aquellos breñales.
Pero
en vez de huir, como el tambor lo había pensado, Guerrero entra á las calles
del pueblo. El tambor se apea y comienza á tirar de balazos sobre los enemigos.
Guerrero, con espada en mano, se lanza sobre ellos, y asustados de la
intrepidez de un hombre que se atreve solo y tan denodadamente á pelear, dejan el
botín que estaban recogiendo, sueltan á los prisioneros y huyen. Guerrero reúne
entonces á los soldados, y con algunas armas que los españoles habían dejado
tiradas, los persigue y los derrota completamente.
Guerrero
había peleado contra 400 hombres mandados por un jefe valiente que se llamaba
D. Félix Lamadrid.
En
pocos días se encontraron dos veces Guerrero y Lamadrid en el campo de batalla,
y en Xonacatlán la lucha fué á la bayoneta y cuerpo á cuerpo, como en las
guerras de la antigüedad. Guerrero, aunque con fuerzas inferiores, salió siempre
vencedor.
Después
de estas campañas, Guerrero había aumentado mucho sus tropas, porque su nombre,
su fortuna y su trato amable le granjeaban amigos por todas partes. Tenía, pues,
necesidad de vestuario, de municiones, de armamento y de multitud de otras
cosas necesarias para tener en orden y en servicio á su gente. No tenía más
arbitrio sino proveerse a costa de sus enemigos.
Sin
dar cuenta á nadie de su designio, se dirigió con mucho sigilo al cerro del Alumbre, y allí, al parecer, permaneció
ocioso y sin objeto durante muchos días. Una noche puso en movimiento su tropa
y la situó convenientemente en la cañada del Naranjo. Una madrugada salió
personalmente de Acatlán, á la cabeza de una fuerza, toda decidida y valiente, y
antes de que amaneciera el día sorprendió un rico convoy que Don Saturnino Samaniego
conducía de Oaxaca para lzúcar, haciendo huir al jefe y á los soldados, que escaparon.
Samaniego
se reunió en lzúcar con Lamadrid, el eterno antagonista de Guerrero, y volvieron
juntos á la carga, atacándole furiosamente en Chinantla. La acción duró desde
que rompió el día hasta muy entrada la noche; pero Guerrero quedó vencedor, y Lamadrid
y Samaniego, llenos de rabia, huyeron, dejando
en el campo cuantos pertrechos y equipajes tenían.
Guerrero,
que al día siguiente examinó todo el botín, volviéndose á sus soldados, les dijo:
“nuestros almacenes están ya bien provistos, y nuestros enemigos nos traen los efectos
hasta la puerta de nuestra casa, y ni aun el flete tenemos que pagar.’’
V
El
amor propio de Lamadrid se hallaba excitado al más alto punto; así que buscó nuevos
encuentros con Guerrero; pero en todas ocasiones salió derrotado, teniendo á
veces que huir, á uña de caballo, como suele decirse.
Los
últimos sucesos de esta especie de desafío á muerte entre el jefe español y el
caudillo insurgente, fueron en los años de 1815 y 1816. Lamadrid estaba en la
orilla izquierda del río Xiputla, y Guerrero llegó y ocupó la derecha. Desde
las dos orillas, las tropas se estuvieron tiroteando y prodigando durante dos
días toda clase de improperios. Guerrero, en una noche obscura pasó el río, dió
furiosamente sobre el campo enemigo y destrozó á su rival. En Piaxtla y
Huamuxtitlán, corrió una suerte igualmente adversa Lamadrid, á mediados de
1816.
La
prisión y muerte de Morelos, y el indulto á que se acogieron algunos jefes
notables, arruinó por ese tiempo la causa de la Independencia. Guerrero era ya
un hombre forjado en la guerra y en las fatigas, atrevido para las sorpresas é
impetuoso para el ataque. El gobierno español conoció su importancia, y llamó
al padre de nuestro héroe, le puso un indulto amplio y completo en la mano,
facultándole para que hiciese á su hijo todo género de promesas, ya de empleos,
ya de dinero.
El
anciano se encaminó hacia el rumbo donde creía encontrar á su belicoso hijo,
hasta que al fin dió con él.
Abrazó
Guerrero con efusión al autor de sus días; pero así que se enteró de su misión,
tomó la mano del anciano, la besó respetuosamente, y acaso la humedeció con una
lágrima; recibió el papel en que estaba escrito su perdón, quedó un rato
pensativo, y después le dobló y le entregó tristemente á su padre.
—He
jurado que mi vida sería de mi patria; y no sería el digno hijo de un hombre honrado,
si no cumpliera mi palabra.
El
viejo abrazó á su hijo, le bendijo y se retiró silencioso, tomando de nuevo el
camino, para poner en conocimiento del virrey el mal éxito de su comisión.
En
el año de 1817 Mina desembarcó en Soto la Marina, y en pocos días hizo la
brillante campaña de que hemos dado idea en nuestro anterior artículo; pero una
vez fusilado este caudillo, el desaliento más completo se apoderó del ánimo de
los mexicanos.
Un
párrafo de la biografía del general Guerrero, que escribió el Sr. Lafragua,
pinta perfectamente este período, y da una idea de cuánta era la energía moral
del caudillo del Sur.
«La
muerte de Morelos, Matamoros y Mina; la prisión de Bravo y Rayón, y el indulto de
Terán y otros jefes, habían derramado el desaliento y el pavor en toda la Nueva
España, que aunque más cercana que nunca a la libertad, gemía más que nunca
atada á la metrópoli.
«Un
hombre solo quedó en pie, en medio de tantas ruinas: una voz sola se oyó en
medio de aquel silencio. Don Vicente Guerrero, abandonado de la fortuna muchas
veces, traicionado por algunos de los suyos, sin dinero, sin armas, sin
elementos de ninguna especie, se presenta en ese período de disolución, como el
único mantenedor de la santa causa de la Independencia.
«Solo,
sin rival en esa época de luto, Guerrero, manteniendo entre las montañas
aquella chispa del casi apagado incendio de Dolores, trabajaba sin tregua al
poder colonial, cuyos 8angrientos himnos de victoria eran frecuentemente interrumpidos
por el eco amenazador de los cañones del Sur.
«Lindero
de dos edades, Guerrero era el recuerdo de la generación que acababa, y la esperanza
de la que iba á nacer.»
VI
En
el año de 1820, Guerrero era ya un general habituado á la metralla,
familiarizado con Ja sangre de las batallas, heredero legítimo del valor, de la
constancia y del genio militar del gran Morelos. Triunfante, al fin, aunque
lleno de cicatrices, levantaba la cabeza como los colosos de los Andes, para
anunciar á las Américas la buena nueva de la Independencia.
Fué
en ese año cuando pudo conocerse la grandeza de su alma y la elevación del
carácter del hombre oscuro que vió la luz en un pobre pueblecillo de las
montañas.
Nombrado
D. Agustín Iturbide comandante del Sur, salió de México el 16 de Noviembre de
1820, resuelto á proclamar la Independencia. El general español Armijo atacaba Guerrero;
y éste, recobrando su buena estrella, salía siempre triunfante como años antes
del desgraciado Lamadrid.
Iturbide
creyó que era necesario contar de todas maneras con un hombre de tanta importancia,
y le dirigió una carta realmente diplomática. Guerrero le escribió otra llena de
franqueza, que se resumía en estas palabras: «Libertad, Independencia ó Muerte.»
Esta
correspondencia dió por resultado una entrevista de los dos caudillos en el
pueblo de «Acatempan.» Se hablaron, se explicaron, se dieron un sincero y
estrecho abrazo. A pocos meses la sangrienta lucha había cesado, la
Independencia estaba consumada, México tenía un Gobierno Nacional.
Guerrero
en la campaña había sido valiente. En Acatempan
fué grande; se inscribió, por la generosa inspiración de su alma, en catálogo
de los hombres ilustres de Plutarco. Entregó el mando de las fuerzas á
Iturbide, y puso el sello con este acto raro de confianza, de modestia y de
abnegación, á la Independencia de su patria.
VII
El
destino de algunos hombres ilustres, es como el de ciertos astros brillantes
que recorren la bóveda del cielo, y parece que al amanecer el día se hunden y
mueren en un horizonte sangriento.
Hemos
sólo, á grandes rasgos, apuntado las cualidades militares de Guerrero. Los
partidos trataron de manchar con mil calumnias y cuentos malévolos este gran
carácter que en lo familiar era sencillo como un niño, consecuente con sus
amigos, humilde en la prosperidad, generoso con los enemigos, grande y noble
con la patria. Llegó feliz á los linderos de la independencia, y tuvo la fortuna
de ver á la patria libre, pero no dichosa. Apenas terminó la lucha de
independencia, cuando comenzó la guerra civil que todavía no cesa. Guerrero fue
arrastrado en sus muchas y tenebrosas combinaciones. Herido y abandonado en una
barranca, en Enero de 1823, por defender el principio republicano, vuelve á
aparecer en la escena en 1828. La elección presidencial fue uno de los acontecimientos
más notables de esa época, y en la cual los partidos trabajaron y combatieron terriblemente,
divididos y perfectamente marcados por los ritos masónicos escoceses y yorkino.
Don
Manuel Gómez Pedraza, que era el caudillo de los escoceses, salió electo legalmente
presidente de la joven y turbulenta República. El partido yorkino no se dió por
vencido ni por derrotado, apeló á las armas y colocó en la presidencia á su
jefe, que era el general Guerrero, el cual entró á funcionar con este alto
carácter en Abril de 1829.
En
esa época los españoles invadieron á Tampico. Santa-Anna y Terán triunfaron, y
la Independencia se consolidó; pero la segundad del país exigía un ejército
cerca de la costa, y se estableció un cantón en Jalapa, á las órdenes del
general D. Anastasio Bustamante, que era vicepresidente.
Bustamante
se pronunció contra Guerrero, con las tropas que mandaba. ¡Extrañas anomalías de
la historia, y funestas inconsecuencias de las Repúblicas! Guerrero, que había sido
capaz de hacer la independencia, fué declarado incapaz por el congreso;
Bustamante entró á gobernar, y el caudillo del Sur volvió desengañado, triste,
enfermo de sus heridas, á sus montañas del Sur, donde tuvo que
tomar las
armas para defenderse de la venganza y de la negra y ponzoñosa saña de sus enemigos.
VIII
Ninguna
fuerza pudo vencer á Guerrero en las montañas, en tiempo de la colonia;
ningunas fueron bastantes tampoco en tiempo de la República. Fué necesario
apelar á la más negra y la más odiosa de las traiciones. «La historia de México
tiene algunas páginas oscuras.» Esta es negra; y ni los años, ni el polvo del
olvido, serán bastantes para borrarla.
A
principios del año de 1831 se hallaba fondeado en la hermosa bahía de Acapulco el
bergantín genovés «Colombo.» Era su capitán Francesco
Picaluga, amigo íntimo de Guerrero y quizá de toda su confianza. Un día apareció
un magnífico banquete preparado á bordo del bergantín. Guerrero fué convidado,
y sin recelo ni sombra de desconfianza pasó a bordo. La comida fué alegre y espléndida;
y concluida, los convidados salieron sobrecubierta á respirar las brisas de la
magnífica bahía. Picaluga, con una sangre fría que honraría á Judas, declaró á
su huésped que estaba preso, levó las anclas y se dió á la vela, dirigiéndose al
puerto de Huatulco, donde entregó á Guerrero por sesenta mil pesos que le había
dado el traidor y feroz ministro de la Guerra, D. José Antonio Facio. Guerrero fué
conducido por el capitán D. Miguel González á Oaxaca, y juzgado en consejo de guerra
ordinario.
El
caudillo de la Independencia, el mantenedor del fuego sagrado de la libertad,
el hombre que tenía destrozado su cuerpo por las balas y las lanzas españolas,
fué condenado á muerte por unos miserables oficiales subalternos, y fusilado en
el pueblo de Cuilapa el 14 de Febrero de 1831.
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Picaluga
fué declarado enemigo de la patria, y condenado á muerte por el almirantazgo de
Génova, en 28 de Julio de 1836; pero bergantín y capitán desaparecieron como si
un monstruo del Océano los hubiera devorado. La existencia de Picaluga es en
efecto un misterio. Unos dicen que se le ha visto años después en las calles de
México; otros que se hizo mahometano y vive en un serrallo de Turquía, y otros
aseguran que varios mexicanos le han visto en un convento de la Tierra Santa,
con una larga barba y un tosco sayal, haciendo una vida de penitencia para expiar
en esta tierra el horrendo crimen que cometió, y que el Señor misericordioso
pueda á la hora de su muerte abrirle las puertas del cielo.
Manuel Payno.
Decreto de Abolición de la Esclavitud del 15 de septiembre de 1829 por el Presidente Vicente Guerrero